Uno
Soy un hombre enfermo… Soy un hombre despechado. Soy un hombre cansado y, sin embargo, inteligente. Y creo que supersticioso, por eso llevo constantemente una gorra, pero no pienso ahora en ello. Ahora bien, aun siendo inteligente y, con las consecuencias que ustedes creen que conlleva, les diré que no soy pérfido. Además, solo a veces, también soy un individuo soñador, solo a veces. Llevo casi nueve años trabajando como entrenador del Liverpool. Ya sé lo que están pensando, ¿un alemán a los mandos de uno de los equipos con más gloria de Inglaterra? ¡Vaya un disparate! Pues sí, efectivamente, lo he sido y lo sigo siendo y, al menos por lo que a mi respecta, todas sus opiniones me importan un bledo.
Dicen que el clima de esta ciudad me sienta mal. Yo lo detesto, aunque de todas maneras, no me pienso mover de aquí. Los hombres de éxito de esta ciudad se vanaglorian de su reputación y pasean por Baltic Triangle (ya saben, la calle del disco aquel de los Beatles) con sus trajes de chaqué del Lago Como, con la mirada por encima del hombro, lo cual me avergüenza y me crecen los deseos de largarme ¡oh, cuántas veces me hubiera largado de esta ciudad! Me decidí a quedarme, sin embargo, porque soy un hombre honrado y esos canallas no me asustan. Pero, en fin, ¿de qué puede hablar un hombre honrado con la mayor satisfacción?
Respuesta: de sí mismo.
Pues bien, hablaré de mi decisión de dejar el Liverpool, el equipo que llaman como «el de Klopp».
Dos
Quieran o no escucharme, me propongo contarles, señores, por qué no me atreví a irme antes. Les diré que muchas veces intenté escaparme, huir sin mirar atrás. Ahora bien, la gloria te ata, como los grilletes de un preso, a este banquillo. Apuesto a que vieron algún partido de mi Liverpool ¡Cómo la tocaban esos chicos, era magnífico, y sé lo que digo y lo digo bien, magnífico! Me llevó años conseguirlo, pero lo logré y, al fin, vino la ansiada gloria. Permítales que les interpele ¿Qué hubieran hecho ustedes en las circunstancias entre las que entonces me veía acorralado? ¡Apuesto que lo mismo! La gloria es como una enfermedad en el hígado, no sabes cuando nace, ni de dónde demonios ha venido, ahora que lo pienso, puede que mi gloria llegara la vez aquella que casi ganamos la Champions. Sinceramente lo desconozco. Por donde iba, ah sí, la gloria señores, basta con una gota para enfermarte como del hígado. Yo me enfermé hace tiempo y permítanme confesarles que la inteligencia es la peor aliada de la gloria.
Los hombres inteligentes, y muchos que no lo son, pero en definitiva lo fingen, llegan a la gloria y no saben soltarla. Es como el opio. Por eso digo, e insisto en ello, cuán aliado soy de la estupidez. ¡si hubiera sido un necio jamás hubiera cometido estos errores!¿Acaso me sentiría así de miserable por dejar el equipo de mi vida si la baba se me callera al comer? Les aseguro que no. Por eso envidio a los idiotas, con sus sonrisas picadas y un buen vaso de vodka mientras ven a sus equipos perder. Cómo los envidio. La inteligencia no es la finalidad última, en eso se equivocó el «inteligente» que lo afirmó. Es solo una piedra afilada con la que uno se tropieza una y otra vez.
Es por eso que me enorgullezco de afirmar que jamás he sido tan estúpido como ahora. Y ya sé lo que se dice de mi persona. Algún que otro ilustrado con acento francés (son los peores, lo aseguro) afirma que es una estupidez dejar el cargo ahora. ¡Exacto! El hombre se pudre en su inteligencia, camaradas míos. Bastaría con un poco de estupidez general para que el mundo fuera feliz de nuevo; si es que eso fuera posible, ese sería el único camino. Cada uno se aislaría en su rincón, no echaría pestes de los demás, no lloraría por el fútbol y comería insectos. Y aun con todo eso, todos serían, sin embargo, tan felices como nunca nadie lo ha sido. Es por eso que yo, Jürgen Norbert Klopp, en el mayor acto de insensatez que jamás se haya visto, me despido de ustedes cuando acabe la temporada. Les deseo lo mejor con toda mi voluntad, si es que existe, claro, solo el demonio sabe…