Materialistas Crítica

Hay muchos filmes dentro de ‘Materialistas’, como si fueran matrioshkas rusas. La película intenta abarcar tantos frentes que su ritmo se vuelve irregular, alternando con naturalidad momentos muy sentimentales con otros en los que el espectador resulta completamente incapaz de empatizar

Si antes el amor consistía en aspirar a algo tan perfecto como lo de Audrey Hepburn y Gregory Peck, o como lo de Julia Roberts y Richard Gere, hoy ese castillo de naipes ha quedado reducido a cenizas, aplastado por el pasapurés de una sociedad que, ya sin respetarse a sí misma, ve en el sexo un mero pasatiempo y en las relaciones de pareja un sencillo cálculo matemático: un acuerdo comercial entre dos partes en busca de un objetivo mayor —fama, dinero, estatus, poder, posición social, propiedades y bienes raíces, etcétera—. Ese amor idílico de antaño, que nos regaló París y edificó Bécquer, casi de bolero y comedia romántica, ha desaparecido en favor de la superficialidad, del aquí te pillo aquí te mato entre copas de alcohol barato en discotecas de mala muerte y guateques que se apagan antes de empezar. Hoy, en una relación, importa más lo que se posee —repito: dinero, seguidores, comodidades, red de contactos— que el interior o los propios sentimientos, hasta que este tema complejo, filosófico, profundamente humano que es el amor se ha visto transformado en un simple complemento, o en una suerte de lazo empresarial hueco de todo color.

Este es el principal tema de conversación en torno al que gira Materialistas, la nueva película de Celine Song producida por el sello A24, que se marca como objetivo hacer un examen con bisturí sobre el statu quo del amor en pleno siglo XXI. El título resume bien la pretensión, y también el punto de partida: no es casualidad que la película lleve por nombre el término «materialistas», que la Real Academia define como toda persona excesivamente preocupada por los bienes materiales, y que se la aplique al amor. Ya desde el principio, incluso antes del primer fotograma, la crítica social es evidente, inteligente y solidifica en una palabra el pensamiento de la directora a este respecto: al amor lo han arrastrado al cadalso de lo materialista.

El cómo hacerlo y la presentación del tablero sobre el que se sustentará la trama también es una jugada de ajedrecista de alto voltaje, por parte de Song. Lucy (Dakota Johnson), casamentera de profesión y especie de Tinder humano en peligro de extinción, acaba de conseguir su novena boda entre dos personas que, antes de su llegada y de su labor de enlace, eran perfectas desconocidas. Sus compañeras de la agencia de búsqueda de pareja le preparan un pastel —felicidades, Lucy, por tu casamiento número nueve, a uno del décimo, etcétera— y una fiesta para celebrar su labor como engranaje de la parte más vital, humana, privada y esencial de la vida de sus clientes; es decir, el amor y las primeras citas entre personas más bien solitarias que, por una cuestión o su contraria, tienen dificultad para encontrar parejas potenciales.

El caso es que llega el día de la boda y Lucy, entre una y otra oportunidad empresarial sobre la que va sembrando la semilla, coincide en la mesa de los solteros —es irónico, a la par que divertido, que una de las mayores expertas en amor y relaciones de la ciudad de Nueva York sea incapaz de encontrarse a alguien para sí misma— con el galán, conquistador en las distancias cortas, elegante, rico de traje Hermès color chocolate y ático de doce millones de dólares con cama de sábanas de seda hermano del novio, de nombre Harry; que, por otro lado, y como no podría ser de otro modo, es Pedro Pascal. Entre ellos la conexión parece evidente, magnética, casi irrenunciable, y la tracción lleva al apuesto apolo a pedirle un favor personal a la protagonista: antes de contratar sus servicios como casamentera, quiere intentar una relación con ella.

Lucy pronto se verá contra la espada y la pared, incapaz de decidir entre lo que la sociedad considera correcto, vivir una vida cómoda y lujosa al lado de Harry, o lo que su corazón anhela en sus partes más profundas, o sea, encanecer junto a una persona que la quiera tal cual es, con sus pros y sus contras, sus partes buenas y sus partes malas, sus ángeles y sus demonios internos. Y esa otra opción que aparece sobre la mesa es John, interpretado por Chris Evans, treintañero abocado al fracaso económico que aún comparte piso y actor de teatro desfasado. En pocas palabras, alguien incapaz de darle todo lo que Harry es capaz de darle con una llamada, un golpe de tarjeta, la firma rotunda y sin aplomo de un cheque en blanco que utiliza para pagar la cuenta.

La idea, aunque fantástica, peca de ser pretenciosa por momentos, y sobre todo demasiado ambiciosa. Hay muchos filmes dentro de Amores Materialistas, en plan matrioshkas rusas y tal. Quiere abarcar tantos frentes que el ritmo se torna irregular, mezclando sin despeinarse momentos muy sentimentales y otros donde el espectador es directamente incapaz de empatizar. Aquí es donde uno piensa que más aristas y capas de complejidad le habrían sentado maravillosamente bien, a pesar de que eso implicara tener que aumentar la duración de la película y sobrepasar, por ende, la duración de dos horas, que ahora gran parte de los estudios temen porque TikTok ha hecho tanto daño a la capacidad de atención del ser humano que las películas que sobrepasan las dos horas se ven, como poco, a velocidad de tres segundos por cada dos. Pero, bueno. Tales son las cartas y con ellas nos ha tocado jugar la partida. Al menos la gran fotografía y las grandes actuaciones del elenco solventan parcialmente la falta de profundidad narrativa, que habría convertido esta genial idea en una más estratosférica, cinematográfica y merecedora de sobresalientes.

Al final, la película acomete un viaje al centro del significado de la palabra amor para darnos una lección en todas las narices, una cruda pero cierta moraleja que nos sirve en bandeja y con la maldita mano abierta. Nos pasamos tanto tiempo calculando que se nos olvida el concepto simple de vivir —el lujo no son diamantes en un Cartier, el verdadero lujo es vivir sin prisa, mantra que ahora ha hecho viral Karol G— y que, en la gran mayoría de las ocasiones, un atardecer, una vista a un lago, una visita al mar, una sonrisa, un simple gesto, una cena barata pero en buena compañía valen más que mil restaurantes con tres cubiertos de oro a cada lado, empezando siempre de fuera hacia dentro. Eso y las flores. Vivimos en un mundo donde se está perdiendo la puñetera, bonita y humana costumbre de regalar flores.

Puntuación: 3.5 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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