Wolfgang Crítica

Wolfgang es el fiel reflejo de que la música no es sino otra vía más con que contar historias, establecer narrativas en una estructura y un plano más astral que el lingüístico, confiriendo color a los retales de toda una vida.

Cuando el niño de diez años fue llamado al centro de la sala de pruebas de la Academia Grimald de París, este se recolocó la americana caramelo sobre la camiseta a rayas azules y comprobó que las mechas onduladas de su cabello castaño no se vencían demasiado hacia uno u otro lado. Al cabo, con cierto desparpajo aún impropio para su corta edad, respiró hondo y ocupó el asiento bajo, tomando varios segundos antes de colocar los dedos sobre las notas que comenzaban la partitura que prácticamente tenía ya memorizada. La cosa, se dijo para sí, tal como las enésimas veces que con anterioridad y facilidad he logrado el mismo perfecto resultado, tiene que ser ahora coser y cantar. Cuestión de inducirme a mí mismo a un estado casi hipnótico y dejar que la música fluya por mis venas. Saludó a los jueces con perfecta formalidad y educación y les habló de que, dentro de muy poco, tenía la intención de convertirse en el mejor pianista del mundo.

Fue entonces cuando la mente del chico deslizó pensamientos sobre ella —en la playa, en la casa familiar, tocando junto a él, como, por otra parte, nunca debió dejar de haber sido— que terminaron por desconcentrarlo. Los dedos resbalaron incorrectamente sobre el ébano y el piano escupió un sonido molesto que chirrió en toda la sala, fiel reflejo de su momentánea derrota. Intentó corregir el desliz, pero la ansiedad y la inseguridad se habían apoderado ya hasta de la última célula de su cuerpo, entonces inmóvil y frágil como un flan. Es lo malo que tiene el piano: un solo fallo, una sola tecla pulsada a destiempo o sin la precisión adecuada y varios años de trabajo se escapan, rápidamente, camino del cadalso o del ridículo. Para Wolfgang, en aquel instante en qué miró de frente al Sena, cuando un solo salto lo separaba de reencontrarse de nuevo con su madre, dondequiera que se situase tal cita, en el cielo o alguna querencia similar, solo quedaba pensar en el analgésico del suicidio.

Wolfgang, la nueva película de Javier Ruiz Caldera con Miki Esparbé y Jordi Catalán como protagonistas, es una tragedia constante que abarca la triste y melancólica historia de Wolfgang, un niño con altas capacidades, síndrome del espectro autista y un profundo sentimiento y amor por la música y el piano. Cuando tempranamente pierde a su madre, es obligado a mudarse a casa de su hasta ahora desconocido padre (Esparbé), un actor en decadencia que es incapaz de encontrar un buen papel en la industria cinematográfica y anda detrás de un puesto en el nuevo filme de Juan Antonio Bayona. La relación entre ambos será compleja, en cuanto que Wolfgang creerá que su padre no es siquiera merecedor de criarlo, por aparecer tarde, mal y por no saber nada acerca de su compleja y dificultosa condición.

Wolfgang Crítica

A pesar de su premisa aparentemente sencilla —es solo en apariencia—, Wolfang se convierte con suma rapidez en una novela gigantesca repleta de aristas, perspectivas y diferentes tonalidades, muy madura como para que niños extremadamente pequeños comprendan todos sus retales; una que abarca temáticas profundas con la finalidad de forjar grandes y útiles moralejas en la psique del espectador: superación de los traumas infantiles, reconstrucción de una dinámica familiar resquebrajada, persecución del éxito y las dificultades que emergen a la hora de enfrentarse a los grandes retos que a menudo imponen la vida y el destino, convivencia con quienes padecen autismo y a menudo también cuentan con un cociente intelectual muy superior a la media.

A través de una fotografía realista y para nada edulcorada con trampantojos propios del cine rápido e impresionista, sino más bien repleta de cotidianidad y costumbrismo que se van impregnando con suavidad en cada fotograma, la producción emprende un viaje al corazón del espectador. Es Wolfang una de esas películas capaces de herir a quien está al otro lado de la pantalla, de infligirle daño y también de remediárselo, o de acompañarlo y conducirlo, cogido de la mano, al puerto en que el guion desea que atraque.

Aunque Wolfgang es también el fiel reflejo de que la música no es sino otra vía más con que contar historias, establecer narrativas en una estructura y un plano más astral que el lingüístico, confiriendo color a los retales de toda una vida. Las notas rocosas de una guitarra desafinada, los melancólicos vaivenes de un saxofón helado en la nocturnidad de una calle parisina, el piano viejo y rasgado en ese lugar exacto del salón donde la acústica no reverbera en exceso, ni tampoco en defecto. Todos ellos arrastran las alegrías, las dolencias, las viejas glorias, los momentos, las historias, los traumas de quienes los poseyeron y ahora los poseen, pues un instrumento es un alma orgánica capaz de darle a una estancia el brío y la vigorosidad que necesita; capaz de tejer un pentagrama vivo que, casi como una doble hélice de ADN, habla sobre la vida y el sufrimiento de quien, al otro lado de la secuencia, selecciona la melodía y los acordes.

Wolfgang avanza hacia su escena final. Para no destripar la historia, diremos que el guion, lineal, pero no por ello aburrido o cargado de monotonía, ha funcionado como perfecto hilo conductor hasta llegar al ansiado desenlace. Es entonces cuando uno se da cuenta. Diablos, me dije yo, por poner el ejemplo. Por qué diantres no todas las películas del cine español cuentan historias de la manufactura y la calidad de esta. Ojalá las demás fueran como Wolfang, seguí reflexionando, y no producciones sin origen ni destino, incapaces de saber siquiera cuál es su finalidad moral, ética, estética, para con el espectador que pague la entrada o se sitúe al otro lado de la plataforma de streaming. Aunque todo este soliloquio fue una suerte de conversación para mis adentros, conmigo mismo. Tenía la garganta tan helada, las cuerdas vocales tan resquebrajadas, el corazón tan acelerado que me habría sido imposible emitir cualquier otro sonido que no fuera fruto de las lágrimas.

Puntuación: 4.5 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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