La historia no es como la cuenta Hollywood - Miguel De Lys

Miguel de Lys, uno de los divulgadores históricos más reconocidos, desmantela los mitos que el cine nos ha hecho creer durante años. En su libro ‘La historia no es como la cuenta Hollywood’, distingue lo real de lo ficticio y abre los ojos a todos aquellos que han confundido el cine con la realidad.

¿Eran los dinosaurios realmente como los mostró Jurassic Park? ¿Las pirámides fueron construidas por esclavos, como vemos en El príncipe de Egipto? ¿Las luchas de gladiadores eran tan letales como las retrata Gladiator? Durante años, el cine ha sido una fuente de conocimiento —a veces la única— y el refugio de muchos cinéfilos apasionados por el arte audiovisual.

Sin embargo, muchos olvidan que el cine no deja de ser una forma de ficción, y que no todo lo que muestra es real. En este libro, Miguel de Lys pretende demostrar todas esas ocasiones en las que el cine —y, por extensión, la cultura popular— ha vendido una versión del pasado que poco tiene que ver con la realidad.

El cine: mucho más que una herramienta de entretenimiento

En los primeros años del cine no existían noticiarios televisivos ni imágenes en los periódicos. Por ello, las películas rodadas por los hermanos Lumiére o por productoras como Pathé o Edison mostraban escenas reales: trenes llegando, fábricas en funcionamiento, reyes, desfiles o guerras. El público, que aún no había tenido la oportunidad de salir de su entorno, podía contemplar por primera vez lo que ocurría más allá de su realidad cotidiana gracias al cine. Era la única forma de hacerlo. Aquellos breves metrajes fueron el primer contacto del público con el mundo exterior a través de imágenes reales.

Así, el público no acudía al cine únicamente para entretenerse, sino también para conocer lo que estaba ocurriendo en el mundo. Durante la Primera Guerra Mundial, los gobiernos comprendieron el enorme poder propagandístico y emocional del séptimo arte. Se filmaban batallas, discursos y desfiles para que luego se proyectaban en diversas salas, lo que equivalía entonces a los noticieros de hoy, en una época sin televisión ni internet. Las proyecciones semanales incluían noticias bélicas, avances científicos y acontecimientos políticos. El cine era, también, información.

Este fue el periodo de oro del cine como medio de comunicación de masas. Antes de cada película, las salas proyectaban una breve sección de noticias conocida como noticiario. Estas piezas, de entre cinco o diez minutos de duración, eran narrados con una voz en off que interpretaba los hechos. Durante la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos utilizaron tanto los documentales como los noticiarios como arma de propaganda ideológica y política. Millones de personas construyeron su visión del conflicto a partir de esas imágenes. El cine no solo informaba: también moldeaba la versión oficial de la realidad.

El poder del cine

El cine posee un poder persuasivo notable, ya que reproduce la realidad de forma sensorial. Cuando vemos una película, nuestro cerebro procesa las imágenes como si las estuviéramos experimentando de verdad. Esto ocurre porque las regiones cerebrales vinculadas a la percepción y a la empatía se activan de forma similar a como lo harían en una experiencia real. Así, el cine no solo nos cuenta una historia, sino que nos hace sentir que estamos dentro de ella. Y aquello que se siente real, a menudo, se asume como verdadero.

Desde sus inicios, Hollywood comprendió que el público no solo busca entretenimiento, sino también una narrativa emocional del mundo: héroes, villanos, justicia, amor… Con el tiempo, el cine estadounidense —y, más tarde, el cine global— se convirtió en el principal creador de mitologías modernas. Así surgieron figuras como la «princesa rebelde» o el «soldado estadounidense libertador», cuya imagen reemplazó a versiones históricas mucho más complejas y matizadas.

Como resultado, se observa que el cine no solo refleja la realidad, sino que, simbólicamente, la reemplaza. De hecho, basta con ver que muchas personas recuerdan más detalles de películas como Titanic que de un libro de historia. De este modo, las películas pueden influir en percepciones históricas, opiniones políticas, identidades nacionales y culturales, así como en actitudes sociales.

Por todo ello, el público tiende a creer lo que ve en pantalla. La alta calidad visual de las películas genera una ilusión de autenticidad, y cuanto más real parece, más lo aceptamos como verdadero. Además, muchas personas piensan que las grandes superproducciones investigan a fondo los hechos y se documentan para elaborar el guion, cuando en realidad priorizan el impacto emocional. El hecho de que las historias —especialmente las cinematográficas— se recuerden mejor influye también a nuestra percepción de la realidad, al igual que la intensidad de la experiencia emocional del espectador. Mientras dura la película, quiere creer; y después, parte de esa creencia emocional permanece.

La historia no es como la cuenta Hollywood

En La historia no es como la cuenta Hollywood, Miguel de Lys busca que el espectador recupere su pensamiento crítico: disfrutar del cine sin confundirlo con la verdad. Para ello, analiza numerosas películas históricas y compara lo que muestra con lo que realmente ocurrió. Hace hincapié en exageraciones, anacronismos, personajes o diálogos inventados, así como en mezclas de cultura y épocas que carecen de sentido. Sobre todo, reflexiona sobre cómo estas falsedades moldean nuestra percepción del pasado.

Por ejemplo, explica que en Jurassic Park el rugido del T-Rex no coincide con el que habría emitido en la realidad. Señala que en Gladiator los gladiadores, sus ropas, armas, decorados y la concepción de las luchas no se ajustan en absoluto a la época. En Braveheart, William Wallace aparece casi como un rockero pintado de guerra, pero muchos detalles —la vestimenta, la heráldica, las técnicas de combate y las relaciones políticas— no corresponden al siglo XIII.

Películas como Napoleón, Vikingos o Pocahontas son analizadas por De Lys para determinar qué parte es ficción, qué parte se basa en hechos reales y qué parte está exagerada. Todo ellos se presenta con un tono humorístico: no busca ridiculizar el cine, sino permitir que el público lo disfrute reconociendo también sus errores. Sobre todo, pretende que el lector no acepte todo lo que ve como verdad histórica.

El cine tiene licencia para inventar, porque, ante todo, es entretenimiento. Pero eso no significa que no importe qué narrativa se elige ni cómo esas elecciones influyen en nuestra comprensión del pasado. La historia no es como la cuenta Hollywood no va contra el cine, sino contra la pasividad con la que lo contemplamos. Nos recuerda que detrás de una espada brillante o un discurso heroico hay un guion, y que el problema surge al confundir emoción con conocimiento. Las películas pueden inspirar, emocionar e incluso enseñar, pero no deben sustituir la curiosidad ni el pensamiento crítico.

En tiempos en los que la imagen vuelve a dominar el relato del mundo, el libro de De Lys se convierte en un manual para mirar con inteligencia: disfrutar del espectáculo sin entregar la razón. Porque, si el cine sigue contándonos la historia a su manera, lo mínimo que podemos hacer como espectadores es aprender a distinguir la magia de la ficción de la memoria.

Por Paula Chato Hidalgo

Me encanta escribir y hablar ante el público. Redactando me desahogo. En cuanto a lo de hablar en público, es una afición que descubrí desde pequeña. He tenido la oportunidad de hablar en determinados eventos, como delante del rey, en el teatro español o en algunas conferencias online. Ahí descubrí que esta era realmente mi afición. Sobre todo, me encanta hablar, estar delante de cámaras y tener la oportunidad de conversar con mis referentes para aprender sobre ellos y sobre el mundo.

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