Eva Quevedo debuta en la ficción con Ansiosos anónimos, una novela que convierte una terapia de grupo en el reflejo de una sociedad marcada por la ansiedad y los problemas de salud mental
Con humor certero y gran empatía, la autora construye un relato donde el lector reconoce, capítulo tras capítulo, sus propios fantasmas cotidianos. El resultado es un libro tan entretenido como necesario, que llega en el momento exacto para nombrar aquello que la sociedad todavía prefiere silenciar.
Quevedo no es una recién llegada a la escritura, aunque sí lo sea a la novela. En 2012 publicó Blog de madre, que ya dejaba entrever su capacidad para convertir la experiencia personal en materia narrativa. Han pasado más de diez años hasta que la autora ha decidido dar el salto a la ficción, y ese tiempo de espera se nota: Ansiosos anónimos no tiene el pulso vacilante de una primera novela, sino la seguridad de quien ha observado, escuchado y tomado notas durante mucho tiempo antes de sentarse a escribir.

La novela dialoga con una realidad difícil de ignorar. Los datos hablan por sí solos: la ansiedad es, con más de 111 casos por cada 1.000 habitantes, el problema de salud mental más frecuente registrado en atención primaria en España. Vivimos instalados en una hiperexigencia crónica, con el insomnio y la sobreinformación como ruido de fondo permanente.
Once sesiones para retratar a una sociedad ansiosa
Miranda, la protagonista, es una mujer de más de cuarenta años con una vida en apariencia ordenada que, sin embargo, arrastra episodios de ansiedad que ni ella misma sabe nombrar del todo bien. Por prescripción médica, y sin demasiada fe en que vaya a servir de algo —ya lo ha probado todo—, se incorpora a una terapia grupal en un centro de salud.
El libro se divide en once sesiones y utiliza ese armazón para ir presentando al resto del grupo sin necesidad de forzar tramas paralelas. Ahí aparece Darío, incapaz de cruzar el umbral de su propia casa por la agorafobia; Andrés, que convive con un trastorno de personalidad múltiple; o Mariló, a quien un desengaño amoroso provocó una sordera selectiva: ya no oye a los hombres.
Una mirada honesta a la ansiedad
Lo que más se agradece de Ansiosos anónimos es que no da lecciones ni ofrece soluciones milagrosas. Los personajes no se «curan»; aprenden, como mucho, a convivir con aquello que los desborda. Lejos de ser una limitación narrativa, esa decisión convierte la novela en un retrato mucho más honesto de cómo se vive la salud mental en la realidad.
El valor de la novela está en su capacidad para convertir la gran epidemia silenciosa del siglo XXI en una historia, en rostros y en nombres propios que dejan de ser una estadística para convertirse en vecinos, compañeros de trabajo o, quizá, en uno mismo.
Si el lector convive o ha convivido con la ansiedad, es probable que se reconozca en más de un pasaje. Si no la ha sufrido, encontrará una aproximación honesta a una realidad que quizá le resulte ajena. En cualquier caso, Eva Quevedo consigue algo nada sencillo: escribir sobre la salud mental con la ligereza necesaria para que el lector siga pasando páginas y la profundidad suficiente para que la historia permanezca en su memoria mucho después de terminarla. Ansiosos anónimos es una novela tan necesaria como entretenida, una combinación que no siempre resulta fácil de encontrar.