Ibiza

Siempre que dices que vas a Ibiza, alguien pone cara rara. «¿A Ibiza? ¿Y eso?» Como si la isla fuera solo eso: música hasta las seis de la mañana, turistas en albornoz por el puerto y colas imposibles a la puerta de los clubs. Y en parte lo es, claro. Pero en abril, cuando la temporada alta todavía no ha arrancado, Ibiza es otra cosa.

Los buses pasan menos, sí. Pero a cambio tienes la isla casi para ti. Menos calor, menos gente, y la sensación de que puedes pararte a mirar sin que nadie te empuje. Vale la pena.

San Antoni

San Antoni de Portmany es la zona más turística. El club náutico merece un paseo tranquilo, pero lo que de verdad no puede perderse nadie que pase por aquí es la puesta de sol en Caló des Moro. Es de esas cosas que te quedas mirando sin querer sacar el móvil. Bueno, al final lo sacas. Pero no es lo mismo. 

La playa de Cala Gració está cerca y es una maravilla. Tranquila, con el agua de ese azul que parece de mentira.

Para desayunar, sin dudarlo: Bizcake. Una pastelería artesana donde hacen cachitos y roles de canela que justifican los madrugones. Por las tardes, granizados en Milú. Y si toca cenar con ganas, la Tapería Dónde Paco. Me alojé en el Hostal Boutique Cana Rita y lo recomendaría sin pensarlo dos veces. Todo muy cuidado y limpio y la gente de una amabilidad que ya quisiera ver en sitios que cobran el triple.

Ibiza

El casco antiguo de Ibiza ciudad es de esos sitios que conviene recorrer a pie y sin mapa. Las calles suben, bajan, se tuercen, y de repente llegas a un mirador con vistas al puerto. La Catedral de Santa María, los museos, las paredes blancas. 

Un descubrimiento que no esperaba: las empanadas argentinas de Gauchito’s. Están buenísimas.

Santa Eulària

Santa Eulària des Riu tiene playa, tiene ayuntamiento bonito… Pero lo mejor es la leyenda que guarda. Dicen que en Ibiza existen unos seres pequeños, feos y delgaduchos llamados los fameliars. Trabajan rápido y bien, pero te exigen todo el tiempo comida o trabajo. Y como no les des una de las dos cosas, te dejan la despensa vacía en un momento.

Para atrapar uno hay que ir la Noche de San Juan al puente viejo del río, a medianoche, cuando aparece una flor brillante que tienes que meter en una botella. Después ya aparece él solo, reclamando. Más te vale tenerle algo preparado. En la plaza del ayuntamiento hay esculturas de estos bichos. A mí me parecieron encantadoras. 

Sant Joan

En Sant Joan de Labritja hay un mercadillo artesanal que merece el viaje al norte de la isla. Ambiente festivo, música en directo, artesanos de verdad. El tipo de sitio donde acabas comprando algo que no necesitas pero que te alegra haber comprado.

En tres o cuatro días se ve mucho de Ibiza. No todo, claro. Pero sí lo suficiente para entender que la isla tiene más capas de las que aparece en las fotos de Instagram. La gente es amable, el paisaje es brutal y hay algo en el ritmo de la temporada baja que te obliga a ir más despacio. Que al final es de lo que trata viajar, ¿no?

Por María Peinado Lafuente

Periodista. Puedes leerme también a través de mis redes sociales. Instagram y Twitter: maria_peinado22

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