La saga apuesta por un film más intimista sin escatimar en el espectáculo
¿Qué convierte un éxito tan descomunal, una mega franquicia como el universo Marvel? Si los espectadores quieren volver a ella una y otra vez no es por el humor típico de sus películas o las secuencias de acción. Muchas veces no les importa siquiera el tipo de historia, siempre que sea una de calidad. La clave son los personajes, con los que te encariñas y a los que quieres acompañar en sus aventuras. Y gracias a su comprensión de algo tan sencillo como fundamental, Thunderbolts* es un éxito.
La trigésima sexta película del Marvel Cinematic Universe reúne a un variado elenco de personajes secundarios, que va desde auténticas estrellas como la Yelena de Florence Pugh; a rostros de los que muchos ya se habían olvidado, como el de Fantasma (Hannah John-Kamen). A todos ellos les echan a los leones en una película donde les vemos crecer, individualmente y como equipo, con una dinámica única y envidiable. Las comparaciones con Escuadrón Suicida son erróneas, pues poco o nada tienen que ver ambas cintas, y además, Thunderbolts* cuida mucho más a sus personajes. Todos tienen el desarrollo que merecen, hasta el Guardián Rojo de David Harbour, en quien recae el clásico rol de alivio cómico, como ya sucedía en Viuda Negra.

La inteligencia emocional de la película sorprende, pues en Marvel no es algo que suela colocarse como centro, salvo en el caso del que, no por casualidad, es de sus mejores proyectos (sino el mejor): Bruja Escarlata y Visión. Con un guion tan potente entre manos, este variopinto grupo de antihéroes consigue colocarse a la altura de los héroes más convencionales. Destacan sobre todo los arcos de John Walker y Yelena Belova, personajes con un pasado complejo con el que cargan en su día a día.
Personajes antiguos que enamoran como nunca, pero también personajes nuevos. Poco se puede hablar —sin entrar en territorio de spoilers— de Bob, así que solo diremos que Lewis Pullman le interpreta magistralmente en toda su vulnerabilidad y poder. Ningún otro Thunderbolt puede rivalizar con su aura.
La narrativa de «Marvel ha vuelto» es ridícula —quedándose cortos—, ya que se saca a relucir cada dos proyectos de los 3 o 4 que se estrenan cada año. Por no hablar de que algunos de los mejores proyectos de toda la saga se han estrenado sin ir más lejos hace unos meses —te estoy mirando a ti, Agatha quien si no—. Es innegable que en sus fases IV y V ha habido luces y sombras, y sin ir más lejos, hace unos meses, Capitán América Brave New World lo ejemplificaba con una historia sólida, pero que hacía aguas, personajes memorables al lado de otros paupérrimos y un estilo visual cuestionable en algunos tramos. Por cierto, Thunderbolts* no es que esté más cuidada, es que es de las películas de Marvel que mejor luce en cuanto a fotografía, efectos visuales y secuencias de acción.
Sin embargo, lo que sí que se puede decir que ha vuelto es la magia de Marvel como una narrativa gigante interconectada. Es normal que haya tardado en ocurrir: había que experimentar y encontrar el terreno adecuado. La única nota discordante es que justo ahora llegue ese macroevento en torno al Doctor Muerte, cuando estaría muy bien ver por ejemplo una Thunderbolts* 2 antes. Ojalá los Russo hayan sido honestos y vaya a ser un evento para empezar una nueva etapa en lugar de cerrarla, aunque es posible que vengan cambios radicales que no tienen por qué sentar bien.
No hace falta estar regresando a películas forzosamente convertidas en eventos para entregar trabajos memorables, y Thunderbolts* es la enésima prueba de ello: es una película que apuesta por un tono diferente y más íntimo que gracias a su (merecido) éxito entre crítica y audiencia se está ganando un cierto estatus de evento. Porque cuando te encantan, cualquier encuentro con personajes a los que amas se siente un evento. Que Marvel tome nota y que no deje que la obsesión por crear un nuevo Infinity War acabe con la posibilidad de historias como esta.