Aunque rima, Fernando Cayo no es solo el coronel Tamayo. Es un vallisoletano orgulloso de serlo y, además, un profundo conocedor de su oficio: un carpintero de las expresiones, soplador de vidrio de la estética corporal, tallador minucioso de la apostura.
Ahora es Don Juan Tenorio; ahora es Carlos. Puede ser abogado, Santa o Seguismundo —o todos ellos a la vez—, o bien no ser ninguno. La elasticidad y la vocación de metamorfosis que aprendió entre los muros de Valladolid lo acompañan siempre y le confieren un aura deliberadamente escurridiza.
Transitando entre personajes, su trabajo en la pantalla y sobre las tablas lo ha llevado, por primera vez, a presidir la entrega de premios del festival de cine de la ciudad que lo vio nacer. Y este 12 de febrero regresaba para compartir con sus conciudadanos los entresijos de la destreza.
De nuevo, Fernando Cayo en Valladolid. Fernando va, Fernando vuelve.
Fernando Cayo abandona su casa de campo para asumir la labor de profesor. Corona la tarima del majestuoso Paraninfo de la Universidad de Valladolid, rodeado de butacas rojas, algún cámara esporádico con trípode y equipo al completo y entrevistadores de nuestro pedigrí regional que lo orbitan como los cuerpos alrededor de una estrella.
Proyecta la dignidad del Conde Ansúre y el porte marmóreo de un Don Juan Tenorio: de pie, erguido, respirando el espacio —nos ha convencido a todos de que lo hace— mientras atiende con cortesía a quien se le acerca. Está demasiado habituado a la conversación como para dejarse intimidar por ella.
Hay en él, además, una energía persuasiva, propia de quien sabe seducir con el talento: muchas personas concentradas en un solo individuo. Aunque no lo parezca, incluso ahora está trabajando. Lo hace hacia dentro.
Va vestido con un traje de raya diplomática, camisa blanca de cuello abierto y tirantes. Durante unos instantes, genera la impresión de estar, de nuevo, viendo al archiconocido Coronel Tamayo por el centro de Valladolid: ligero e intenso a partes iguales. Hay unos instantes de incertidumbre en los que uno podría pensar que está a punto de frustrar el asalto al Banco de España o algo peor. Pero la sugestión se disipa pronto.
Se le ve relajado. Quizá se percibe en la forma en que pasea por el auditorio y deja, abandonado en su mesita, el micrófono que le ofrecen. Prefiere proyectar con su propia voz, acostumbrado como está a hacerla llegar hasta el fondo de la sala sin cambiar un ápice el tono. Para ello no necesita ningún instrumento.
De cuando en cuando, agarra un termo de café al que da vueltas y del que bebe sorbos cortos. La preparación es indispensable. Hoy Cayo tiene público, y no será por poco. Quiere condensar y enseñar las bases de su oficio en el microscópico plazo de dos horas y está dispuesto a conseguirlo.
Cayo no ha venido en calidad de hombre de pantalla, sino en su metamorfosis más dramatúrgica, la misma que adquiere cuando da vida al personaje de José Zorrilla tras las paredes del Teatro Calderón: un hombre que tan pronto podría ponerse a cantar ópera con una energía que nada tendría que envidiar a Pavarotti como a transformarse en el señor Scrooge del Cuento de Navidad. Es el hombre de las mil caras; es, aunque con menos capas de pintura, el Lon Chaney de Castilla.
Esta es la cara del Fernando vallisoletano: el mismo que lee, que tiene un profundo control de los clásicos, el experto en los mejores bares del centro y el sabio que imparte lecciones de interpretación con destreza. Cuando enseña, actúa; cuando actúa, enseña; el orden de los factores no altera el producto.
Aquí aprendió, aquí se crió, y es esa vena vallisoletana la que, incluso en sus momentos más bajos, nuestro veterano coronel deja traslucir, haciendo paronimia de un poema de cierto sevillano: «Allá darás Cayo, en cas de Tamayo».
Pregunta: Vuelve a pasar por Valladolid. ¿Qué es lo que más le gusta de la ciudad?
Fernando Cayo: Son tantas cosas… En cuanto empiezo a entrar en la ciudad con el coche, comienza a venirme una inmensa cantidad de recuerdos de todo. De mi infancia, de la etapa del colegio, de mis años en la escuela de teatro. Me encanta salir a tomar vinos con mis amigos o con mis hermanos por la Plaza Mayor; es un planazo. Y, desde luego, venir aquí para trabajar en el Teatro Calderón es otro plan muy potente.
También está el Museo de Escultura, que me parece un sitio mágico. Vine en Navidad con mi hija; ella no lo había visitado, y yo me sorprendí de nuevo viéndolo. Definitivamente, es un sitio mágico.
¿Cómo ha vivido este año la SEMINCI desde dentro, siendo un actor reconocido a escala internacional? Debe ser como una vuelta a los orígenes de su ciudad.
Sí, la verdad: este año ha sido el primero que pude estar en la SEMINCI. Me habían invitado en otras ocasiones, pero por cuestiones laborales no había podido asistir. Este año la disfruté muchísimo. Estuve entregando un premio en la clausura y disfrutando del ambiente cinematográfico, y me sentí muy orgulloso de ver cómo la SEMINCI es un festival de referencia nacional e internacional.
Lamenté muchísimo el fallecimiento de su director, José Luis Cienfuegos, a quien tuve el placer de conocer este año unos pocos días antes. Espero que las personas que continúan haciendo este trabajo lo hagan tan bien como él.
¿Puede destacar algo de la labor que él realizaba, a nivel personal, en la SEMINCI?
Pues no puedo decirlo con certeza, porque no he hecho un seguimiento de todo. Este es el primer año que he tenido la ocasión de acudir. Pero yo lo he podido conocer, y se le notaba que era un entusiasta, una persona muy querida en la profesión, por la gente del cine y la gente de los festivales.
Habiendo trabajado con Bayona, uno de los grandes, en 2007, ¿qué sintió al verlo alzarse con el Óscar por La Sociedad de la Nieve, hace ya dos años?
Me pareció normal, porque después de ver la película —a la que acudí con uno de los pases para miembros de la Academia— me di cuenta de que debió ser toda una epopeya. Bayona no hace una sola película sencilla, hace películas que son auténticos «ochomiles».
Por lo que me contó, fue muy difícil de rodar en exteriores naturales, con un director de fotografía especializado en fotografía de montaña. En fin, una serie de ingredientes complicadísimos; me parece heroico lo que hace. Así que muy orgulloso de que estuviera ahí, y más tendrá que estarlo él como productor y como director.
Nos acercamos a los diez años de La Casa de Papel, que se cumplirán en 2027. ¿Cómo es que ahora todo el mundo lo reconozca como el Coronel Tamayo?
Mi primera serie más popular, en realidad, fue Manos a la Obra, de 1997. Desde entonces, más o menos, ya he tenido la sensación de ser reconocido popularmente. Lo que fue extraordinario en La Casa de Papel es que se convirtió en un fenómeno internacional. De repente, sobre todo a través de las redes sociales, percibí una corriente de cariño que todavía no ha parado.
En mi cuenta de TikTok o de Instagram (sobre todo en la de TikTok), hay mucha gente que, cada vez que cuelgo cualquier cosa, empieza a recordarme un montón de frases del Coronel Tamayo, y me mandan mensajes como «Salúdeme, coronel». En fin, percibo que el cariño es constante, que se mantiene.
Pero, incluso pese al triunfo que ha tenido en la pantalla, siempre ha estado muy unido al teatro. ¿Hay algo en la interpretación que el mundo del cine no pueda ofrecer?
Lo cierto es que son experiencias distintas. Yo siempre digo que lo que a mí me gusta es trabajar en proyectos enriquecedores con gente interesante; me da igual si es cine, teatro o televisión. Lo que ocurre es que cada uno de esos medios tiene sus peculiaridades.
Desde luego, el audiovisual, por ejemplo, es mucho más duro como trabajo, porque hay que echarle muchas horas y es de una intensidad de la que la gente normalmente no es consciente. Tú puedes estar rodando diez y doce horas, y el esfuerzo es considerable.
El teatro está aún más concentrado; lo único que es seguido. Si estás una hora y cincuenta minutos en el escenario, permaneces ahí de continuo. Pero, a su vez, el reporte que hay y la devolución de energía del público son más intensas en el teatro. Son cosas distintas. Una cosa muy satisfactoria, por ejemplo, del audiovisual, es que puedes trabajar muy en lo pequeñito, muy en el detalle, y eso, en el teatro, no puedes hacerlo. Entonces, cada medio tiene sus cosas.
Se habla mucho sobre la improvisación en el teatro, ya que no hay cortes…
Bueno, improvisar no, porque todo está muy trabajado previamente. Todo ello sirve para sacar adelante un espectáculo que ya no consiste solo en un mes de ensayo, sino en varios meses de preparación en casa, de estudio y de análisis del personaje. Muchas horas.
En teatro, ha participado en numerosas representaciones de teatro moderno, incluyendo obras de nuestro paisano José Zorrilla, como Don Juan Tenorio. ¿Qué tiene este tipo de interpretación que siga vigente hoy en día?
Es una lectura que no se hace muy a menudo, como ocurrió cuando participé en Don Juan Tenorio durante el 30 aniversario del Don Juan de Alcalá, en 2014. Suele creerse que se trata de un conquistador de mujeres, pero no va de eso. La función es una metáfora de un alma humana que busca la luz: el alma humana que está pasando por un periplo sería Don Juan, y la luz espiritual sería Doña Inés. De eso trata realmente la función; es una especie de ejercicio de terapia humana.
También está La vida es sueño, de Calderón de la Barca, que es también una obra con una carga simbólica fortísima: de entonces, de ahora y de siempre.
Y en relación con la producción de cine de autor, ¿cree que el cine indie, más autofinanciado y menos comercial, puede encontrar un nicho sólido en la actualidad? Porque, claro, si uno no es Tarantino, resulta complicado.
Es complicado, sí, pero se puede hacer. Por ejemplo, este año hemos estado con El Instinto, que ha obtenido muchísimos premios en festivales nacionales e internacionales. Es una película de autor, pequeñita, pero muy bien considerada. Y hay que hacerla, porque es el arranque de un director joven. O sea, que sí, ahí hay que saber apostar.
También está Padres, de José Ángel Bohollo, que está ahora mismo en Prime Video; es una película que he visto mucho también. Creo que tiene que haber de todo. Y, poco a poco, nos iremos adaptando, ¿sabes? Igual que hemos acabado adaptándonos a la llegada de las plataformas.
¿Cuál es su opinión con respecto a la integración que se está produciendo de las inteligencias artificiales en el cine? ¿Ve factible esta convivencia a largo plazo? ¿Acabará con el cine tradicional?
Bueno, yo creo que va a ser un elemento de inflexión muy fuerte. No pienso que vaya a acabar con el cine porque siempre hay algo que apreciamos mucho los humanos, que es lo intrínsecamente humano. Eso se vio después de la pandemia; la gente volvió a las salas de teatro y a los conciertos en vivo. Eso nunca se perderá.
También se apreciará el trabajo realizado con inteligencia artificial, por supuesto, pero se distinguirá del interpretado por actores y actrices reales. Eso no va a perderse.
De hecho, en la SEMINCI este año hubo una película realizada, en buena medida, con IA generativa de vídeo. El resultado sorprende bastante.
Lo cierto es que ya se han hecho muchas cosas, especialmente en el ámbito de la animación, donde se viene trabajando con estas herramientas desde hace tiempo. Es algo que está ahí: una herramienta que encontrará su sitio adecuado según vaya pasando el tiempo.
Una pregunta —no sé si complicada—, de lector a lector: ¿cuál es su libro favorito?
(No lo piensa ni un instante). El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Es uno de los libros que más me marcó en su momento; un gran clásico.