Un gol de Abde en la prórroga clasifica al Real Betis Balompié a la final de la Conference League, que enfrentará al conjunto de Pellegrini con el Chelsea en el Stadion Wrocław de la ciudad polaca de Breslavia.
Este fútbol es precisamente el que nos robaron: sucio, alocado, con aficiones desconocidas pero enfrentadas a la vez, bengalas humeantes, estadios pequeños con el público a punto de saltar al terreno de juego, polémica, amarillas, desgaste físico y hasta un punto de violencia comedida. Ya saben, es éste un deporte de contacto, hecho de entradas, faltas, piernas rotas… Y la Conference League, quizá incluso varios tonos por encima de la clase de fútbol que se practica en los recodos más siniestros y oscuros de la Liga Europa, ha logrado rescatar ese fútbol casi bélico: sólo una estrella (o como mucho un par) por cada equipo y un capitán provocador que termina haciendo el inevitable ridículo cuando a su equipo lo llevan al cadalso.
Este último papel casi humorístico recayó sobre la gigantesca responsabilidad de Raineri, un personaje de novela de quiosco cuya lengua, muy suelta y desenfadada, prácticamente inocente, con vida propia, se encaró con Antony creyendo que la diosa de la victoria no andaba mirando. Se equivocó, tristemente, como tantos y tantos otros, al osar celebrar los parciales del deporte rey antes de tiempo. El champán, siempre después del pitido final del colegiado, y preferiblemente descorchado unos segundos después, por si las moscas. En estos casos siempre es mejor prevenir que poner la tirita sobre la herida, y Raineri hubo de aprender la lección a base de fuerza bruta.
El Betis, que anduvo en el cómputo global del encuentro más centrado en construir un fútbol digno y atractivo que en las riñas de patio de colegio, metía tierra de por medio a los treinta minutos con un golazo de falta de Antony, la nueva sensación de Heliópolis, que fue completamente imparable para de Gea. La obtención de tan jugosa posibilidad a balón parado corrió a cargo de Lo Celso, que aguantó la pelota para forzar la falta donde duele concederlas. Era el 1-3 momentáneo para el conjunto sevillano, que se veía más cerca que nunca de Polonia.

Pero decíamos antes que el fútbol castiga siempre a los que más pecan de exceso de confianza, y el Betis no fue excepción a la norma. Gosens anotaba el 2-1, su doblete particular, aprovechando la superioridad de la escuadra italiana en el ejercicio del balón parado, y también la inferioridad que padece el equipo de Pellegrini a la hora de defender esta clase de acciones durante la presente temporada.
Pitaba el árbitro el final de la primera mitad y la balanza de la eliminatoria no elegía aún candidato. Empate, túnel de vestuarios y cuarenta y cinco minutos que separaban a ambos combinados de la gloria europea o, en su defecto, del ridículo implícito (no, Raineri, nadie se ha olvidado aún de ti, estate tranquilo).
La segunda parte la explica la regla de la cuerda no tensada. Es decir, once futbolistas a cada lado del verde que se niegan a tirar del carro, o a apurar en exceso, por si el error es el suyo y no pueden vivir el resto de sus días bajo esa losa; por si el error resulta ser el mortal, o sea, el causante de la eliminación definitiva de tu equipo. Ataca tú, que a mí me da algo. No, tú, tú, que a mí me da lo que viene a ser vergüenza. Nada, nada, toda tuya, la creación de juego en mediocampo. Está bien, pero yo no te ataco fuerte si tú a mí tampoco. Creo que tenemos un acuerdo.
En ésas va el árbitro y entre el festín de amarillas y la marea morada que hacía retumbar Florencia concede al aficionado neutral treinta minutos más, quizá no de un juego excelso o exquisito, pero sí, sin duda, dos parciales más de ese fútbol agrio de antaño, que se halla aún en paradero desconocido desde que a este deporte lo mueven en exclusiva los palcos, el problema crematístico, los titánicos acuerdos comerciales, el glamour impostado, la cobardía, la falta de valores, o de nobleza, los goles que terminan por decidirse en el argot de las nuevas tecnologías. Betis y Fiorentina se dieron la mano en este asunto y resucitaron los barrizales, las peleas, los pisotones en el tobillo cuando es el único remedio para parar una contra de tres para uno.
En la prórroga el Betis calmó su juego y eso determinó la balanza. El fútbol, y más aún a estas alturas de la temporada, suele decidirse siempre por pequeños detalles en los partidos más igualados. Quién mantiene un poco más de posesión por aquí, quién acumula más córneres por allá. Aunque en el caso del Betis fue algo mucho más psicológico, de carácter emocional, prácticamente gutural: creerse, en definitiva, que era posible. Entender que Isco tenía dos segundos más a su disposición para maquinar la jugada, que no sólo era la banda de Antony la que podía hincar los colmillos en la muralla italiana, sino también la de Abde, o que tenían mucho fútbol almacenado en esas botas, y que por miedo, reticencias, viejos fantasmas o sencilla precaución decidieron dejarlo encerrado hasta nuevo aviso; y el aviso era ya, ahora, en aquel instante, o el barco, de lo contrario, iba a zarpar sin ellos.
Fue todo ese trabajo de pizarra lo que permitió a Isco dejarle un caramelo a Abde en el área de David de Gea para sentenciar el asunto. Lo que terminó por partir en dos al equipo violeta, y por concederle al Betis el billete a la primera final europea de su historia. Adrián le decía adiós a Raineri con la mano —cuán mal has de estar para que sea el portero suplente quien se termine por reír de ti, a pocos centímetros de tu cara— y Antony se arrodillaba, como uno más, llevándose las manos a la cara para que nadie notase que en ese momento, permanezca o no la temporada próxima en el conjunto verdiblanco, lo estaba entendiendo todo, y que el Betis estaba a punto de formar, para siempre, parte de su ADN, de su corazón y de su historia vital. Qué bonito, y qué justo, al mismo tiempo, sin que una cosa imposibilite el disfrute de la otra, puede ser a veces el dichoso y rematado fútbol.