Este equipo no aspira a nada, conviene darse cuenta de ello. Son precisamente las realidades aceptadas las que duelen menos

Viajamos a Madrid con anestesia bilbaína incluida; sin reponernos aún del desastre copero que fue el Athletic-Malta del pasado jueves. Suspiro: ahora entiendo que nunca hubimos de creer en las cartas de la gitana. Pero no sólo de naufragios vive el hombre. Hoy toca enfrentarse al Betis, rival amigo y hermano.

El trayecto lo hacemos por carretera. En el altavoz suena a todo volumen Joaquín Sabina, tradición atlética de autovía, y el paraje nevado en que se había convertido la provincia de Segovia recuerda tanto a Invernalia que soy capaz de vislumbrar a Jon Snow por entre un par de árboles copados de un blanquecino bellísimo. Esto del jueves, me digo, ha debido afectarme demasiado.

Tardamos en aparcar el trineo porque una horda de béticos había invadido San Blas-Canillejas y andaba haciéndole el mes a la restauración del barrio (y a las macroempresas de birra). Andamos un trecho hasta lo que parecía ser el Nuevo Benito Villamarín. Hay tanto aficionado verdiblanco aquí que decido comprobar el mapa en pro de cerciorarme de que el nevazo no nos había dejado en Sevilla, por algún casual. La app, para mi tranquilidad, marca al instante la capital.

Vislumbramos a lo lejos el Cívitas, antiguo Wanda y Estadio Metropolitano para los amigos, propios y extraños. La explanada dibuja un entorno urbanita y snob en que se están construyendo unas oficinas desde hace ya varios años y que aún están sin acabar. El estadio en sus aledaños ya está perfectamente equipado: atracciones de los patrocinadores para que los niños puedan chutar a la escuadra, restauración, entrada a la tienda oficial y el museo del club y hasta food trucks con perritos, hamburguesas, pizza y unos deliciosos bocadillos de calamares. Aun así, lo pantagruélico de la novedad no me lo quitará de la cabeza: añoro al instante el río Manzanares y las vistas a la M-30.

Pagamos una pequeña parte del salario de Griezmann en la tienda y nos aventuramos a entrar al estadio aún temprano. Calientan los jugadores de ambos equipos, la inteligente megafonía del estadio pincha a Leiva con Sabina y la afición desplazada canta el himno de su equipo con la euforia del que viaja por y para sus colores, su ciudad y lo suyo. Indica luego Soto Grado el inicio del encuentro: fue ésta una de las pocas ocasiones en que pitó carente de polémica y también libre de reclamos de la grada.

El primer tiempo se desarrolla con una normalidad pasmosa. Al menos durante sus primeros compases. El Atleti comienza mordiendo con urgencia en un par de acciones en las que Lino desbordó la banda con la lisérgica compañía de Mario Hermoso -en persona se nota más su faceta ofensiva y valiente al adelantarse en fase de ataque- para regusto del rojiblanco promedio. Entre Rui Silva y Bellerín definen mejor de lo que lo haría el propio Morata y el Atleti se adelanta en el luminoso casi por casualidad.

Al cabo ve el linier un fuera de juego inexistente cuando el portero portugués derrumba a Álvaro con cierta violencia, así que César se ve obligado a pitar penalti a favor del Atleti y al amparo cómplice de Jaime Latre desde el VAR. Bajo entonces al cristal a grabar agachado el gol de Morata y Rui Silva decide que es el momento idóneo para detener un penalti por primera vez desde que empezara a jugar al fútbol en un barrio residencial de Portugal. El vídeo del gafe queda por ende reducido a cenizas, a pólvora mojada, a la nada.

Se resarce Morata del fallo en el penal anotando un gol de cabeza tras un rebote que le deja el esférico a la milimétrica distancia exacta que es empujarla para materializar el 2-0. A estas alturas del partido el Atleti iba ganando por algo similar a un milagro, porque el resultado se sabía bastante engañoso: los chicos del Cholo habían marcado dos tantos acaso por la fortuna o el destino (para que uno viera a Álvaro anotar) y no precisamente porque el Atleti estuviera jugando como las estrellas.

Ello lo prueba la segunda parte, en la que el Betis trituró al Atleti y la cosa pudo haber terminado notablemente peor. El equipo de Sevilla estuvo acertado en los cambios durante el descanso -William y Guido revolucionaron el encuentro- y los de Pellegrini encerraron al Atleti prácticamente durante los cuarenta y cinco minutos que al encuentro le restaban. Carvalho fue el brazo ejecutor del único gol verdiblanco: lanzó un tiro impecable (e imparable) que se coló por la escuadra izquierda de Oblak.

Dios (acaso Neptuno) quiere que el Atleti no pierda el partido y el muro celestial de Jan salva entonces al Cholo en incontables ocasiones. Partido a partido siempre ocurre lo mismo: lo acaba decantando todo el esloveno; o sea, el Atleti es incapaz de defender y necesita a Jan en la ventanilla de los milagros, que diría Miguel Ángel Román.

Pita César y salimos del campo con un sabor amargo: ha ganado el Atleti, pero este once (doce por la grada) no convence; ni siquiera se convencen del todo ellos mismos. Si en este club no cambian muchas cosas en poco tiempo, la realidad inevitable es que los colchoneros habrán tirado la temporada entre San Mamés y la matanza milanesa que podría avecinarse. ¿Aroma a remontada? Decían lo mismo de lo de Bilbao y ahora hay quien prefiere evitar futuras visitas al País Vasco.

Este equipo no aspira a nada, conviene darse cuenta de ello. Son precisamente las realidades aceptadas las que duelen menos. Necesita garra pero sobre todo creérselo. Tiene plantilla, una correcta situación económica sin apalancar y una afición fiel llueva o nieve. Un Atleti sin complejos sería capaz de levantarle más ligas a la Castellana, incluso quizá de ganar su primera orejona. Pero el Atleti aún no confía en eso de que es ya un club de primera clase, más cuando es evidente que ya le puede disputar eliminatorias cara a cara a los gigantes de Europa; si no, pregúntenle a Guardiola por aquel día en que estuvo a punto de pinchar aquí, en Madrid.

Emprendemos el viaje de vuelta con la policía local hilvanando por adelantado el circuito de Fórmula 1 para la capital. Madrid es criogénica a estas horas y los viajes nocturnos son los peores. De la Sierra bajan miles de madrileños con mucha prisa y flaqueza fruto de todo un arduo domingo de esquí y snowboard.

Antes de visitar a Morfeo sigo reflexionando sobre lo ocurrido en el coliseo rojiblanco. Y no se me ocurre forma mejor de definirlo que recordando la quijotesca ruta de Azorín en cóctel con la larga visita a Francia que apadrina Jorge Bustos en Asombro y desencanto. ¿Será que el tiempo, como al autor, también ha mentido ferozmente al Atlético?

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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