Star Wars como nunca antes se hubiese imaginado. La segunda temporada de ‘Andor’ ha dado la vuelta al imaginario del universo de ficción nacido en la mente de George Lucas. Una nueva etapa para la franquicia, entrada en su parte más intimista, filosófica, profunda, emotiva y cotidiana de las piezas que han hecho posible el nacimiento de la rebelión contra el Imperio Galáctico.
«Las rebeliones se basan en la esperanza», aquella bonita frase de Cassian Andor, se ha convertido en el lema, digno de tallarse en dorado, de la Rebelión contra el Imperio Galáctico. Una máxima que puede sonar un tanto manida, si no fuera porque en parte, la lucha contra las fuerzas del Emperador acaba pareciendo un suma y sigue de desesperanzas y varapalos de todos los colores a uno y otro lado de la trinchera. Hay un poco de sarcasmo, y quizá de resignación en la forma en que se pronuncia. Porque sí, la esperanza llegó después, a bordo del Halcón Milenario y sobre los afanes optimistas de un grupo liderado por un joven rubio con un sable láser azul. Antes de aquello, había oscuridad, y militares con armaduras blancas transformados en símbolos vivos de la opresión: «las tinieblas cubrían el abismo». Y entonces llegó Diego Luna junto a un grupo de canallas —y un androide con sentido del humor— para despejarlas. Incluso a costa de la propia vida.
Andor vuelve con espíritu competitivo para escalar posiciones como brutal revulsivo de lo que hasta ahora significaba la galaxia de Star Wars. Después de la fría recepción de la simpática, pero no tan bien valorada Tripulación Perdida, lo que necesitaba Lucasfilm era buscar un barniz diferente: el que logró en 2021, cuando presentó la trama de una historia con Cassian Andor como protagonista; aquel drama psicológico teñido de matices grises y claroscuros. Rara es la ocasión en que una producción para la pequeña pantalla haya logrado levantarse durante una segunda temporada, pero la producción gestada en la mente de Tony Gilroy ha sabido jugarlo adoptando un toque más humano, emotivo, político y firme que se adentra en la psicología, no solo de los luchadores por la libertad, sino también en la de aquellos que sirven al sistema totalitario del Imperio Galáctico, que en el fondo creen estar haciendo lo correcto. Esta nueva temporada se ha convertido, por supuesto, en la clara salvadora de lo que los fanáticos de una galaxia muy, muy lejana, llevaban tiempo esperando.

Se puede decir con total seguridad que el tono maduro y profundo de Andor saca a Star Wars de sus habituales construcciones argumentales, centradas más en la aventura y el optimismo, para adentrarse en el barro galáctico y en las sucias cloacas donde todo comienza. A menudo, la falta de sables de luz y de batallas de flotas hacen pensar que no estamos verdaderamente ante una historia de la misma franquicia. Pero si se mira entre las capas, se acaba entendiendo que sí, que en realidad es Star Wars, sin filtros, sin héroes, sin hombres de puro corazón, teñida en los colores del crudo realismo. No es hablar a la ligera, pues Andor ha recordado definitivamente que sus personajes también tienen sangre, y que si se los golpea o se los pincha acaban sangrando de verdad. Literal y metafóricamente, y sin servicio a la despiadada diosa del drama. Así, llega el espectacular cierre de la serie que empezó con un completo desconocido que aparecía por primera vez en Rogue One —condenado a ser recordado como el tío que mataba a sus informantes y se paseaba por ahí con un androide de seguridad imperial reprogramado— con muchas preguntas respondidas y el nombre del audaz Cassian Andor mutado en una leyenda viva del canon.
Senadoras de resaca, suegras de imperiales, traumas de guerra y el segundo Imperio de las drogas
Imaginen, por un segundo, que la trilogía original de Star Wars incluyese escenas del Gran Moff Tarkin yendo a visitar a su madre mientras planea con sus oficiales cómo desintegrar un planeta después, o quizás al joven Biggs Darklighter transformado de pronto en un héroe del drama cotidiano de llegar a fin de mes para mantener a su familia —ambos ejemplos completamente inventados, espero—. Esto es exactamente lo que hace tan bien Andor, que, de buenas a primeras, daba la impresión de una historia de bandas protagonizada por un personaje secundario al que nadie imaginaría como héroe de su propio relato. Convertir la galaxia en un lugar donde la gente come, tiene problemas financieros, debate con su conciencia a la par que organiza fiestas que encubren los preparativos de una rebelión ha sido, sin duda, el mayor de los aciertos. Una nueva dimensión que siempre le han faltado a los productos marcas Lucasfilm —a excepción de algunas novelas—, y que, siendo sinceros, nadie esperaba.

Andor no tiene ningún tipo de filtro para la vida de sus protagonistas. En su lugar, se escapa del tono relajado o sencillo de otras entregas de la franquicia para buscar la complejidad, esa endemoniada guerrera de la que sus directores han salido victoriosos. Como resultado, el espectador termina viendo a Syril Karn (Kyle Soller), ese aparentemente desalmado y cuadriculado funcionario que parece un personaje de Kafka en una historia de Orwell, como un tipo al que su madre no deja de recordarle su ineptitud y que, para más inri, termina manteniendo un romance con la despiadada Deedra Meero (Denise Gough). A la ensalada se le añade una senadora que se pilla una cogorza durante una fiesta, preocupantes discusiones de pareja, una cena en la que el funcionario de Normalización Imperial acaba presentando su esposa —responsable de varias cuadrillas de soldados de asalto letales— a su suegra tiquismiquis, y para rematarlo, una combatiente rebelde con traumas de guerra y una notable adicción a los estupefacientes.
Sobre las cenizas de Yavin: la rebelión en tres caminos
Una Nueva Esperanza, el verdadero Génesis de la Guerra de las Galaxias, mostró una faceta de la rebelión erigida como una asociación de gente buena yendo a buscar a los malos para darles su merecido. Una muestra de las fuerzas del bien, comandadas por un Jedi, contra las fuerzas del mal, lideradas por los malignos Lores Sith, opresores y villanos hambrientos de poder sin límites. Y así, con una estética tan humilde enterrada bajo los vestigios ruinosos del planeta Yavin, sólo sabíamos que la Rebelión era un camino de un carril: el de la unión, la lucha de los héroes, y el mito de los hijos de dioses griegos del Olimpo abriéndose paso a disparos entre los tentáculos de un perverso sistema político.
Pero tuvo que llegar Cassian Andor para confirmar que nunca existió una única vía para la rebelión, y que, de hecho, también fue construida sobre sangre, corazones rotos y muchas, muchas explosiones. Se rompe así con la idea básica de que Star Wars ha sido siempre un eterno enfrentamiento entre héroes, con túnicas blancas y sables azules, contra villanos vestidos de negro y armados con espadas rojo carmesí. Porque la rebelión no es el único plato que hizo falta para destruir a Palpatine, sino que se construyó a través de tres actos, algunos más dulces y bonitos, y otros más amargos… a la par que necesarios.

En un primer camino tuvo que nacer el ideal rebelde. Este ideal lo creó, muy bien intencionadamente y mucho antes de que el Emperador llegase a proclamarse como tal, Padmé Amidala, que ya se olía el camino que estaba tomando su esposo Anakin en su colegueo con el Canciller Palpatine. Luego pasó a esgrimirlo Bail Organa, padre postizo de la mítica y adorada princesa Leia, interpretado en Andor por Benjamin Bratt. Sus principios, los que representa el veterano senador, son los de la justicia sigilosa, pausada y férrea, desde la obediencia y la lealtad a un poder guía que permitirá a los descontentos con el Imperio salirse con la suya mediante la coordinación de fuerzas políticas y la buena voluntad. Pero como todo entrante, algún que otro garbanzo pocho de error y vergüenza tendría que contener, mutando en hechos pequeños que, sin embargo, lo definieron todo. Decisiones duras tomadas desde el corazón y el servicio al bien común que hacen tropezar la idea de la Rebelión como un camino de limpieza moral absoluta.
Como muestra, un botón, es el mismo Organa el que termina financiando indirectamente y, sin saberlo, el Programa Energético del Emperador —debe ser que antes los cruceros clase Venator repostaban con Diesel—, que detrás de toda una fachada de propaganda oculta un plan para construir a espaldas de la opinión pública la Estrella de la Muerte y la explotación de cristales Kyber tanto en Jedha —hogar natal de Chirrut Imwe y Baze Malbus— como en Ghorman. Además de financiar, paradójicamente, su propia perdición —ejem, Alderaan— la Rebelión se construye también sobre un matrimonio forzoso que la senadora Mon Mothma (Genevieve O’Reilly) concierta entre su hija y el retoño de Davo Sculdun, un gángster de los bajos fondos con traje y corbata. Y todo para poder seguir financiando la construcción de aquella preciosa base con vistas a un templo místico en Yavin. Y con estas decisiones, es inevitable llegar al segundo acto.
La vía número dos es la de la acción y el sacrificio, que acaba transformando la fuerza de la inercia en movimiento. Esta parte es la que protagoniza Luthen Rael (Stellan Skarsgârd), más estoico que un bloque de hormigón y cargado de pragmatismo para parar un tren, centrada en las operaciones encubiertas, pero también en los dudosos resultados que incluyen la pérdida humana y el sacrificio de efectivos por el servicio a algo más grande. La causa. Que, al final, pese a ser algo muy bonito que podría dar para muchísimos tratados de literatura, termina únicamente impulsada a costa de «prender la llama», esto es, aprovechar las pequeñas concentraciones de rebelión dialéctica, armarlos con un puñado de blásteres, granadas, y mucha fe en que cuatro gatos puedan tumbar a una legión de soldados de asalto en medio de una plaza, y convertirlos en focos de acción directa contra las fuerzas imperiales. Solo por asomar la patita, desde las sombras y hacia el desgaste, para poco a poco, sacar al lobo entero hasta que el Imperio termine convenciéndose de que no hay nada más frágil que la permanencia en el poder. Ya lo dijo Thomas Jefferson: «Un poco de rebelión de vez en cuando es buena cosa». Aunque, si esta frase la dijese Luthen sonaría un poco más a «unos cuantos explosivos de cuando en cuando quedan preciosos en un blindado de seguridad imperial».

El acto final es el de la guerra total, protagonizada por los valientes creyentes en la causa rebelde que optan por ponerse manos a la obra y asumir que, alistándose a la incipiente armada de Yavin, podrán hacer algo grande para recuperar su libertad contra los abusos de la tiranía. Es la acción directa transformada, definitivamente, en un conflicto abierto contra la Armada del Imperio Galáctico. Es el momento en que se decide quién es la baza más fuerte, y aquí, evidentemente, la tecnología avanzada del lado opresor es la que puede terminar determinando la jugada.
Este camino, sin embargo, no está exento de brutalidad, personificada en Saw Gerrera (Forest Whitaker), que se pasa el día metido en Jedha, donde se dedica a robar cargamentos de Ridonium Imperial. Este individuo es la viva imagen de que toda causa tiene sus extremos, y que los fanatismos no son soluciones: Gerrera es la particular horma del zapato, no solo del Imperio, sino también de la Rebelión entera, la que se cocina desde Yavin a fuego lento —por mucho que Luthen se empeñe en soplarlo para convertirlo en hoguera de combustión rápida—. No importan las ideas, ni tampoco la democracia por la que Bail y Mon luchan: en su lugar solo existen la destrucción indiscriminada y el revanchismo concentrados en un liderazgo partisano completamente vertical en el que todos aquellos sospechosos de ser traidores acaban siendo pasados por el láser. Esta idea de Saw como la oveja negra de la rebelión ya se comenzaba a discernir en Rogue One, pero ahí todavía era el hombre que rescataba a una niña inocente y asustada… para años más tarde acabar sus días como un caudillo con un respiradero que alimenta a pulpos «telépatas» a base de carne humana.
El motor de la Rebelión: la díada Luthen-Kleya
La Princesa Leia es, indiscutiblemente, el corazón vivo de la Rebelión. La verdad, la joven política y guerrera de nobles intenciones y peinados extravagantes y llamativos era la única pieza que impidió que la causa acabase en un pozo perdido —y, ya de paso, terminase con los adorables pero de dudosos hábitos alimenticios Ewoks dándose un festín de Luke, Han y Chewie al pil-pil en sacrificio a sus dioses del bosque—. Pero si Leia era el corazón y el gancho ideológico fuerte de la causa contra el Emperador, y Mon Mothma la mandataria a la cabeza, Andor también recuerda a los verdaderos motores, las piernas, de la Rebelión: Luthen Rael y Kleya Marki (Elizabeth Dulau).
La filosofía del escuadrón Rogue One, esa tendencia recalcitrante y dolorosa para los mandamases de Yavin, posteriormente imitada por grandes héroes como Hera Syndulla a saltarse las normas, es, en esencia, el espíritu de Luthen Rael, que encarna audazmente a la perfección aquello que dijo Oscar Wilde en una ocasión sobre la rebeldía: «mediante la desobediencia se ha realizado el progreso; con la desobediencia y la rebelión». La entrega de un viejo pseudo-comerciante de antigüedades y su joven pupila que sobrevive pegada a una radio y (probablemente) a base de cafés, es la que marca los pasos de lo que terminará culminando, años más tarde, con Solo y Skywalker volando por los aires la Estrella de la Muerte, y, un pelín más tarde aún, con Vader lanzando al Emperador a un viaje (casi) sin billete de vuelta al generador de la Estrella de la Muerte.

El dueto estrella de Andor es una combinación extravagante pero del todo funcional entre un veterano firme y curtido y una chica trabajadora y perspicaz que aprende los fundamentos de dirigir y supervisar un levantamiento moviéndose desde las sombras —además de la «magia» sobre la detonación de infraestructuras—. Aquí no existen los misterios, ni se habla de las bondades de la Fuerza ni de aquello de «concéntrate en el presente». Más bien la determinación compartida de las dos primeras personas que empezaron a dar pasos hacia delante para romper las cadenas de la injusticia y la autocracia en una relación casi paterno filial con sus altibajos y desacuerdos.
La moral funcional de Luthen, que sin embargo, parece clave en los tiempos de guerra, habla mucho del sacrificio de un puñado para salvar a la mayoría: quizá de las cesiones que hace Mon Mothma, que se entrega a la presión económica y se ve obligada a tomar decisiones deplorables como madre; quizá el dolor de Cassian, para quien el amor por Bix Caleen es una mera ilusión en tiempos de guerra; quizá para Vel Sartha (Faye Marsay), que tiene que afrontar cómo mueren uno a uno sus amigos; para las personas que tienen que aguantar los brotes de paranoia de Saw Gerrera (que no son pocos)… e incluso para aquel viejo cazador de reliquias al mando de una maquinaria secreta para llevar la revolución a la realidad, y su valiente y preparada discípula del levantamiento, de cuyas duras decisiones dependerá que Meero no cierre el cerco en torno a la célula rebelde. Incluso a costa de la pérdida, sin importar las lágrimas que tengan que derramarse. La vida es dura, y en la galaxia esto no deja de ser una realidad.
Porque, en verdad, ¿hasta qué punto pesa más la belleza de los ideales que se ven cumplidos frente al apasionado amor por las personas que nos importan?