El nuevo espectáculo de Rosalía fusiona música, historia del arte y simbolismo religioso en una narrativa escénica que explora la creación, la caída y la redención.
El LUX Tour de Rosalía, presentado en el Movistar Arena de Madrid, no ha sido simplemente un concierto, sino una obra escénica que dialoga con la historia del arte, el cine, la religión y la cultura popular para construir un relato simbólico. La propuesta, estructurada en cuatro actos, articula una narrativa que recorre el nacimiento, el pecado, la redención y la muerte, apoyada en un repertorio de 27 canciones que se mantiene prácticamente intacto a lo largo de la gira.
Lejos de responder a una estética aleatoria, cada elemento —vestuario, coreografía, escenografía y repertorio— se integra en un sistema de referencias reconocibles que, al ser reinterpretadas, adquieren un nuevo significado dentro del universo de Rosalía.

Acto I: Creación
El espectáculo empieza con una imagen de gran impacto: Rosalía confinada dentro de una caja, presentada como un objeto manufacturado ante la mirada del público. La escena remite a varias tradiciones: por un lado, a la idea cristiana del ser humano creado por Dios; por otro, a la noción moderna del artista como producto. Los bailarines que la rodean actúan como artesanos o demiurgos que manipulan su figura, subrayando la tensión entre creación divina y fabricación artificial.

Esta atmósfera se intensifica con los primeros compases de Sexo, violencia y llantas y Reliquia, piezas que terminan de consolidar un carácter marcadamente ritual. La introducción musical dialoga con la ópera Carmen, cuya tragedia sobre la libertad, el deseo y el destino articula buena parte del concepto de LUX.
El uso del ballet clásico conecta directamente con el imaginario de Edgar Degas, quien retrató de forma obsesiva a bailarinas en ensayos y bastidores. En Porcelana, la coreografía representa los primeros pasos en el mundo: el cuerpo aparece frágil, moldeable y todavía no autónomo. Con Divinize, el escenario se llena de figuras femeninas que introducen la primera gran referencia bíblica, Eva, mientras las telas en movimiento evocan la liberación del cuerpo.
En Mio Cristo Piange Diamanti, Rosalía se cubre con un manto que remite a la iconografía mariana. Aquí, la Virgen no aparece solo como símbolo de pureza, sino también como una figura performativa: una santidad representada que subraya la tensión entre la devoción mística y el espectáculo.

Acto II: El pecado
El segundo acto se sumerge en una oscuridad más profunda, marcando el inicio del conflicto moral. La referencia central es El Aquelarre, de Francisco de Goya. En Berghain, Rosalía reinterpreta la figura del macho cabrío al aparecer coronada por cuernos y asumir una soberanía oscura frente a un grupo de bailarines que funciona como una comunidad de brujas o seres desplazados del orden divino.
En este bloque, el negro absoluto del vestuario simboliza el tránsito de la inocencia al pecado. La transformación visual sugiere que la protagonista ha sucumbido a la tentación, hasta convertirse en la encarnación del demonio que preside el ritual.


En el tramo correspondiente a SAOKO, La fama y La Combi Versace, se evidencia cómo el exceso, el ego y la superficialidad se convierten en las nuevas tentaciones. La estética, marcada por pelucas empolvadas, remite a María Antonieta, convertida en un ícono del lujo decadente que precede a la caída.
El espectáculo se apoya en referencias cinematográficas como Black Swan para ilustrar la violenta transición de la inocencia a la oscuridad. Simultáneamente, se perciben ecos de Edward Scissorhands en la construcción de una identidad extraña: una metáfora del artista como ser incompleto que, atrapado en el éxito, termina inevitablemente fragmentado.
El acto concluye con De madrugá, inspirada en la figura histórica de Olga de Kiev: una mujer que ejecutó una brutal venganza antes de su conversión al cristianismo. La canción funciona como punto de inflexión moral; tras el exceso del ego y la violencia del acto anterior, se percibe la necesidad de una vía de escape frente al horror.
El relato transita de la oscuridad del pecado hacia una luz de madrugada que no solo simboliza el inicio del día, sino también el renacimiento de una mujer que, para sobrevivir a sus propios actos, decide dejar atrás quién fue.
Acto III: Redención
El tercer acto deja atrás la oscuridad y se adentra en un espacio de redención. En El redentor, Rosalía retoma el lenguaje litúrgico para dirigirse directamente a Dios. El blanco domina nuevamente el vestuario, mientras que unos guantes negros —un guiño a Rita Hayworth— recuerdan que la pureza nunca es absoluta.
Uno de los momentos visuales más impactantes se produce cuando Rosalía se transforma en la Mona Lisa durante Can’t Take My Eyes Off You. Aprovecha la mirada ambigua de la Gioconda, famosa por parecer seguir al espectador, para simbolizar la omnipresencia de Dios: una mirada constante que juzga y acompaña.


El segmento del confesionario se consolida como uno de los momentos más mediáticos y virales del espectáculo, al reinterpretar el sacramento del perdón como una invitación a celebridades para compartir sus «pecados» o confesiones reales ante el público.
En La perla, Rosalía encarna a la Venus de Milo, escultura privada de brazos que ha sido históricamente interpretada como el ideal de belleza clásica. En el concierto, la pieza se resignifica para denunciar la cosificación del cuerpo femenino, reducido a un mero objeto de contemplación.
Las coreografías de manos que intentan rodearla y poseerla refuerzan su condición de pieza de museo. Sin embargo, al liberarse, la artista afirma su autonomía: deja de ser un objeto para el espectador y se reivindica como sujeto de su propia obra.

El acto concluye con La yugular, donde la nieve que cae simboliza el frío del mundo exterior frente al calor espiritual alcanzado durante el concierto. Representa el cierre de un ciclo en el que fragilidad y fuerza se encuentran antes del desenlace definitivo.
Intermedio
Rosalía aparece vestida como una menina, evocando directamente la obra maestra de Diego Velázquez. Al igual que el pintor se autorretrató en su propio cuadro para disolver la frontera entre artista y espectador, la cantante retoma este gesto al abandonar el escenario e integrarse con el público.

En CUUUUuuuuuute, el uso del botafumeiro —instrumento litúrgico propio de la catedral de Santiago— transforma el concierto en un ritual colectivo. Este elemento había sido reinterpretado previamente por iconos como Madonna, demostrando cómo la religión también puede convertirse en espectáculo.
Acto IV: Liberación
El tramo final del concierto abandona progresivamente la narrativa cristiana para centrarse en la libertad individual. En canciones como BIZCHOCHITO, DESPECHÁ y Novia robot, Rosalía introduce un discurso feminista donde la mujer se reivindica como sujeto autónomo, emocional y sexualmente libre.
En Focu ‘ranni, la coreografía evoca al rapto de las sabinas, episodio sobre los orígenes de Roma que simboliza la apropiación violenta del cuerpo femenino. Rosalía subvierte esta narrativa: su caída no representa una derrota ante la fuerza ajena, sino una elección consciente.

Este momento conecta directamente con el mito de Ícaro: la artista asume que volar demasiado alto implica el riesgo de caer, pero lo acepta como el único camino para experimentar la libertad absoluta. Convertida en una figura angelical, la escena se construye como un guiño cinematográfico a Wings of Desire, de Wim Wenders. Al igual que el ángel que decide renunciar a su condición divina por amor y para experimentar la vida humana con todo su dolor y mortalidad, Rosalía asume su caída como un acto de libertad.
El cierre con Magnolias funciona como un epílogo tras la intensidad del espectáculo. En esta pieza final, Rosalía avanza hacia una luz cegadora que inunda el escenario. Más que un adiós, la puesta en escena sugiere el abandono definitivo de la forma humana y del «objeto manufacturado» del inicio, marcando la transición hacia un estado de paz. La muerte, aquí, no se presenta como un final, sino como el paso necesario hacia la eternidad de la obra artística.
En LUX, cada referencia importa. Entenderlas no es necesario para disfrutar el espectáculo, pero sí para captar toda su dimensión: la de una obra que trasciende en la mirada del espectador, invitándolo a reinterpretar lo visto. En LUX, Rosalía no solo actúa, sino que logra emocionar al público en un espacio que promueve la reflexión a través de los sentidos.
