Nueva York

Con todos mis amigos me he confesado ya. Por fin me he envalentonado, y les he hablado de usted y de su existencia: de su belleza, su sentido del humor, su arquitectura, sus cielos bañados en oro y plata, su mirada cosmopolita; de todo, en definitiva, lo que la hace sencillamente única y perfecta.

Querida mujer que nunca duerme:

¿Me recuerda? Soy aquel chico que vestía de blanco en el aeropuerto, perdido como antes de mí lo estuvieron otros tantos privilegiados que abogaron por dejarlo todo atrás a cambio de desayunar con diamantes frente al Tiffany’s de su Quinta Avenida: «Moon… River», tarareaba yo. ¿Recapitula? Tenía ansias de vagar por sus calles, afán por probar (y, no se ofenda, engordar un poco con) su comida y también hambre de sentirme neoyorquino casi nativo por siete días; tan sólo siete dado que, por el momento, la vida no se concatena de tal modo que me dé motivos suficientes como para irme a vivir de forma definitiva con usted. Aunque soy un soñador nato, y estoy seguro de que lo nuestro pronto será perenne, duradero, interminable, una historia de amor de novela, película, óleo sobre lienzo para los anales de la historia y los siglos.

No sé si se acuerda de mí, y eso me produce un punzante dolor de pecho (cerca de donde ha de estar el corazón) porque no sé si todo esto es correspondido, pero me es grato anunciarle que muy pronto volveremos a vernos. Aunque aún carezco de una fecha precisa, en mí, se lo aseguro, habita la voluntad de encontrarnos otra vez. Antes siquiera de saber que íbamos a tener una segunda cita, por ejemplo, cuento por miles las misivas que arrugué y terminaron en la papelera, posteriormente en el centro de reciclaje y luego… bueno. Sólo Dios sabe dónde llegaron luego. Nunca he sabido qué escribirle exactamente, ni tampoco he descifrado el cómo, puesto que no hay nada en este mundo que pudiera yo descubrirle, si lo sabe todo ya.

Tengo todavía presente aquel primer día en que usted se abrió en canal y en lo alto del Empire State me contó todos sus secretos al oído. Con ese característico viento gélido suyo entendí que es usted una mujer dura, hecha a sí misma, que se viste por los pies y que no está predispuesta a hacer lo propio con cualquiera. A la jornada siguiente, si hace memoria, me mostró sus contrastes: Brooklyn, Manhattan, tan juntas y a la vez tan distintas. También me presentó a alguna que otra amiga: Libertad, Wall Street (aprovecho para desearle una pronta recuperación, pues a mis oídos ha llegado algo de un bajón emocional), World Trade Center, las cicatrices de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001 que aún guarda a buen recaudo para que la memoria de sus víctimas no caiga nunca en el olvido, las pequeñas Italia, China, España.

Al tercer día fue usted generosa y decidió apartarme del bullicio, los cláxones, el rumor del resto de sus pretendientes, y me confió una arista más personal, íntima, suya. Me dijo que se llamaba Parque Central. Era tranquilo, poco transitado a esas alturas de la mañana salvo por algunos runners (gente que corre pero en el lenguaje tan efectivo y pulcro de ahora); bello por razones obvias, al igual que todo en usted, como un lugar donde la paz podía abrirse paso entre la tormenta. Fue quizá lo imprevisible lo que más me gustó de su personalidad.

Con todos mis amigos me he confesado ya. Por fin me he envalentonado, y les he hablado de usted y de su existencia: de su belleza, su sentido del humor, su arquitectura, sus cielos bañados en oro y plata, su mirada cosmopolita; de todo, en definitiva, lo que la hace sencillamente única y perfecta. Están hartos de mí, y de que a cada rato que pase les diga: «cuando Nueva York y yo tengamos una segunda cita, haremos esto, lo otro, lo del más allá».

Mi vida desde entonces ha sido un completo disparate (aunque tampoco sea novedad). Ha estado repleta de aquello que los griegos detestaban, la incertidumbre, y sobre la que yo me muevo como si fuera mar u océano conocido. Aunque he hecho honores a Lampedusa: lo he cambiado todo para que todo siga igual.

¿Sabe? A veces reflexiono y pienso que lo nuestro quizá sea de nuevo una primera cita. Ha pasado el tiempo, quizá usted haya cambiado también… Aunque luego lo pienso fríamente y sé bien que no importa: primera, segunda… ¡Qué más dará eso, si ahora sé que vamos a volver a vernos!

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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