El tenista murciano apela a la épica para derrotar al nuevo número uno del mundo en un partido agónico que terminó por decidirse en la quinta manga (2-6, 6-3, 3-6, 6-4, 6-3) y buscará teñir la Philippe-Chatrier de rojigualda, aupando el domingo su primera Copa de los Mosqueteros al cielo de París
Carlos Alcaraz ha terminado cruelmente con el sueño de un Jannik Sinner que llegaba intratable, imbatible en 2024 y con la confianza por las nubes tras hacerse con el Abierto de Australia, primer Grand Slam de la presente temporada y también de su palmarés particular. Y lo ha hecho en un partido que sólo él podría remontar, en una semifinal imposible que a Carlos se le puso cuesta arriba desde el primer set.
El italiano, que ascenderá al trono del número uno este próximo lunes, comenzó el encuentro arrollando al español, notablemente indefenso ante las brutales acometidas de un Sinner que por momentos parecía la reencarnación del mismísimo Roger Federer: esa concentración, esa elegancia, esa mirada criogénica y salvaje, esos ademanes pétreos, ese aura de ganador imbatible que le rodea, en definitiva; esa esencia legendaria de deportista titánico, de los que terminan por marcar una época y escriben luego su nombre en los anales de la historia.
Lo de Jannik fue de ametralladora, colocaba la pelota donde le convenía y con la fuerza exacta, la pista era suya, el espectáculo le pertenecía, tenía la raqueta con un cordaje tensísimo para manejarla él, en manual; Carlos tan sólo podía mirar, esperando su momento o algún hueco en el juego de su rival mientras buscaba reconciliarse con una bola que no estaba sintiendo y que casi parecía haberle dado la espalda: 2-6, el murciano ausente, el público español en la Pista Central sufriendo con él, miradas gachas de Ferrero de las que sólo brotaba algún que otro «el partido es muy largo, tío, ánimo; el partido es muy, muy largo». Y vaya que si lo fue.

Pero si el de Italia se había vestido del Roger más tenaz e inquebrantable, Alcaraz lo hizo de Nadal, el Rey de la Tierra y en concreto de ésa: por fin aparcó sus miedos, esos momentos de desconexión que le vienen lastrando desde que principiara su carrera profesional, esas ausencias en los peores momentos que son quizá una de las principales debilidades de su tenis. Y obró una remontada inverosímil y nadalesca que comenzó en el segundo set (6-3), cuando Charly ajustó la mirilla y su ya clásica derecha asesina empezó a meter en apuros a la audacia de Jannik.
En la tercera manga el encuentro se vistió de absurdo. Ambos tenistas empezaron a sufrir problemas físicos —Jannik, calambres en su mano hábil; Carlitos, en el mismo antebrazo que le alejó de las pistas de Roma— y el partido entró en una vorágine irracional y en un estado de parálisis casi acordada. Cuando Jannik se iba, Alcaraz lo aprovechaba. Y viceversa. Ahí la perseverancia y la regularidad gélida del de Bolzano le entregaron otro set que puso a Carlos de nuevo contra las cuerdas. El murciano no tenía permitido volver a fallar. Tenía que desplegar un juego impecable, un tenis veloz, eficaz y sin fisuras durante dos parciales consecutivos para poder soñar con su primer Roland Garros.
Fue entonces cuando Charly se paró a observar el mensaje rutilante de la Pista Central, este de que la victoria le pertenece siempre al más obstinado. Y Carlitos lo obedeció para evolucionar. Sintió a Rafa y a todo un país consigo, cargando sus esperanzas sobre sus hombros, en su derecha, en cada punto. No voy a defraudarles, se debió decir. Aquí estoy yo y este chico de Italia va a probar de qué pasta estoy hecho.
El resto está escrito y ahora Zverev espera, tembloroso, la llegada de este huracán con sed por parte doble: de triunfo, de gloria, de ganas de levantar el trofeo, morderlo, abrazarlo, dormir con él; y de venganza contra Alexander por haber echado al máximo ganador de Roland Garros en primera ronda, que por casualidades del destino resulta que también es su ídolo y quien le empujó a jugar al tenis. Este domingo, Carlos Alcaraz se cita con la historia en un partido que, en caso de ganarlo, tendrá sin duda un inevitable componente de justicia poética. Por Nadal y por él mismo, pasado y futuro del mejor tenis del mundo, que es el nuestro.