‘Suits LA’, el nuevo spin-off de su contraparte original ‘Suits’, se estrena el próximo día 23 de febrero en la NBC estadounidense. Antes de su llegada, que propone el regreso de uno de los personajes ficticios más carismáticos de la historia de la televisión, Harvey Reginald Specter, durante un arco de tres episodios, conviene repasar las claves y premisas que hicieron grande a su antecesora
Hay algo en Suits que me llamó la atención desde el mismo instante en que prendí el primer episodio —y eso que, ahora lo recuerdo, iba yo con las expectativas por los suelos; fíjense en si a veces puedo ser rematadamente idiota—: la particular forma en que la producción explora temáticas filosóficas, morales y éticas de gran calado e importancia tácita, tales como la construcción de la psique de un narcisista sin remedio o las múltiples leyes que regulan el poder, aunque sea dentro de los límites que imponen las cuatro paredes de un bufete neoyorquino que atesora, en su amplia cartera de clientes, grandes tiburones corporativos, de lo más podridamente millonarios de la esfera empresarial estadounidense. Es esta la premisa de la trama, la propuesta última sobre la que giran las nueve temporadas al completo, el telón de fondo: ¿se trata el narcisismo de un mal necesario y justificado en entornos salvajes o, por el contrario, de algo deplorable que conviene exterminar casi con insecticida?
Un servidor, al terminarla, cree haber desentrañado la difícil incógnita, por si, querido lector, le sirviera a usted de algo esto que le voy a aconsejar a continuación, dado que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Debe haber una versión suya que sea muy narcisista, egocéntrica, egoísta, cualquier otro adjetivo con el que deseen tildarle los necios adormecidos y los ignorantes directamente moribundos, para los negocios y cuando el asunto sólo le incumba a usted mismo (disculpe el inciso, pero ahora salpica mi mente, por ponerle un ejemplo, o un modelo a seguir, la imagen de El Padrino de Marlon Brando con el labio torcido, escuchando las peticiones el día de la boda de su hija, barriendo tan sólo para el territorio Corleone y para ningún otro; o la soledad criogénica pero eficaz de un Thomas Shelby dañado por los años, la guerra y los malos tragos de una vida, jugando al ajedrez gélido de la muerte para beneficiar en exclusiva a su familia); y otro usted suyo que sea más bien cercano, cálido, amable, humilde, divertido, servicial, su verdadera cara, en definitiva, para otorgársela a todo aquel que en realidad se la merezca.
Porque en la vida, sobre todo en el mundo profesional, o en cualquier otro ámbito donde la competitividad lo intoxique todo, tal y como sucede en la selva, la guerra o la historia, y es ésta una cuestión de mera supervivencia, nada personal, conviene morder antes de ser mordido. Disparar antes que el interlocutor, a lo Han Solo. Que no lo vean jamás venir. Volver siempre, como dijo algún que otro sabio, cuando los demás están yendo. De lo contrario puede encontrarse frente al paradigma de la partida de póker del que alguna vez Pérez-Reverte, por ejemplo, ha hablado, y que consiste en que si no se ve al pringado es altamente probable que el pringado sea precisamente uno mismo.
Y entonces Suits aúna todos estos conflictos morales y los representa de forma magistral, casi sin inmutarse, en el rostro duro y pétreo, chulo, si se permite, para nada aquejado, de un tipo con corbata ancha, traje Tom Ford y pelo engominado; en las facciones de uno de ésos abogados que serían capaces de asesinar a sangre fría con tal de ganar tal caso. Se llama Harvey Specter, y sólo su nombre acobarda ya hasta al más férreamente pacífico del lugar, tanto como sus reflexiones más profundas: que la lealtad es, o ha de ser siempre, una carretera de doble sentido, que existen otras 146 formas de responderle a quien sostiene una pistola y que para ganar no hay que jugar con las cartas, sino con el oponente.
Es Harvey uno de esos personajes grises, literarios, extraídos de una novela, quizá de un autor clásico, que abrazan el narcisismo porque la vida le arrastra a él, y no al revés: el sufrimiento lleva siempre a la desesperanza, luego a la aceptación y, por ese mismo orden, desemboca en la indiferencia. Es imposible seguir erosionando un corazón infeliz, en definitiva, maltratado por los años; y es que cuando un corazón se quebranta ya no hay posibilidad de volver al rosa: comienza a observarse todo desde la segura equidistancia y la mirada rocosa, madura, que confiere el darse cuenta de cuán duro puede ser el mundo.
Por eso la psique de Harvey Specter cobra más relevancia que la trama en sí misma, que es sencilla y se parece mucho a la de esas series cómodas cuyo eje central es el mundo laboral y la medicina (Anatomía de Grey, House, The Good Doctor), pero aquí analizando el día a día y los problemas profesionales del mejor bufete de derecho corporativo y empresarial de la ciudad de Nueva York cuando el propio Harvey contrata a Mike Ross, que ni siquiera es abogado, ni goza de la debida licencia para ejercer. Suits, más bien, en todo caso, es una suerte de epopeya psicológica, un viaje al centro del narcisista, que se parece mucho al de Odiseo y al resto de héroes ficticios inventados y por inventar: hasta qué punto, aun siendo irreductiblemente narcisista, o empedernidamente chulo, puede Harvey dejar entrar en su coraza a aquellos que le han demostrado ser dignos no sólo de sus partes más horrendas o crudas de su persona cuando menos controvertida, o de su fachada profesional, sino también de las más prístinas y pulcras. Incluso bajo la coraza de un egocéntrico, como es el caso de Harvey Specter, y el de tantos y tantos otros, hay espacio para virtudes carismáticas, espontáneas, inesperadas y sorprendentemente necesarias.
Y se lo aseguro, porque quien esté libre de pecado habría de tirar la primera piedra, todos alguna vez hemos necesitado ser, o somos, o muy probablemente seremos, muy similares a Harvey Specter, y será cuestión de tiempo que una espada y una pared nos obliguen a aplicar su particular modus operandi: derribar el maldito muro si con ello la victoria es totalmente segura.