Había caído ya la noche sobre Madrid, paseaban tres solitarias almas por Gran Vía y el cielo lo iluminaba un reseñable anillo rojo. Dicen los expertos que es el Coliseo de Madrid, a las afueras, en que se libran guerras y cruentas batallas que recuerdan a las de Roma y Atenas siempre contra Esparta. Ahí niños se han hecho hombres y cuentan lenguas antiguas que una vez un par de ingleses muy refinados estuvieron incluso a punto de naufragar.

Baja un poco antes la mujer del hombre con sus tres hijas: comparten color de pelo y cumpleaños. Le dan un merecido homenaje porque ahora, según parece, lidera una tabla de goles, y él mira entonces al cielo por si se encuentra con una estrella más rutilante que la otra. Vislumbra entre todas una que le saluda y sabe entonces que podría ser el hombre de la estatua con la que el otro día charlaba.

Pita luego el de amarillo y se paralizan setenta mil corazones y media España mirando a los veintidós correr tras la pelota. En el ir y venir de mil acciones alguien levanta una bufanda esperanzada, casi con sed de venganza, pero se arrepiente y se la anuda al cuello otra vez. Se congela el verde durante treinta minutos y un brasileño muy risueño la empuja para dentro y provoca un par de infartos. Gol. Debe ser una forma antigua de expresar una alegría compartida, esa que surge cuando se hiela la sangre y el aliento comienza a faltar. Cuando los minutos se hacen eternos y la arena no cae de los relojes.

Empatan y los otros se ponen por delante. De nuevo empatan y se ponen por delante. Parecía casi una infernal ruleta sin fin. Un laberinto. Sentenciado y abierto otra vez. Una onomatopeya. No. No se vislumbra final cercano y esta igualdad lo resuelve algo más de tiempo a juicio del colegiado.

Suspira Simeone y sabe que estas noches de Madrid las carga el diablo, sobre todo si se alargan. Se las conoce bien por suerte o por desgracia. Le dice a un par de chicos que calienten y urde una estrategia que consiste en empujar y no asustarse. No hay nada que perder, tan sólo gloria que espera al final del túnel. Empujar y seguir empujando. “Estos sí somos nosotros, carajo, adelante muchachos”. Aplaude y sigue dirigiendo la orquesta desde la banda, y hace lo propio el virtuoso capitán de brazalete y pentagrama.

No se rinden y quizá haya recompensa. Casi. Ahora quizá… tampoco. Aunque el balón le cae a Antoine y es difícil, pero parece que va a intentar algo… deja atrás a un incansable chico de Brasil. Es más rápido y no piensa parar. La baja y la controla. La imanta y esa pelota sí que no piensa dejarla a su suerte. Al abordaje, grita. Solo o acompañado la verdad es que le importa más bien poco. Entra finalmente sin amigos y parece no necesitarlos: se la coloca, la acaricia, el ucraniano la ve pasar y revienta la red. Por algo deben llamarlo El Principito aunque no se apellide Saint-Exupéry.

Lo igualan de nuevo los de blanco porque no se rinden hasta el día siguiente, pero a los merengues les agua la fiesta el juez de línea y su bandera. Es fuera de juego y en este guateque caben hoy tan sólo rojiblancos.

Gotean los segundos como si fueran horas… estas noches de Madrid, que las sostienen un par de ángeles, no sé que tienen, pero algo mágico mana de sus entresijos. De este pique eterno y sin final. Son derbis de abuelos que ya no están a los que un padrenuestro seguimos dedicando en los momentos de infinita tensión para que nos ayuden y celebren luego con nosotros, aunque sea desde el Tercer Anfiteatro unos anillos más cerca de la eternidad.

Y en mitad de la incertidumbre que viajaba por entre sus venas un chico que cabalgaba cargando esperanzas se topa con la sentencia. La empuja sin pudor y ya hay poco de que hablar. Fin de la historia. C’est fini, dice Antoine.

Ahora baja Simeone a rueda de prensa a sonreír y a disfrutar, ya desahogado y más tranquilo. Ha aplazado la cita con el cardiólogo. Cuenta un par de cuentos e incluso se atreve con una frase hecha que deja sin completar: “quien ríe el último…”.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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