Crítica de Fórmula 1, la nueva película de Brad Pitt

Fórmula 1 es una honda reflexión sobre la condición humana, y sobre la evolución de la personalidad a lo largo de toda una vida. Una pintura en acuarela sobre la lucha contra los traumas, los complejos y las dificultades, y una breve muestra de cómo superarlos con eficacia para volver al ruedo

Ahora sé a ciencia cierta lo que sienten los pilotos de alta competición: ese nudo en el estómago, esa sensación de que es el mundo el que te absorbe y no al revés, ese nerviosismo característico del que está apostándose con el diablo la hipoteca de su propia integridad física, sacando una última carta para dejar que decidan los azares de la vida y el destino, cuando un simple gesto, la más incierta levedad, el más ligero milímetro movido arriba o abajo, a izquierda o a derecha, separa de forma tácita pero a la vez evidente el triunfo agónico y épico de la muerte más catastrófica posible; en una curva mal dada y a más de 300 kilómetros por hora, con la imposibilidad de frenar y sabiendo que, llegado el caso, no se podrá hacer nada por evitarlo, sino tan sólo aceptar la muerte como quien se reencuentra con una vieja amiga.

He conducido, en definitiva, y durante unas aproximadas dos horas y media, en la magnitud astral y planetaria a la que acostumbra el formato IMAX, un monoplaza millonario de esos que salen en las retransmisiones deportivas. Creo que es ése el mejor resumen de Fórmula 1, la nueva película de Joseph Kosinski (director de Top Gun: Maverick) con Brad Pitt como protagonista: que es una de esas santas y benditas producciones que, sin importar su ritmo o su duración, son capaces de conseguir que el espectador olvide por completo que está frente a un producto cinematográfico.

La película, eso sí, peca de cierta monotonía muy evidente —quizá por eso no puede alcanzar el rango de la perfección más absoluta e indiscutible— porque, al fin y al cabo, el marco de la Fórmula 1 es extremadamente limitado como para permitirse el lujo de hacer florituras o innovar demasiado. Sin embargo, hace todo lo que está en su mano para lucirse y conseguir un producto fluido, interesante, constante, sólido y muy, muy convincente. Uno que está a medio camino entre la realidad y la ficción —hace mucha gracia cuando Fernando Alonso, por ejemplo, hace un cameo breve— y cuya historia abarca temáticas maduras que tratan al espectador como se merece: como un adulto al que, más aún en los tiempos tan convulsos que corren, con las miles de propuestas y ofertas de entretenimiento disponibles en canales y formatos tan variados, ya no le sirve cualquier cosa. Y Fórmula 1 no es precisamente el enésimo estreno sin sentido del año, sino más bien toda una oda al mundo del automovilismo competitivo, hecho con mimo, cuidado quirúrgico y creado por un evidente gran equipo de profesionales que hay detrás de cada departamento.

Fórmula 1 es, además, una honda reflexión sobre la condición humana, y sobre la evolución de la personalidad a lo largo de toda una vida. Una pintura en acuarela sobre la lucha contra los traumas, los complejos y las dificultades, y una breve muestra de cómo superarlos con eficacia para volver al ruedo, reponerse con rapidez, usar la última bala restante en la recámara a fin de alzarse, una vez más —nunca son suficientes— con la ansiada, sabrosa y dulce victoria. Y, por qué no, también una elegía en defensa del valor del compañerismo, el trabajo en equipo, la competitividad sana, retadora, que siempre habría de protagonizar los espacios deportivos. Si Fórmula 1 consigue impregnar alguna de estas tan poderosas como valiosas moralejas en la mentalidad del espectador más joven, habrá tenido un éxito mucho mayor que el económico.

El apartado visual es sencillamente sublime, prácticamente una obra de arte que se va forjando secuencia a secuencia (sobre todo en esa en la que la sala entera se funde en un silencio sepulcral y se abre la veda a la mejor escena, que venía edificándose a lo largo de toda la película para terminar en ese preciso final apoteósico y explosivo que inquieta hasta al espectador más tranquilo del lugar). La dirección de fotografía, por su parte, muy inteligente y adulta, es capaz de captar en todo momento la esencia de la paleta de colores del deporte más complicado y arriesgado del mundo, hecha de tonalidades blancas, negras y elegantes para los momentos donde se mueven los peones de los despachos siniestros, y azules, amarillos y los naranjas de las chispas y el cielo a punto de dorarse cuando el tiempo es para el Grand Prix; créanme cuando les digo que en ocasiones son los pequeños detalles, como éstos, los que pueden desequilibrar, tal como ha sucedido en este caso, la balanza en favor de una película.

Fórmula 1 Brad Pitt

Aunque la clave del filme es sin duda Brad Pitt (y la santa madre que le trajo al mundo). Sin él en escena, sosteniendo cada carga narrativa y sentimental de manera mastodóntica y hercúlea, como por otro lado suele ser habitual en él, Fórmula 1 se resquebrajaría a pedazos; se rompería en añicos. Es ésta una de esas películas buenas —propuesta digerible, guion maduro, narrativa coherente— que se convierten en legendarias precisamente porque el actor devora el espectáculo y lo convierte en una suerte de soliloquio o escaparate de sus virtudes personales. Y en el caso concreto de Brad Pitt, rediós, uno se acaba desgastando (pero para bien) cuando se pregunta, más aún si es hombre, como es el caso de un desgraciado servidor, por qué diablos no ha nacido con ese carisma, ese porte, ese saber estar, esa sonrisa socarrona de galán discotequero hasta las tantas y que llegue el tequila. Por qué diantres, en pocas palabras, no habré nacido yo Brad Pitt; me ahorraría muchos problemas, un par de insensatos y la vida sería mucho más sencilla. Envidia sana, creo que se llama.

Aunque huelga decir el prototipo de personaje que construye aquí, que pertenece al mismo esquema de siempre (lo cual no es en sí mismo una mala noticia): personaje chulesco, altivo, de ademanes pícaros y coquetos, galán y conquistador en las distancias cortas, que amalgama todas estas cualidades y las imprime en un personaje soberbio, magnético, que funciona como hilo conductor de la trama en sí mismo, sin necesidad de apretar o aflojar otros tornillos. A él le acompaña, por si fuera poco, un Javier Bardem sencillamente desatado, en estado salvaje, embadurnado en trajes de Gucci y con tal porte actoral que sólo podía pensar que estaba a punto de desvelar a la prensa que él era Iron Man.

Por lo demás, y pese a caer también en la jerga y en los trampantojos de lo comercial, Fórmula 1 es un disparo firme al cine sucio y rápido, de salón de juegos de medianoche, que ofrece un producto de manufactura pobre con ínfulas de sibarita con paladar exquisito; un golpe seco a esas películas que ya no conmueven o remueven el corazón, o que ni siquiera pretenden o se plantean siquiera hacerlo, sino que simplemente desean entretener con humor barato y poco más que eso —total, enseguida estará disponible en streaming y santas pascuas—, olvidándose por completo del factor social y cultural, casi generacional, inherente al oficio que practican. Entre tanto lodazal que puebla nuestros días, y que pienso más pronto que tarde terminará por obligarnos a todos al exilio en islas desiertas en busca de paz entre el bombardeo de la instantaneidad y la telaraña de los contenidos malogrados, burlescos e infantiloides, de sofá dominical, que inhabilitan el surgimiento de contenidos reposados y por los que merezca la pena pagar la entrada, alegra el hecho de saber que aún existe una resistencia con conocimiento de acción y de causa, con cierta inclinación o predisposición a hacer las cosas bien, o al menos tratar de seguir ese cuerdo camino.

Es por eso que, con el buen cine a punto de ser declarado bien en peligro de extinción, a modo de conclusión sólo me queda recordar, y permitiéndome el parafraseo, lo que Rick le dijo a Ilsa: siempre nos quedará Brad Pitt.

Puntuación: 4.5 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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