Alcaraz Sinner Roland Garros 2025

El tenista murciano remonta, levanta tres bolas de campeonato en un partido imposible y de leyenda, que se terminó decidiendo en el super tie break (6-4, 7-6, 4-6, 6-7, 6-7), y alcanza su segundo triunfo en París en la mejor final de la historia del torneo. Carlos Alcaraz empata con Nadal como el tenista más joven de la historia en conseguir ganar cinco torneos de Grand Slam.

No existen palabras suficientes en el diccionario de la Real Academia con las que explicar lo acontecido en la Philippe Chatrier de París —o pista Rafael Nadal, para los amigos, propios y extraños—. No, al menos, al encontrarse uno subyugado por un tenis tan elegante, tan bello, de tantos quilates, con tanta alternancia y marcado, sobre todas las cosas, por el elevado respeto mutuo, educado y silencioso que se guardan entre sí los dos nuevos titanes del tenis global: el travieso Carlos Alcaraz y el pétreo e inamovible Jannik Sinner. Y lo mejor de toda esta historia es que este no es sino el primer capítulo de la gran novela casi bélica, de mil capítulos de duración, que promete ser durante los próximos años la rivalidad entre ambos jugadores.

Cuando se llegan a las cinco horas y media de partido, el encuentro está aún en el aire, exactamente igual de igualado que en el primer parcial y a pocos instantes de decantarse en favor de uno o de otro a través del desempate místico que supone un super tie break al mejor de diez puntos con diferencia de dos —bendito deporte, éste del tenis—, está claro que la única solución justa sería partir el trofeo a la mitad por primera vez en la historia de Roland Garros y proclamar campeón de la Copa de los Mosqueteros a ambos tenistas. Pero bajo las leyes naturales de este mágico lugar —este lema de que la victoria le pertenece al más tenaz y persistente que encabeza la Pista Central parisina—, sólo uno puede llegar a ser un poco mejor que su rival. Y en esta ocasión, sin que probablemente sirva a modo de precedente si el nivel entre ambos tenistas prosigue por la misma senda, la victoria escogió a Carlos Alcaraz, por insistencia, solidez mental, fe en sí mismo y capacidad de aguante, recuperación y supervivencia.

Se acercaba el comienzo de la cita en París y Alcaraz calentaba con serenidad y concentración, con madurez, como si ya fuera capaz de prever lo que estaba a punto de suceder durante las próximas horas de la tarde; como si algo, muy dentro de su corazón, o de su cabeza —donde deberían estar resonando las enseñanzas de Rafa sobre el sudor, el barro, las lágrimas y la sangre necesarios para ganar ese torneo que ya lleva su placa y huella para la eternidad—, le indicase entonces que ese partido sólo podría hacerlo suyo a través de la penitencia del sufrimiento. Y vaya que si iba a sufrir. Tenía delante a un deportista de élite, que adquiere ese preciso apodo por su facilidad a la hora de apartar los problemas banales de la vida y fijarse, exclusivamente, en el objetivo con fijeza robótica, pétrea y quirúrgica.

Sinner comenzaba el baile con ganas de fulminarlo en tres sencillos y rápidos parciales. Y, de hecho, no anduvo lejos de lograrlo. Pese al gran inicio de un Alcaraz que salía con garra y ambición de proponer, o de controlar la batuta y los ritmos, el italiano se hizo rápidamente con la musicalidad del encuentro, llevándoselo cada vez más a su terreno cuando Alcaraz fallaba y él respondía con un tenis carente de fisuras o debilidades. Con un tenis que rozaba la perfección más bestial e impasible y que lo erigía como bastión a batir.

Así se hizo el de San Candido con los dos primeros sets: el primero, con un Alcaraz más hastiado y contrarrestado; el segundo, con algo más de resistencia por la parte murciana, que establecía un cambio de paradigma y de tendencia que aún se hacía de rogar y no se materializaba del todo en forma de manga para el español.

Fue el tercer parcial el que dinamitó el encuentro. Era Alcaraz por fin contra el mundo, contra las probabilidades y contra las estadísticas, contra el Big Data y contra el ingeniero que lo diseñó. Tal como a él le gusta estar (y cada vez más): en territorio comanche, peligroso, lleno de minas y presión que transformar en un estilo variado, idílico, cargado de giros a la ruleta para echarle una última partida, a cara de perro, al casino de la vida y el destino. Fue entonces cuando el tenista murciano se vistió con las plumas del ave fénix y resucitó de sus propias cenizas. Lo entendió todo cuando miró a la grada, encontrando ahí a su familia, suspirando y lanzando jaculatorias de ánimo al aire y a la tierra batida, temiéndose el desenlace más injusto y cruel, después de todo. Qué me hago, dijo, y qué les estoy haciendo. A ellos, a los aficionados que corean mi nombre en señal de ánimo y apoyo, a los millones de españoles que me ven desde sus casas y gastan el domingo con la esperanza de verme alzar el trofeo al cielo. Los estoy defraudando, los estoy fallando, y no estoy correspondiendo, en definitiva, a la confianza depositada sobre mis hombros. Ya me vale, ya tengo una edad como para achacarle esto a mi falta de experiencia o a mi juventud, y ya va siendo hora de despertar, coger el toro por los cuernos y darle su merecido a este que tengo aquí delante, al que he ganado casi siempre y suelo tener tomada la medida. No es, ni va a ser, al final, tan complejo como me pensaba.

Ahí Alcaraz experimentó una evolución técnica, física y mental. Le creció el pelo, ganó una cinta para éste y se consagró al aura de Nadal cuando se convenció de que era posible darle la vuelta a la tortilla, costara lo que costase y se encontrara la dificultad que se encontrase. Ni el resultado adverso de los dos sets previos, ni la lógica: nada de eso importaba ya, pues pensaba hacerle frente a cualquier adversidad, con valentía y con entrega. El tenis, al fin y al cabo, es el deporte más exigente de todos en cuanto que nada está dicho hasta el último suspiro sin importar las cuatro horas previas y supone enfrentarse a dos rivales igualmente poderosos: el que devuelve los golpes desde el otro lado de la pista y el que habita en lo más profundo de la psique de uno mismo. El partido lo decidió así Carlitos lanzando una moneda al aire; tenía que ser suyo, llevar su nombre y su sello. Como si en un arrebato de furia se dejara la vida ahí mismo: iba a morir como campeón de cinco grandes.

Aprovechó la buena dinámica del segundo set, a pesar del resultado obtenido, para llevarse el tercero. El cuarto le llegó con tres bolas de campeonato en contra, y solventó el apuro, levantándolas como en un simple entrenamiento, atenazando con cierta picardía a su rival. ¿Lo ves, Jannik? Te ha vuelto a pasar lo mismo. Martilleas a toda la ATP en su conjunto, pero es verme a mí y un par de dejadas como éstas y tu frialdad se transforma en tembleques en las piernas y sequedad en el paladar. En miedo, querido amigo, que huelo y con el que sintiéndolo mucho voy a dejarte en la estacada. Me dejas dos milímetros y soy capaz de volver de entre los muertos y de rodearte como lo haría una cuerda con muy malas intenciones.

El quinto set tenía su nombre antes de empezar, por poderío, seguridad en sí mismo, despliegue de efectos en la pista, variedad de juego y sensaciones proyectadas sobre el suelo de color terracota. Una tempranera rotura de servicio permitía soñar al español con consagrar una remontada histórica —estaba siendo ya la final más larga de la historia de Roland Garros y, sin duda, una de las mejores en cuanto a igualdad y nivel entre ambos aspirantes al título— que le permitiera revalidar corona. Alcaraz se relamía en ensoñaciones, sacaba para ganar en París por segundo año consecutivo y fue ahí cuando Sinner reventó el ataúd y el epitafio. Colocó el 6-5 a su favor en un abrir y cerrar de ojos y con un tenis perfecto, ese que llevaba casi dos sets desaparecido, y a Alcaraz no le quedó más remedio que seguir remando en busca de un super tie break en que jugarse la gloria a un nuevo todo o nada. La final, por otro lado, no se merecía un final menos apoteósico y estratosférico que ese.

Alcaraz no decepcionó y llevó la final al desempate definitivo. Miró al cielo, a la tierra, a la grada, como siendo consciente, de nuevo, de los motivos que impulsaban su lucha: familia, patria, pasión, infancia, amigos, aficionados. Rezó un padrenuestro, se apostó el alma con el diablo y solidificó un juego preciso, de línea a línea, variado, atrevido y para nada temeroso, tal como el del italiano al principio del encuentro. ¿Qué tal me veo ahora, Jannik, y qué tal sienta darte un poco de tu propia medicina?

La última bala impactó en el lugar correcto y Carlos se tiró al suelo, embadurnándose la espalda de barro y recordando a un viejo amigo, ya en el exilio. Después, fruto de la locura que suponía haber vencido a los pronósticos y a su propio cansancio, cambió al ropaje más elegante de que disponía en ese momento, secó su sudor y sus lágrimas con una toalla bañada en agua limpia y cogió el micrófono, decidido a emular una de sus escenas favoritas en la historia del cine:

—Mi nombre es Carlos Alcaraz Garfia, comandante de los ejércitos de Murcia, general de las legiones de Roland Garros, leal servidor del verdadero emperador, Rafael Nadal Parera. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada. Y seguiré alcanzando mi venganza, como hasta ahora, en esta vida o en la otra. Pero me temo, queridos amigos, que les va a tocar aguantarme un poco más en la primera.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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