El tenista español solidifica una remontada imposible (6-3, 2-6, 5-7, 6-1 y 6-2) ante un pétreo Alexander Zverev, besa su primera Copa de los Mosqueteros y logra que el himno de España vuelva a escucharse una vez más en la Pista Central de París; el jugador alemán, de nuevo a las puertas de ganar un trofeo de los grandes.
Ya lo avisaban —y quien avisa no es traidor— los cronistas, los expertos, las viejas glorias de este deporte, Juan Carlos Ferrero, su abuelo y hasta el mismísimo Rafael Nadal: Carlos Alcaraz tiene aura y madera de campeón; ese algo que le separa del resto de los mortales y que le confiere facultades frente a la adversidad de una final irremontable que se le estaba poniendo dos sets en contra, ante un rival que estaba desplegando un arrollador tenis capaz de desvestirlo, de enseñarle a todo el mundo sus entresijos y debilidades. Una hazaña bíblica, legendaria, al alcance de muy pocos elegidos, de un selecto grupo de magos del tenis duchos en eso de creer con fe ciega hasta el final.
Después de acribillar a su rival en la primera manga, y de hacernos creer que aquello iba a ser más fácil y rápido de cuanto ocurrió en realidad, Zverev decidió resurgir de sus cenizas, tipo ave fénix bávaro. Al fin y al cabo, él también podía hacerse con su primer Roland Garros (o su primer título de Grand Slam) y no iba a regalárselo a un recién llegado así, por las buenas y sin pelearlo ni enseñar las garras. Si tanto quería esa copa, iba a tener que arrebatársela de los mismísimos colmillos. Fue entonces cuando Alexander se vistió de pugilista y utilizó al murciano como saco de boxeo durante dos sets consecutivos que apagaron el brillo de un Carlos tan desesperado como apresurado y con los nervios a flor de raqueta.
Lo del tercer set no fue sino la puñalada definitiva. Carlos lo tuvo en sus manos con un jugoso 5-2, pero el alemán le golpeó hasta arrebatárselo, y ahí sí que importó poco si Alexander servía o restaba: las metía todas como churros. Consiguió anular a Carlos, destrozarlo psicológicamente, aprovecharse de sus aún pueriles aspiraciones de ejecutar puntos rápidos de saque-red, golpes con saltitos estilísticos de fotografía de portada, dejadas innecesarias y malditas derechas a bote pronto. 5-7 y aquello ya parecía una odisea inútil porque así se palpaba en la Philippe Chatrier y en toda España. Si el final era nefasto, doloroso y cruento, que terminara aquella batalla cuanto antes. Para qué sufrir. Tener fe en que un chico de veintiún años iba a ser capaz de sobreponerse a todo aquello le correspondía tan sólo a esa senda de fieles que mantienen viva la llama de la esperanza pese a todo, que permanecen remando llueva o truene. Era una locura, algo ilógico, una estupidez; pero después de todo obró de igual modo ante Sinner, aventuró alguno finamente. Quizá quede aún una rendija, alguna forma de penetrar aquella irrompible roca alemana. Una abertura. Y Carlitos la encontró. Se armó de valor, se vistió de héroe y demostró una vez más que él, como tampoco Rafa Nadal lo fue en sus tiempos mozos, no es tan humano como el resto.
El defecto que Charly detectó en su propio juego era evidente: apresurarse y sucumbir al recelo de querer acabar demasiado pronto con todo. Comenzó a jugar liftado, midiendo más cada golpe, inventándose otros que le iban brotando de la chistera, siempre con orgullo patrio y arañando cada punto como si no quedaran más oportunidades que ésa, batallando cual si aquello fuese el último torneo de su vida. Resulta ése ser el único modo que otorga garantías de ganar en terruño parisino, de alzarse con la victoria en el Abierto de Francia. En Roland Garros sólo triunfa quien permanece parsimonioso y engaña a su rival haciéndole creer que eso es todo, que tiene el trofeo ya esperándole. Quien mejor resiste cada puñetazo, quien agarra el sufrimiento con valentía ganadora, criogénica, y le dice al destino que ése no es precisamente el día en que va a caer derrotado en la pista. Charly lo ha descifrado a la perfección y también demasiado rápido. Por fin ha madurado, y por eso no debería extrañarles que esto de ver a don Carlos Alcaraz Garfia levantando un Grand Slam tras otro, como si aquí no ocurriera nada, se acabe convirtiendo en la crónica habitual.
Despiértese, Carlos, este ya no es ese sueño que tenía aquel niño de El Palmar. Ésta —la de ser el príncipe Carlos, el primero de su nombre, futuro rey de los Ándalos y los Cuatro Grandes— es su nueva realidad. Y todos, incluso Rafa, le damos la bienvenida a ella.