La red fantasma es una película francesa dirigida por Jonathan Millet que fue proyectada el pasado 20 de octubre en el festival de Seminci.
La red fantasma narra la historia de una red de voluntarios que busca dar caza a criminales de guerra sirios para que sean juzgados en Europa. La historia se cuenta desde el punto de vista de un joven sirio que perdió a su mujer y a su hermana por la guerra y que quiere ayudar a encontrar a un químico que le torturó durante meses. La red está dividida en varias ciudades alemanas donde se estima que hay más de 800.000 refugiados sirios.
Adam Bessa (Tyler Rake 2) protagoniza la película junto con Tawfeek Barhom (La primera profecía), Julia Franz Richter (Un amor para siempre) y Hala Rajab. Es una historia desgarradora sobre la incapacidad de empezar una nueva vida en Europa por la frustración de no haber recibido justicia. Gracias a unas interpretaciones verosímiles, logra que este mensaje llegue al público. Adam Bessa está especialmente creíble, a través de su lenguaje corporal logra mostrar la situación tan complicada que está viviendo al tener que lidiar con tanto dolor. No solo consigue transmitir en las escenas más impactantes a nivel emocional sino también en aquellas más sencillas únicamente con su mirada.
Jonathan Millet ha hecho un trabajo fantástico en su segunda película como director. Ha sido capaz de profundizar en la vida de los refugiados sirios en Europa incluyendo distintas subtramas que ahondan en aspectos como los familiares que se han quedado atrás o la búsqueda del amor en los países de acogida. El guion también lo ha construido con mucha delicadeza porque permite que con pequeños detalles notemos grandes cambios en el protagonista, como cuando vuelve a salir a correr después de que su vida empiece a mejorar.
Hay un detalle extremadamente potente con el personaje de Hala Rajab. En un momento de la película socorre a un personaje que se está desangrando y, mientras lo hace, ella casi ni se inmuta, simplemente le ayuda a frenar la hemorragia. Es el vivo retrato de alguien que ha sufrido y ha visto tantas situaciones dramáticas que ya las tiene automatizadas y no le impresionan.
Lamentablemente, a la película le cuesta arrancar, porque tardamos bastante tiempo en entender realmente qué estamos viendo, y una vez que la trama empieza a coger ritmo, se desinfla en el segundo acto porque no obtenemos muchas novedades. La transición al tercer acto y todo el último tercio del filme, del que no quiero profundizar demasiado para evitar destriparlo, es sublime. Especialmente hay una conservación cara a cara entre el protagonista y un personaje que logra generar una tensión brutal, y que es extremadamente verosímil. Como thriller funciona especialmente bien en el primer y el tercer acto, pero durante el segundo pierde bastante fuerza.
El mensaje final que quiere transmitirnos Jonathan Millet es tan necesario como desgarrador: la venganza no es justicia ni será capaz de quitar el dolor que sentimos. La mayoría de nosotros no somos violentos por naturaleza, pero los que sí lo son tienen una gran capacidad para convertirnos aprovechándose de nuestro sufrimiento. Es clave que recordemos una y otra vez que el dolor no se quitará infligiendo dolor a otros, solo llevará a una nueva espiral de violencia y a que más inocentes sufran o mueran.