La princesa que nunca fui

Las princesas Disney han acompañado a varias generaciones desde la infancia con una eficacia que pocas franquicias pueden presumir. Han moldeado imaginarios, han definido aspiraciones y han instalado en el inconsciente colectivo una idea bastante concreta de lo que significaba ser una heroína. O, más exactamente, de lo que significaba esperar a serlo.

Sara Ruiz Sardón llega con La princesa que nunca fui a hacer algo que parece sencillo y no lo es: explicar por qué esas historias funcionaron tan bien y qué decían en realidad. El resultado es un ensayo riguroso, bien documentado y escrito con una claridad que lo aleja del academicismo sin renunciar a la profundidad.

La tesis central del libro es que cada princesa Disney es inseparable del momento histórico y cultural que la produjo. Blancanieves, estrenada en 1937, es una respuesta estética y moral a la Gran Depresión. Cenicienta y Aurora llegan en la posguerra cargadas del ideal doméstico que aquella época necesitaba proyectar. Ariel, Bella y Jasmín aparecen en el renacimiento Disney de finales de los ochenta y los noventa, marcadas por tensiones entre el deseo individual y las expectativas colectivas que la autora analiza con precisión. Pocahontas y Mulán traen consigo el debate sobre representación que empezaba a instalarse en la cultura popular. Y las más recientes —Tiana, Rapunzel, Mérida, Elsa, Anna, Vaiana, Raya— muestran una franquicia que intenta actualizarse, con resultados desiguales que el libro no se molesta en disimular.

Ruiz Sardón no es una voz nueva en este territorio. Escritora, directora, actriz y analista fílmica feminista, lleva desde 2023 construyendo en redes una comunidad que se acerca al cine con preguntas que van más allá de si la película es buena o mala. Ese mismo enfoque —crítico, accesible, honesto— vertebra este libro, que tiene además la virtud de no convertirse en un alegato. 

La estructura acompaña bien esa intención. Tras una introducción que sitúa la cronología y la evolución del universo princesa, el ensayo dedica un capítulo a cada una de las catorce protagonistas. El formato permite que cada historia respire con su propio contexto, y mi recomendación es no leerlo del tirón (un capítulo al día, quizás con la película correspondiente cerca), una forma de sacarle el máximo partido a un libro que funciona mejor cuando se deja reposar.

La intención del ensayo no es generar culpa retroactiva ni cancelar la nostalgia, sino ofrecer herramientas para releer algo que ya forma parte del imaginario de varias generaciones. Entender qué estamos viendo cuando lo vemos. Y comprender también qué dejaron en nosotras cuando todavía éramos demasiado pequeñas para ponerle nombre.

Para quien creció con estas historias y quiere entender qué había dentro de ellas, La princesa que nunca fui es una lectura necesaria. Y, sorprendentemente educativa. 

Por María Peinado Lafuente

Periodista. Puedes leerme también a través de mis redes sociales. Instagram y Twitter: maria_peinado22

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