El principal efecto secundario de viajar a Milán, creo yo, desde mi para nada humilde opinión, es empezar a ver la vida tal y como la observan ellos: con la misma guasa, mismos ademanes, misma calma en la rutina, misma forma de entender la muerte (como una continuación de la vida, en forma de jaculatoria), misma elegante (y para nada barata) forma de vestir. Ansiar que todos los retales de que se componen las sociedades, en definitiva, empiecen a parecerse un poco más a Lombardía. Que el fútbol, por ejemplo, se viva de tal modo que se asemeje en un ínfimo porcentaje al derbi Internazionale-Associazione Calcio, pique camicace entre hermanos separados al nacer, presente en cada esquina de la ciudad y probablemente en cada tiroteo familiar que deben ser las Nocheviejas del norte itálico; o que la elegancia deje por fin de considerarse, absurdamente, un camino hecho de varias direcciones, pues goza de un solo sentido en cuanto que lo demás no es sino una forma insulsa de expresión personal, particular, propia de cada quien, pero jamás de los jamases habría de ser llamada moda, ni tan siquiera apodarlo como estilo, que son palabras mayores; o que la belleza tiene de subjetivo lo que Italia de país para todos.
Milán es (o siempre lo ha sido, dicen las novelas) ciudad para quien quiera entenderla. Por aquí pasa mucha gente —en el ejercicio periodístico que es observar, ojo avizor, echo parte de la tarde—. En tan sólo cinco o diez minutos trotan muy distintas nacionalidades, edades, grupos de personas y, lo que más llama mi atención en particular, distintos objetivos últimos que motivan el viaje. Los hay que vienen a gastar: tarjeta de crédito ilimitada y sólo Dios sabe en realidad cuántos miles de euros hay en cada bolsa de Louis Vuitton, Chanel o Yves Saint Laurent. Luego están quienes todo lo graban, y lo peor de esto es que se están especializando, desarrollando diferentes ramificaciones internas, para más inri: cámaras profesionales para los vlogs de YouTube, iPhone 16 Pro Max para TikTok y Reels, micrófono —sí, no es una broma— para los que graban audio, cualesquiera que sean los fines.
Aunque yo detesto sobre todas las cosas a los despistados, a los que viajan por viajar, porque mola, porque está de moda y porque es instagrameable dentro de algo que (creo) se ha terminado llamando feed, el cual hay que tenerlo pulcro, cuidado, y es indispensable para poder obtener el carné de persona civilizada, y no el de un homo erectus cualquiera, escapado de otra época. Pero no me malinterpreten, que les huelo a kilómetros: soy el primero que cuelga mil fotitos en redes sociales, no tanto para posturear (que también, Dios me libre de no aprovechar la ocasión para añadir una nueva sección a mis historias destacadas) sino para enseñarle a mis poco más de trescientos humildes seguidores cómo veo yo la ciudad donde me encuentro: qué jugo le he sacado, que no tiene por qué ser el mismo que obtenga otro viajero escogido al azar.
Cuanto quiero decir es que, entre todos los motivos últimos por los que se viaja —clima, gastronomía, historia, tradiciones, herencia cultural y familiar, pasar las tardes, Instagram…— yo elijo hacerlo por algo que he terminado apodando como contrato para con la cultura. Viajar no es desplazarse a otro sitio, echar los días y ya está, quedándose uno tan pancho, como nuevo, satisfecho y renovado, listo para nuevos zafarranchos de combate de la rutina. No, no. Consiste, más bien, en abrir bien los ojos y darse cuenta de cuánto puede enseñarnos todavía este arte de conocer otros mundos, otras realidades distintas a la nuestra. Pasear como ejercicio de mancuerna mental, que son tan o más importantes que las que menea uno en el gimnasio para fortalecerse el pectoral. Por qué esta Iglesia va aquí, y no en otro lado; por qué tal alcalde aleatorio de hace tres siglos decidió que este color en concreto iba a sacarle jugo a tal vía, que es como se llama en Italia a las avenidas o calles más principales, largas y transitadas. Pasa por ir desgastando el suelo del zapato, agotando la energía de las piernas, para comprender, en pocas palabras, de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos, que es la única aguja con que enhebro yo mi vida.
Nada está colocado al azar, en esta historia. Todo tiene un significado, y su significante en consecuencia. Y en Milán, en concreto, a pesar de que la Galería Victor Manuel II también haga de las suyas, es el Duomo quien en realidad actúa como pulmón, corazón y nexo de unión entre la ciudad y su gente. Si hay algo que me gusta de su estilo gótico es su especialización en el extremo detalle, al igual que ocurre con sus hermanas de etapa arquitectónica; aunque sobre todo idolatro la forma en que éste se refleja, o se impregna, a modo de paralelismo, en cada ciudadano que pasea por sus calles. Cada quien con su complejidad, su arco narrativo, sus puntos flacos y fuertes, su historia que contar; pero todos coincidiendo, en el espacio y en el tiempo. Eso, y no otra cosa, cantaría algún que otro poeta que yo me sé, es lo que diferencia a los pueblos que se respetan a sí mismos de los que no lo hacen en absoluto. O de los que ni siquiera se han planteado hacerlo alguna vez. Pero, vamos. Creo que en Italia aún están lejos de tal hecatombe cultural, social y patrimonial. A Dios (o sea, aquí Víctor Manuel II) gracias.