Alcaraz

El tenista murciano cae derrotado pero con honra (4-6, 6-4, 6-3 y 6-4) ante un serbio soberbio que materializó su mejor partido desde la final de los pasados Juegos Olímpicos. Djokovic se enfrentará al alemán Alexander Zverev para buscar una nueva final en el Australian Open, uno de sus torneos fetiche.

Empezaba Carlitos la noche australiana con una socarrona sonrisa de oreja a oreja. Contento, en definitiva, porque hace tiempo que vive por voluntad propia a las órdenes del carpe diem y disfruta cada partido como si fuera el último, sin atender al posible desenlace. Sabe que vidas como la suya —pocos chicos de veintiún años son capaces de plantarse en mitad de unos cuartos de final de un Grand Slam tan complejo y exigente como el australiano y hacer que parezca algo sencillo, en definitiva— hay casi ninguna. Ya tendré tiempo, si me sonríe la suerte y sigo trabajando tan duro como hasta ahora, se dice a modo de conclusión, de ganar miles de premios y condecoraciones: ahora sigo todavía en la etapa del aprendizaje arduo, complicado, la de las decepciones y las batallas más contra mí mismo que contra el rival al otro lado de la pista. Si la supero, aun perdiendo, seré grande; de lo contrario, seré mediocre. O simplemente uno más en esa larga lista de tenistas que apuntaban maneras y luego, bueno. Y por eso he de divertirme y no obsesionarme, pase lo que pase.

Terminó perdiendo, pero no sin oponer resistencia y desplegar un juego brillante y un registro de golpes tan variado como acostumbra: dejadas imposibles, derechas tensas, subidas inesperadas a la red para volear tras el saque, golpes que Carlitos se iba inventando, sacando de la chistera con una facilidad pasmosa —también a esto nos tiene habituados—. Prácticamente como si entre ambos no hubiese una diferencia de edad de quince años, nada menos. Algo en el juego de Alcaraz hace pensar que Novak simplemente le ha derrotado por veteranía y experiencia (el diablo sabe más por viejo que por diablo), y que si Carlos cargase a sus espaldas con tanto tenis como el serbio, que jugaba de local y en un campo que le aclama siempre para más inri, otro gallo habría terminado cantando. Será en otra ocasión.

El primer set fue para un Carlos que, aunque comenzó el partido desorientado y notablemente nervioso por enfrentarse al que con muchas probabilidades es el mejor tenista de la historia, terminó recomponiéndose en tiempo récord. Djokovic ni siquiera vio venir el terremoto murciano que emergía ante sus ojos, y sin saber a ciencia cierta qué hacer para impedirlo sucumbió más por las inseguridades propias que por los aciertos ajenos de un Alcaraz que terminó inyectando veneno al juego del serbio. 6-4 para el español y parecía que la balanza —todo el mundo recordaba la pasada final de Wimbledon— se inclinaba hacia el lado de Alcaraz.

Nada más lejos de la realidad. Fue ése el único momento del partido donde Djokovic no estuvo forjado en mismísimo acero, o donde Nole se mostró débil y tembloroso ante el español. Nada más comenzar la segunda manga, el de Belgrado comenzó a afinar más sus derechas atrevidas y versátiles, apurando al límite cada jugada y buscando ganadores arriesgados que bien podrían habérsele ido fuera o a cualquier otra parte —Alcaraz no podía sino acordarse, entonces, de unos cuantos antepasados de su contendiente—, pero no fue el caso. 

A partir de ese momento, el Novak flamígero que había renacido de sus cenizas tras el naufragio inicial se mantuvo siempre un escalón por encima del de Murcia, ahora inseguro por las debilidades pueriles que empezaban a gotear con maldad en su juego (y Djokovic bien supo detectar), y no se bajó del tren de la superioridad hasta que la última bola de Carlos impactó la red, indicando el final del partido.

Agachó entonces Alcaraz la cabeza. Qué más tengo que hacer, diablos, debió decirse: lo he dado todo, me he dejado hasta la última gota de sudor, he volado de la mano de los vientos del tenis y aun así la diosa de la victoria sigue sin sonreírme. Qué más, repitió. Resopló y siguió resoplando, como buscándole una explicación lógica al asunto. La realidad es que no la había. A veces, sencillamente, los azares de la vida y el deporte no atienden a razones, ni siquiera tampoco lo hacen a la justicia. Entonces levantó el español la mirada. Ya lo había entendido. Rayos, la explicación estaba ahí desde hacía un buen rato y no se había dado cuenta: hoy le tocaba perder, a veces se pierde; su juego había sido sensacional pero el de su rival, perfecto. 

Un día habré aprendido de todos mis errores previos, volvió a decirse, y será ese el momento donde gane incluso más Grand Slam que éste y que cualquier otro. Ya me verán. Consumaré mi venganza y ajustaré todas mis cuentas pendientes. Y entonces recobró la sonrisa inicial. Sigue teniendo, al fin y al cabo, tan sólo veintiún años.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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