El nuevo libro de Isabel Allende, ‘La palabra mágica. Una vida escrita’, no llega como un simple lanzamiento editorial. Llega como una conversación abierta.

No es una frase hecha. Hay algo en la manera en que Isabel Allende escribe y, sobre todo, en la manera en que permanece, que trasciende la idea de «publicar una novela». Cada libro suyo parece responder a una pregunta que todavía no sabíamos formular. Y, al mismo tiempo, deja otra flotando en el aire, como si la literatura fuera menos un destino y más un puente entre quienes escriben y quienes aún no se atreven a hacerlo.

La palabra mágica. Una vida escrita, publicada el pasado 8 de abril por la editorial Plaza & Janés, se siente así: íntima, pero compartida. Como una mesa larga en la que se sientan lectores, escritoras, soñadores y personas que alguna vez empezaron un cuaderno y lo dejaron a medias. Allende no escribe desde un pedestal: escribe desde ese lugar intermedio donde la memoria, la imaginación y la necesidad de contar se mezclan sin pedir permiso.

En su nueva obra, habla sobre el papel que ha tenido la escritura en su vida y sobre cómo lo ha sido todo para ella, a pesar de haber empezado más tarde de lo habitual.

En la rueda de prensa, sus palabras no sonaban a discurso, sino a una confesión sin miedo: «Yo me crié con la idea de que existen muchas versiones de la realidad», dijo, casi como quien abre una puerta. Y en esa multiplicidad de realidades, tan propia de su obra, se entiende también su forma de mirar el presente, incluso cuando habla de Estados Unidos y de lo que allí se está viviendo: no desde la consigna, sino en clave literaria, como si la realidad necesitara ser narrada para ser comprendida.

«Se habla mucho de tener una habitación propia para escribir. Ese lugar está dentro de tu cabeza», añadió. «Ahí puedes invocar a los personajes, a las memorias». La frase resuena más allá del contexto: no como consejo, sino como recordatorio de que el acto creativo no depende tanto del espacio físico como de la disposición a escuchar lo que ya habita en nosotros.

Quizá por eso también reconoció algo que atraviesa a toda una generación: «La mayor parte de la gente hoy tiene miedo a la página». No es solo miedo a leer o escribir, sino a enfrentarse a ese vacío donde todo es posible y, por tanto, también incierto. Esa sensación de tener tantas cosas que decir, tanto que expresar, pero no saber cómo escribirlo en esas teclas frías del ordenador que parecen juzgar en silencio.

También hubo espacio para señalar una gran verdad en el mundo editorial que muchos no quieren reconocer: «Una mujer escribe una novela histórica que está absolutamente investigada a fondo, que está hecha con cuidado, y tiene que competir con otras novelas históricas inferiores que están escritas por hombres». Y lo resumió sin rodeos: «La crítica es muy fuerte contra la mujer». No es una queja, sino una constatación que atraviesa décadas de oficio. Décadas de experiencia. 

Después de más de cuatro décadas de escritura, su relación con la memoria es un territorio difuso: «Después de 45 años escribiendo, me cuesta separar lo que viví, lo que me pertenece, lo que es de otro». Y ahí, en esa frontera borrosa, es donde su literatura encuentra una de sus mayores verdades.

Porque escribir, para Allende, no es capturar el instante, sino dejar que cure en el tiempo. «En mi experiencia, necesito la distancia del tiempo. Algo tiene que separarme de los hechos para poder escribir sobre ello». Esa distancia no enfría la historia; la vuelve más nítida, más humana.

Este lanzamiento, más que un acontecimiento literario, se percibe como un gesto hacia sus lectores. Como si Allende siguiera tendiendo la mano a quienes están al otro lado del libro: a quienes dudan, a quienes empiezan, a quienes necesitan una señal para continuar, a quienes una vez soñaron con algún día ser lo que hoy es ella.

Porque, si algo sabemos de sus novelas —y vuelve a latir en este libro—, es la certeza de que las historias importan. No por su perfección, sino por su capacidad de sostenernos, de nombrarnos y de acompañarnos cuando no encontramos las palabras suficientes para expresar aquello que nos remueve el corazón. 

Y, en ese sentido, este libro no solo se lee: se reconoce. Como una conversación que, de algún modo, ya estaba empezada.

Por Zoe Aragón

Redactora y fotógrafa del 22 Minutos. Escritora de seis novelas y un poemario ilustrado publicado en físico.

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