El alzhéimer, esa enfermedad que lentamente va causando importantes lagunas en la mente de aquellos que, por desgracia, lo padecen. Pero más allá del daño causado en el paciente, resulta ser un trastorno que lentamente, gota a gota, día a día, hace que no solo la mente y las fuerzas de los que la sufren se apaguen, sino también las de sus acompañantes.

Hace ya muchos años que Gracia Montoya, abuela del redactor de estas líneas, comenzó su camino por la oscura calle del olvido, dejando a cada baldosa recorrida, recuerdos de más de 70 años de vida. Atrás quedaban memorias de su niñez, época que a pesar de la dichosa enfermedad, logró recordar hasta bien entrada esta. A sus espaldas fue apartando de su memoria los recuerdos de sus hijos y nieto, aquellos que tanto amaba ver y disfrutar de su compañía. Por último, dejó en el abismo del olvido, antes de caer en un estado de profundo desconcierto, el recuerdo de la persona que más amaba y que más le amaba en el mundo, su marido.

Ello nos da pie a uno de los puntos clave de la enfermedad, el sufrimiento, lastrado día a día, por aquellos que tienen que hacer frente al cuidado de los enfermos y enfermas de esta enfermedad, con el más agonizante dolor por saber que, a pesar de todos los cuidados que puedan realizar, la enfermedad no va a remontar. Y créanme queridos lectores que este es el derechazo letal con el que esta enfermedad consigue dejar KO a sus rivales en el combate por apoderarse del enfermo. Una vez ya con la enfermedad avanzada, el alzhéimer comienza a apagar también las energías de aquellos combatientes que caen sobre la lona, derrotados, con la pena más grande de este mundo: tener que dejar escapar a ese ser querido, y que sus esfuerzos por revocar la situación sean en vano.

Desde mi experiencia propia de poder observar a aquellas personas al cuidado de estas otras, puedo permitirme la osadez de clasificar esta enfermedad como la más cruel, porque no solo arrebata la vida material a sus portadores sino que les priva del mayor fruto de la vida, cosechado a lo largo de todos sus años vividos, los recuerdos. Porque este olvido derivado por el alzhéimer esconde muchos recuerdos, recuerdos que ya jamás podrán volver a ser recordados o no se verán con el mismo punto de vista. Por ello, debemos darle el valor que se merecen esas memorias internas que cada uno guarda en su arcón del tesoro particular, que es su cerebro. Este tesoro lo podremos gastar infinitas veces mientras tengamos la suerte de poder recodarlo, suerte que el alzhéimer arrebata sin rencor ninguno.

Los recuerdos con esas personas, fallecidas por esta enfermedad, adquieren un mayor valor al ser recordados tras la marcha de esta persona, porque aunque no pueda articular ninguna palabra, su mera presencia hace que nunca pensemos en la posibilidad de que el día de su partida este llegando. En estos momentos se me viene a la mente un refrán que afirma que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, por ello hay que valorar los recuerdos que hemos vivido con la gente que queremos y disfrutar de ellos todo el tiempo que se pueda.

Afortunadamente, con los progresivos avances que la ciencia realiza, prosiguiendo en los diversos descubrimientos, quizá en unos años, lustros o quizá décadas llegará la cura para esta enfermedad, lamentablemente esa cura ya es tarde para todas las victimas que se ha cobrado esta enfermedad a lo largo de los años, además de aquellos que tienen que lidiar con los recuerdos de hermanos, madres, padres o en este caso esposas que desembocan en un derrame sucesivo de lagrimas mientras que se grita al cielo buscando una respuesta desde algún lugar lejano donde se espera que esos enfermos hayan podido dejar atrás ese oscuro olvido y en su descanso eterno naden en el infinito mar de su memoria.

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