‘La vida de Chuck’ no es un producto para todos los públicos. Y eso, en un conjunto que oscila entre lo comercial y lo artístico y que transmite un mensaje tan poderoso, reseñable y socialmente urgente, resulta ser la peor noticia posible.
Conviene esperar a que La vida de Chuck, la nueva película de Mike Flanagan que adapta la novela corta homónima de Stephen King, encuentre su espacio para desplegar su magia definitiva. No es una película rápida, ni envolvente, ni excesivamente expresiva, visual o explosiva; es más bien un film que necesita espacio, digestión y mancuerna cerebral. En pocas palabras, se trata de todo un ensayo reflexivo sobre el sentido de la vida, el concepto del tiempo y la aceptación de que todo tiene fecha de caducidad, ante un ocaso que, más tempranero o más tardío, siempre pone punto y final a cada posible historia vital que se esté desarrollando en estos mismos instantes.
Es decir, la reflexión trascendental que implica el Memento mori —recuerda que morirás—, pero con Tom Hiddleston desatado, aunque con poco tiempo en pantalla, y bailando al estilo Michael Jackson. Probablemente, esto será lo que motivará a un aproximado ochenta y dos por ciento de los espectadores a ver la película, antes de toparse con un producto que seguramente arruinará su día, su semana y el resto de su mes.
Porque, sí, La vida de Chuck es uno de esos filmes que merecen artículos, cinefórum, debate y reflexión posterior, ya que las enseñanzas y moralejas intrínsecas se convierten poco a poco en un dardo o crítica social capaz de poner al receptor a reflexionar sobre el modo en que está viviendo su propia vida. Y eso, en los tiempos que vivimos, donde el único mensaje que vale la pena es el que se concentra en quince segundos o en 280 caracteres para no incomodar a nadie, es un gesto sencillamente brillante y digno de elogio. Al César lo que es del César.
Luego está el lenguaje audiovisual, que, lejos del vasto universo filosófico kingiano que adorna la película, y a pesar de la fotografía sublime y del tsunami emocional que es Hiddleston cuando tiene ocasión, resulta algo defectuoso. O quizá demasiado polarizante: contentará a muchos, enfadará a otros, y a un tercer grupo le resultará indiferente o insípido. No es un producto para todos los públicos, en resumen. Y eso, en un conjunto que oscila entre lo comercial y lo artístico y que transmite un mensaje tan poderoso, reseñable y socialmente urgente, es la peor noticia posible.

El principal síntoma de debilidad cinematográfica —o, al menos, de construcción gris e irreverente— no radica en respetar el viaje en orden cronológico inverso, lo cual, lejos de chirriar, es una de las piezas más engrasadas y que mejor funciona, sino la presencia sustantiva y hegemónica de un narrador omnipotente. Como recurso, funciona de maravilla; pero les aseguro que lo he percibido más protagonista que al propio Hiddleston.
Su voz cálida, amable, casi de ASMR, guía de la mano al espectador por si se pierde, se desorienta o se confunde entre los páramos peligrosos y anchos de menos de dos horas de metraje. Flanagan, de ser Coppola, habría finalizado El Padrino II así: «Michael Corleone miró al horizonte añorando a los suyos y dándose cuenta de que antepuso los negocios a la felicidad junto a su familia». Huelga decir que el audiolibro que suena de fondo resquebraja el principio fundacional del cine: el respeto inquebrantable a la perspectiva que adopta el espectador tras el visionado de una historia con mil posibles puntos de vista, narrada a través de una sucesión de fotogramas reinterpretables. Es decir, construir y leer el encuadre, más que aceptar a ciegas e inocentemente la propuesta inicial del autor.
Pero, en fin, lo positivo es que La vida de Chuck también posee algún vértice rutilante, interesante y valioso, del que se puede sacar algo en claro, permitiéndose irse tranquilo a la cama con cierta tranquilidad. Lo anterior, como digo, es tan solo una perspectiva personal, fruto de un producto que aprieta los botones del espectador. A mí, por si sirve de algo mi opinión, me ha decepcionado. Seguramente porque me esperaba mucho más: prácticamente todo un volcán en erupción, y me he topado con un inofensivo riachuelo de lava enfriándose.
Aunque estoy seguro de que a miles de cinéfilos les entusiasmará la mirada que Flanagan tiene preparada para ellos. Y lo más bonito de este arte es que no puedo, sino entenderlo a la perfección y, además, aplaudirlo hasta que se me agrieten las manos.