Turín

Turín es una ciudad elegante, con vistas a los Alpes, tranquila, arbolada, rica gracias a su aristocracia de procedencia industrial, bien pulida desde el punto de vista arquitectónico, estilístico y urbanístico. Casi, más que por el norte itálico, pareciera ir uno paseando por el corazón y las arterias de aquella Alemania que aún brillaba como faro de la Europa que nos quitaron, sustituyéndola por otra que no representa a nadie en realidad —ya saben que es del todo cierta la afirmación de que vivimos sobre los vestigios de civilizaciones pasadas, infinitamente superiores a la nuestra, que ahora directamente nos negamos a comprender—. 

Italia tiene estas cosas, estos contrastes de pintor atrevido con la brocha: mientras que el sur es su sello de identidad, su manera promedio de ser, sentir y comprender la vida, se vertebra en Nápoles y prosigue por la calidez y la historia de todos los siglos albergada en Roma, las ciudades norteñas obedecen a otra serie de reglas, a un instinto natural diferente, mucho más práctico, con puntualidad y precisión de relojería suiza: más vale, en algunos casos contados, y sin que la regla pueda aplicarse siempre, o a cualquier ámbito, quedarse corto que pasarse de la raya; ser discreto, silencioso, como un depredador acechando a su presa, que llamar en exceso la atención y quedar luego expuesto y en completo ridículo para los anales de los cuentos populares, esos que iban pasando de generación en generación.

Pienso en tales cuestiones casi filosóficas desde el mirador de il Monte dei Cappucini, que ofrece una de las mejores vistas de la ciudad baja (salvo por la Mole Antonelliana), milimetrada y blanca que es Turín, la bella desconocida de Italia pero que a un servidor ha encandilado más que la propia Milán (y ya es decir mucho, o hablar haciendo uso de palabras mayores). Pero el caso es que se lo merece. No es tan turística, es incluso más bella, también más transitable, se disfruta mucho más y la gente es estúpida y ni por asomo piensa en incluirla en su itinerario de viaje, cuando se plantean pasar cerca de Lombardía o Piamonte. Aunque en tal selecto grupo de necios, por ahí, en alguna parte, debería estar yo también presente. No habría pasado por aquí, jamás en mi vida, de no ser por el toque de atención de Rodrigo, amigo y futuro compañero de profesión y de trinchera: «salte ya de Milán, que ya la has visto, por primera y más que probable última vez, y vienes a ver esto conmigo, a ver qué te parece, o si acaso te deja sin palabras, artista». Tenía mucha, mucha razón. Y vaya que si consiguió encandilarme.

Hay ciudades que se entienden por sí solas, ciudades que dejan huella y siempre apetecería revisitar una vez más, ciudades bellas, ciudades apacibles, ciudades que en cuestión de una hora invitan a uno a dejar todo atrás y mudarse, a pararse seriamente en las agencias inmobiliarias en busca de precios, pisos con tres habitaciones, dos baños y terraza o balcones a la calle. Pero ninguna aúna todas esas virtudes o las articula en torno a un par de calles como es capaz de hacer Turín, que es todo eso o incluso más, dependiendo del día y de cómo se levante el sol. Y ahora siento que voy a ser injusto, o al menos no imparcial, con todas las demás por el simple hecho de no ser ella, o por ni siquiera parecerse en un ínfimo porcentaje. En el corazón fiel de un hombre, pasen los años que pasen, seguirá habiendo siempre un hueco especial, un lugar recóndito y frío pero vivo al mismo tiempo, para ese primer amor de verano hecho de olor a nácar, a perfume caro, a flores tropicales, húmedo de sol, arena y salitre. Y para mí ese amor será, de ahora en adelante, por siempre Torino. Fino alla fine.  

Y para más inri, fíjense ustedes, el café sabe verdaderamente a café por estos lares, la cocina italiana es difícilmente superable, la música no es un insulto al pasado o a la inteligencia emocional y artística de quien la escucha, los transeúntes son educados… ¿Que más podría pedirse? Ya no es que la capital de una Europa que se preciara hubiera de ser Roma; es que estaría dispuesto a peregrinar con las propias instituciones a cuestas si decidieran trasladarla aquí mismo, sin necesidad de ir más lejos o ejercitar de más el tejido cerebral.

El fútbol permea también de modo especial en Turín —ninguna sociedad o lugar en el planeta, al fin y al cabo, está libre de verse representado por la estética de un campo, una bandera, un escudo, los colores que carga todo un pueblo, a menudo a medias entre la penitencia y el orgullo inherente a su significado y a su origen—. Y los colores de esta ciudad no pueden ser otros que el blanco y el negro, sintiéndolo enormemente por el Torino. No caen mal a nadie, pero la ciudad les viene ciertamente grande. En el otro lado jugó hace no mucho una joya argentina apellidada Dybala, y contra eso, como poco, es difícil competir, cuando no imposible. Ahora la Juventus busca buque insignia, nuevo ídolo para amar con locura evidente, que cuando menos esté mínimamente a la altura de la ciudad que le contrata y da de comer.

Regreso con un amargo sabor de boca. Hay despedidas que no duelen en absoluto, por esperadas, necesarias y liberadoras, y otras, más crudas, que duelen para toda una vida, como una herida que no termina de cicatrizar jamás o una astilla que se hiciera inviable de extraer. Voy dejando la ciudad a mi espalda cuando una ligera y leve lágrima recorre una de mis mejillas, fría como los lagos congelados de los meses más intensos del invierno. Conecto los auriculares y reproduzco la única canción que ansiaba escuchar en ese momento. Juve, storia di un grande amore, bianco che abbraccia il nero, coro che si alza davvero per te. Ahí fue cuando lo comprendí: creo que de manera irremediable mi corazón, como el de tantos y tantos otros, se ha teñido también de blanquinegro.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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