Alcaraz

El tenista español fulmina por la vía rápida (6-2, 6-2, 7-6) a un serbio desaparecido y falto de ideas, quizá aún incómodo y líquido por su reciente lesión de rodilla, y se corona en la hierba londinense por segundo año consecutivo. Alcaraz ya pertenece al selecto club de jugadores capaces de ganar Roland Garros y Wimbledon en la misma temporada

Novak Djokovic no tuvo oportunidad alguna en la Pista Central de Londres. Ante un público esta vez sí rendido al campeón de 24 grandes, Carlos Alcaraz desplegó un juego intratable que inmovilizó al tenista nativo de Belgrado durante los dos primeros sets, ambos cedidos al español por doble break en contra: dejadas, passings, derechas explosivas, globos, reveses, saques, restos en bloqueo. Un recital de golpes elegantes, medidos milimétricamente, con los que el murciano parecía estarse divirtiendo, cual si supiera de antemano que el título iba a ser suyo y que tan sólo el tiempo era la rémora, o la barrera que le impedía ver su sueño de nuevo materializado y cumplido.

El bombardeo a Novak era constante, difícil de asimilar, nada que se pareciese a la final del año pasado. Si hace doce meses Alcaraz supo sobrevivir y resistir el juego implacable del tenista más ganador de todos los tiempos para imponer el suyo propio y ganar en Wimbledon por primera vez, en esta ocasión iba a subyugarlo, sometiéndolo a su voluntad y controlando los tiempos sin porosidad ni agujeros visibles, moviendo a Djokovic a uno y otro lado de la pista casi con un amargo toque de crueldad. Con una cucharadita de majestuosidad tan sólo al alcance de los más grandes estrategas de este deporte. Un partido perfecto a todos los niveles, en todas sus aristas. Quizá el mejor que haya jugado a lo largo de su carrera. Al menos sí se trata, sin duda, del mejor encuentro que ha disputado Carlitos en hierba.

La estrategia de Alcaraz era evidente: aprovechar el deterioro del pasto londinense para sentir más la bola y encontrarse de paso más cómodo él mismo, ampliando su registro de golpes y variando su juego para convertirse en un incontrolable huracán tan impredecible como agresivo. En alguien completamente imparable. Enfrente, un Djokovic doblegado, maniatado, que terminó sucumbiendo más por los aciertos ajenos que por los errores propios. Por la sencilla razón de no saber qué más hacer cuando el murciano se inventa golpes en cuestión de milisegundos, o cuando levanta bolas ganadoras que nadie más podría, o cuando su derecha ardiente no rompe tu cordaje de milagro.

La tónica de los dos primeros sets cambiaría en el tercero. Djokovic se repuso, recomponiendo sus posibilidades, renaciendo de entre las cenizas en que Alcaraz lo tenía sumido. Se le veía entonces mucho más sólido, con alguna que otra certeza, sin entregar su servicio tan fácilmente como antes. Con mucho más coraje y poniendo en más aprietos al murciano, soñando con llevar el partido a un quinto set decisivo.

Carlos tuvo entonces otros tantos fogonazos de inspiración que le auparon hacia un 5-4 idílico en que se podía decir aquello de que servía para ganar el campeonato. Pero se confió y desperdició las jugosas tres primeras bolas de partido que tuvo en su raqueta, estrellando servicios contra la red para devolverle la esperanza a un Djokovic ya descompuesto y totalmente rendido.

La cosa se fue al tie-break y apareció al instante su magia, su solidez cuando entendió que en el tenis no hay nada hecho hasta que la última pelota bota dos veces en el campo de tu rival. Todo lo demás es un marcador y una victoria virtual, se dijo por fin. Unos porcentajes. Simple palabrería de las estadísticas. Fue entonces cuando cogió el toro por los cuernos, y también cuando emergió su entereza mental para aparcar los sentimientos a un lado. Ya tenía la elegancia de Federer y la agresividad de Djokovic, y ahora incorpora gotas de la mejor psicología de Nadal —aquello de que para ganar un grande hacía falta sudar, sangrar y resistir; no creérselo hasta que sea del todo tangible—.

Esbozó en aquel instante esa ya clásica sonrisa contagiosa que termina por dibujarnos también una en nuestro rostro. Miró al público, rendido ante la anomalía estadística que es tener delante a un chaval de veintiún años con la fortaleza y la madurez que ni siquiera atesoran muchos veteranos cercanos a los cuarenta. Entrevió a su oponente, como avisándole de lo que estaba a punto de ocurrir. Cuarta oportunidad de ganar el torneo; ahora te las vas a ver con lo que me dijo mi abuelo, Novak, y te aseguro que lo vas a comprender en todos los idiomas: cabeza, corazón y dos cojones. Ése es mi lema, mi piel, mi forma de ganar. Y yo no entiendo de otra.

Al cabo, ganó con sabiduría, con despliegue físico y mental, con mucha clase. Como ya es costumbre, hizo esperar al protocolo para saltar a la grada y abrazarse con su familia, con su equipo, con los que importan. De los que sigue aprendiendo cada día. Hace las cosas a su manera, y por eso ahora están todos los demás a su sombra. Por eso es el nuevo rival por batir, el favorito a llevarse el trofeo si aparece en el cuadro de inscritos. Porque Carlos Alcaraz, por encima de ser un campeón de época, es ya un campeón de ésos de los que se puede seguir aprendiendo algo nuevo cada día.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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