‘Vivir el momento’ narra esta historia genial, triste, melancólica, atrevida, romántica, tan tierna como pragmática y protagonizada por Andrew Garfield y Florence Pugh.
Tobías ya sólo era feliz encerrado entre las cuatro paredes de su casa, tumbado en la bañera comiendo galletas de chocolate con una sensación que debía ser mezcla entre la desesperación y el desaliento. Le sucedía lo que a tantos otros hombres antes de él: había confiado demasiado en alguien, diseñado el escenario de la vejez perfecta de la mano de aquella mujer y entregado su corazón sin reticencias a la persona que creía amar con locura. Y ahora la otra parte lo había mancillado y tirado a la basura con una facilidad pasmosa; casi, como diría Camus, a través de un telegrama del juzgado que bien podía haber sido enviado ayer u hoy mismo: «Unión civil fallecida. Firme abajo. Sentido pésame». Tobías se estaba divorciando.
Y, para colmo, no le quedaba bolígrafo con que firmar, ni tampoco galletas en cuya excesiva dosis de azúcar —la glucosa, en contadas ocasiones, alivia incluso más que ciertos analgésicos— ahogar sus penas. Baja entonces a la calle en busca de provisiones, creyendo que nada podía empeorar más el asunto. Cruza una carretera por donde no había paso de peatones, y entonces un coche de clase media lo atropella, golpeándolo de lleno en las costillas y dejándolo rápidamente inconsciente.
Despierta entonces en el hospital, y aun estando en el socavón más profundo cree ver a un ángel: una mujer de unos treinta, rubia, guapa, con ademán de culpabilidad y unos ojos de un verde agrisado que lo perforan, penetrantes. Tobías está a punto de enamorarse, y hasta que la muerte los separe, de la mujer que hacía tan sólo unas horas acababa de estamparle el capó de su coche en el costado. Aunque eso había perdido ya toda importancia. Dios aprieta, debió decirse, pero nunca lo suficiente para ahogarse. O eso creía. Tobías no contaba por ese entonces con que a Almut iba a volverle a atacar el maldito cáncer.

Vivir el momento narra esta historia genial, triste, eminentemente melancólica, atrevida, romántica, tan tierna como pragmática. Protagonizada por unos puntiagudos y espléndidos Andrew Garfield —por qué narices, se pregunta cualquiera en su cordura durante todo el metraje, no tiene aún este señor un Óscar— y Florence Pugh. La nueva película del director irlandés John Crowley es sencillamente una apuesta que pide a gritos, casi a modo de bofetada rígida, escapar del banal materialismo y regresar a los valores realistas del tempus fugit y el carpe diem (de ahí nace, de hecho, el propio título del filme). La vida pasa rápido, no es eterna, quien está hoy puede no estar mañana y conviene aplicarse, entonces, una máxima vital: mirada firme al presente, vivir siempre el momento, pero tan sólo con aquellos que por una u otra razón se lo terminan mereciendo.
La apuesta de Vivir el momento es arriesgada, no sólo porque sea peliaguda, gris, critique la celeridad con la que vivimos nuestros días desde hace demasiado tiempo o invite a la reflexión conjunta, sino porque narra la historia desde tres instantes al mismo tiempo: cuando Almut y Tobías se conocen; el embarazo del personaje de Pugh (que es a la vez el momento más álgido de su relación); y la recaída y consecuente lucha contra la enfermedad. Aunque el montaje sea extraño, o al menos diferente a lo que se espera de una película comercial como lo es ésta, termina, por raro que parezca, funcionando. Prácticamente como si la película se viera en todo momento desde la perspectiva y la óptica del protagonista, o el espectador lo acompañara mientras rememora, con evidentes lagunas y faltas de memoria, el álbum de fotos de la totalidad de su vida.
Sobre ella cabe decir poco más. Conviene ir al cine a verla (pañuelos incluidos, se lo recomiendo encarecidamente, háganme caso), y juzgar así por uno mismo. Quizá sea ésta la película con más vida desde hace un tiempo, ahora que el cine sufre de tantas producciones que no apuestan por la sencillez y los problemas reales como aparato para construir o conseguir la ansiada, por todos los cineastas, complejidad narrativa. Vivir el momento tiene alma, una esencia peculiar que atrapa durante casi dos horas al espectador en los límites de su historia, una mirada que la hace distinta. Con ella aprenderán lecciones vitales de gran valor, sufrirán y disfrutarán a partes iguales, y la película habitará, para siempre y sin remedio, en la fragilidad de sus corazones.
Quizá hasta aprendan (y para mantener con vida las enseñanzas del filme empiecen a ponerlo pronto en práctica), como a un servidor también le ha ocurrido, que los huevos, para evitar los odiosos restos de la cáscara, han de romperse siempre sobre una superficie plana. Y cada vez que lo hagan, se lo aseguro, les será imposible no acordarse de Almut y Tobías.