Gia Coppola realiza su tercera película como directora a través de un relato de estética independiente con el que busca retratar las penurias de haber sido una sex symbol. Para ello, cuenta con la estrella de Los Vigilantes de la playa, Pamela Anderson, a quien quiere reinventar y redefinir mostrando los últimos bailes de una showgirl.

Gia Coppola nos ofrece su tercer largometraje, después de Mainstream y Palo Alto. Se ha destacado por colaborar con grandes estrellas en sus repartos; en esta ocasión, la protagonista es Pamela Anderson. Familiar del gran director Francis Ford Coppola, la cineasta busca seguir el legado de las mujeres de su familia, como Sofia Coppola. El guion está firmado por Kate Gersten, debutante en el cine, pero con experiencia en televisión, habiendo colaborado en varias series como Ollie está perdido o The Good Place. Tras su mediático paso por festivales y un silencioso recorrido por las galas de premios llega a las salas españolas.

La película cuenta la historia de Shelly (Pamela Anderson), una showgirl que se enfrenta al fin de una época y al nacimiento de las nuevas y más jóvenes showgirls. Mientras lidia con dificultades laborales, también debe afrontar conflictos personales y familiares. Una historia que tiende a caer en elementos comunes de los relatos de superación, como la relación con su hija.

Sin embargo, el guion de Gersten encuentra pequeños destellos en los momentos dramáticos en los que vemos cómo cada uno de los personajes que rodean a la protagonista tiene que hacer frente a sus propios problemas, todos relacionados con el cierre del show en el que trabajan. Su principal problema radica en su corta duración, que impide desarrollar tramas e ideas interesantes, ya que, al final, todo gira en torno a la protagonista

Aunque, volvemos al mismo punto: la historia del personaje de Pamela Anderson está bien contada, pero deja la sensación de que falta algo, de que no terminas de conectar, ya que carece de un descenso más dramático y de una exploración más profunda de sus conflictos. Termina dejando varias ideas en el aire para centrarse más en la relación madre e hija, cuando el principal tema es la degeneración del cuerpo, la vejez y el cómo dejas de ser un sex symbol y terminas encontrándote en la nada.

Da la casualidad de que la película ha coincidido con el estreno, muy cercano, de otra cinta que aborda el mismo tema desde un enfoque diferente y que también logra reconstruir y reinventar la imagen de una actriz. Me refiero a La sustancia, una versión más irreverente y “macarra” de la historia que pretende contar Coppola. Aunque son ejercicios completamente distintos, los puntos a criticar son los mismos. De forma similar, en su momento se intentó reivindicar a un actor como Mickey Rourke con El luchador. Por eso tenemos la sensación de haber visto esto recientemente; y, si vamos aún más atrás, nos encontramos con Sunset Boulevard.

Por otro lado, la directora se está haciendo un hueco en la industria cinematográfica a través del cine independiente. Esta película sigue y debe mucho al estilo de cine independiente que actualmente goza de mayor popularidad. Retoma esa estética de los setenta a través del estilo visual y el uso de cámaras en mano y lentes angulares—estilo explotado en el cine independiente actual por el propio Sean Baker—. Todo esto, aunque peca de poco original, le da una estética muy interesante a la película y cuenta con una fotografía atractiva a cargo de Autumn Durald (Sinners, 2025).

Ya he mencionado que uno de los puntos a destacar de la historia eran las pequeñas historias de los personajes secundarios, y es que a través de ellos vemos el choque de distintas generaciones y la representación masculina de este mundo. El trabajo de las actrices es excepcional: desde Pamela Anderson; Jamie Lee Curtis, con un momento musical cargado de significado y gran presencia; Kiernan Shipka, que viene del cine de terror para dejarnos una sutil actuación con un pequeño gran momento; y Brenda Song. Junto a ellas destaca el papel de Dave Bautista, quien va tiñendo su carrera de grandes hits con pequeños papeles de cine independiente.

Al final, nos encontramos con una película breve y fácil de ver. No da tiempo de aburrirse y en ella podemos encontrar pequeños momentos a destacar; pero, por desgracia, muchas buenas ideas no terminan de desarrollarse, o, cuando lo hacen, se extienden demasiado. Por otro lado, es un gran paso en la carrera de Gia Coppola como directora, que la pone en el foco tras su colaboración con Pamela Anderson. Aunque ya había colaborado con otros grandes actores y actrices como Andrew Garfield, la importancia mediática de ver a la actriz en otro registro, después de tantos años, es destacable.

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