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Wimbledon Sinner Alcaraz Final 2025

Un Sinner herbívoro se robotiza y muerde su primer Wimbledon

El tenista italiano borra lo ocurrido en París de su mente, regresa a la gelidez de la máquina perfecta y conquista su cuarto Grand Slam ante Carlos Alcaraz (4-6, 6-4, 6-4, 6-4).

En esta ocasión, la épica decidió no caer del lado murciano. Sinner firma así —esta vez a su favor— un capítulo más de la novela italoespañola de drama, aventuras y acción que está siendo, y de seguro será, esta batalla encarnizada entre los dos mejores tenistas del mundo. Y lo hace frente a un Carlos Alcaraz que sencillamente fue incapaz de dar la talla, que estuvo contra las cuerdas durante la práctica totalidad del encuentro y que ni siquiera se encontró a sí mismo. Carente de dejadas marca de la casa, seco de ideas, marchito de ilusión, hueco de fe, vacío de travesuras, resquebrajado en el saque, el jugador español tan sólo fue capaz de ir alargando la agonía que comenzó en el segundo set, después de levantar el primero con algo de solvencia.

Carlos rara vez hizo peligrar el servicio de su rival. Al resto siempre anduvo desconectado y fuera de combate, cual si no creyera en sus posibilidades o las sensaciones que en ese momento recorrían su piel fueran más negativas de lo que pudiera apreciarse a simple vista. Como si algo, muy dentro de sí, quizá su parte diabólica y siniestra, hecha de sus propios miedos e inseguridades de antaño, resucitada y apoyada ahora sobre su hombro cansado, le susurrase al oído una verdad que Alcaraz se negaba a escuchar, más aún a comprender: Londres jamás será París. Ni siquiera los bellos recuerdos de lo acontecido hace un mes sirvieron de dopamina para un Carlos que fue rindiéndose, paulatinamente, ante la soga asfixiante que el italiano iba colocando con fuerza alrededor de su cuello al cabo de cada punto. Y es que tampoco le quedaba otra opción, más allá de ésa. El tenis es también un deporte bello por cambiante, pues con rapidez el tablero da un giro de ciento ochenta grados y las sensaciones de hace tres días quedan invalidadas hoy. Y ya Dios dirá mañana.

Quizá el tenista de El Palmar sí encontrara breves retales de superioridad durante el encuentro, pero estos quedaron reducidos a las cenizas de la primera manga. A partir del segundo, fue Sinner el encargado de tomar la delantera con un tenis robótico, mecanizado, férreo e impenetrable frente al que Carlitos no encontró siquiera un agujero o algo que pudiera parecérsele a una debilidad, por diminuta que fuese. Sinner incluso parecía beber del maná vital de Alcaraz para devolverle el golpe enjugado en su propia medicina: dejadas, puntos en la red, golpes que parecían sacados de la chistera de un suizo al que precisamente esto de la hierba jamás se le dio mal. Los expertos, entendidos y letrados de este deporte dicen que Jannik se asemeja a Djokovic en esencia, rigidez y templanza, y a Federer en elegancia, humildad dentro y fuera de la pista, perfección estilística en la definición de cada golpe; casi como si fuera una suerte de amalgama entre ambos tenistas. Y cualquier individuo cuerdo y objetivo ha de sospechar que, a pesar de lo odioso de las comparaciones, tal afirmación tiene algo de verdad cruda para el aficionado español, alcaracista y exnadalista por convicción casi litúrgica.

El mayor defecto en el juego del español enraizó en su inseguridad durante los juegos de servicio. Es la hierba una superficie que no admite debilidad en el saque, en cuanto que los puntos, siempre acelerados y pesados, más que sobre tierra o pista dura, conviene ir educándolos y dirigiéndolos desde el principio. Carlos fracasó en esa tarea, que no fue dificultosa en su camino a la final, pero sí ardua, toda una odisea, durante el gran día de la gala de blanco.

Los juegos se iban sucediendo entre los temores de un Carlitos apagado y la seguridad de un Jannik que cada vez apretaba más las tuercas de su raqueta, tensa de por sí, pero que durante la final ascendió a la categoría de arma mitológica. Una que fue todo un dolor de cabeza para el de Murcia y que, como si de un instrumento se tratara, casi parecía irle imprimiendo musicalidad a cada golpe.

Llegan así las bolas de partido para el italiano, y su madre, en la grada, no sabe siquiera dónde llevarse las manos. A las gafas de sol, al pelo, a la garganta, a las rodillas. Es inevitable para ella pensar qué pasaría si a su hijo volvieran a cantarle el cero y el trabajo de meses volviera a quedarse en agua de borrajas, en un nombre más al lado del que porta la corona de campeón. Es la segunda la que levanta, ahuyentando a los viejos fantasmas, y entonces encuentra la mirada de su hijo, que decide no tirarse al pasto, a la hierba londinense, pues carece de sentido lógico. Sería un gesto propio de un sueño, de algo que ha tenido que ver más con lo onírico o con el azar, mientras que lo suyo ha sido posible gracias a los frutos que brinda el trabajo silencioso y tranquilo. No queda otra que asumir que Sinner levanta la copa al cielo de Londres reafirmado por las leyes de la meritocracia.

Entretanto, Alcaraz, gladiador hoy derrotado, mira al suelo con una especie de mezcla agria entre la soledad y la añoranza. Por una parte, porque siente que su tenis, divertido, incomprendido en parte, no es suficiente, al menos no de tanto en cuando, para hacer frente al que ya es —también la regla funciona a la inversa— su mayor rival en el circuito, o al menos el único capaz de poner freno a su ferocidad y a su incuestionable habilidad tenística. Dolido también, en parte, porque le ha fallado a su abuelo. Hoy le ha faltado edulcorante para cada una de las tres ces. Abatido, levanta de repente la mirada, ve a Sinner celebrar, alegre, con esa sonrisa de galán que tanto le molesta en jornadas vespertinas como ésta. Es entonces cuando debe acordarse, aunque parafraseándola un poco, de una frase mítica de Juego de Tronos, para entender y verbalizar el sentimiento que corre por sus venas: que alguien le advierta a este tipo de tres al cuarto de que un Alcaraz siempre paga sus deudas.

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