Carlitos es un joven sencillo, como cualquier otro, cuya virtud y habilidades tenísticas le han terminado por cargar la mochila con una serie de responsabilidades que jamás ha pedido, y por supuesto no ha escogido. Sin embargo, ha de dominarlas antes de que estas terminen por someterlo en la miseria de su propio y cruel destino
Cuando Carlos Alcaraz rehúye del glamour snob de los Grand Slam —Nueva York, París, Londres en un par de ocasiones, tan solo le queda conquistar Melbourne—, vuelve a hablar con evidente y marcado acento murciano; retorna a la sonrisa pueril, familiar, desenfadada, prácticamente libre de preocupaciones y angustias deportivas. Es de nuevo Carlos Alcaraz Garfia, sin reticencias ni medias tintas: tiene perros, le gusta ver los partidos del Real Madrid con sus hermanos, jugar al tenis con Carlos Alcaraz sénior —siempre y cuando Carlitos acepte la sencilla regla de no pasarse de frenada cuando se enfrenta a su propio padre—, a videojuegos, al parchís, emocionarse recordando fotos viejas: inicios y primeras piedras en el arduo camino hacia el éxito, el reconocimiento, la élite del deporte mundial.
Regresa también a la rutina de siempre, ésa tan exenta de excentricidades, tan rutinaria, tan suya, sencilla, similar a la de cualquier otro ciudadano patrio: los amigos de toda una vida, la familia —sobre todo sus hermanos, mayores y menores— o la comida de su madre servida en una mesa en torno a la que se reúnen los que de verdad importan. Y El Palmar. Pasea de nuevo por las calles de su localidad como si no hubiera grabado ya su nombre en los anales del deporte que antes le perteneció a otros: Sampras, Borg, Federer, Djokovic o Nadal. Se dice pronto, pero Charly batalla y se entrena a diario para ganarse el derecho a mirarse en el espejo de tan gigantescos y legendarios nombres, a consolidar su nombre en la historia de este deporte. Y tan sólo está a punto de cumplir veintidós años de edad.
Netflix abre ahora las puertas de la casa del tenista murciano y viaja a su lado, sin descanso, durante la épica temporada 2024 en que se hizo con su primer Roland Garros y revalidó corona en Wimbledon no sólo para mostrar el aspecto técnico o curioso del asunto —qué clase de profesionales conforman la expedición de un tenista de altos quilates, los retos deportivos y mentales que supone estar en la cima deportiva, por ejemplo—, sino también para desentrañar incógnitas psicológicas y filosóficas mucho más profundas: la psique del triunfador, la odisea homérica hasta consagrarse como ganador imbatible o el precio a pagar por ser el mejor (y también por mantenerse), tal como la gelidez repentina que provoca el alejarse tanto tiempo del hogar o la batalla entre la responsabilidad, la disciplina, y el deseo de vivir y disfrutar de la juventud efímera.
Aunque la peor de todas las anteriores, en palabras del propio Nadal, que hace aparición honorífica en el documental, es empezar a ver el tenis como un trabajo y no como un divertimento a una edad extremadamente temprana, perdiendo así la ilusión que un día le diera la oportunidad de brillar. «Sería algo así como ir perdiendo antes siquiera de empezar», sentencia el balear. El mánager de Carlitos se suma también a esa triste especulación: «no fracasaría cuando Carlos dejase de ganar o de ser tan efectivo, sino en el caso de que perdiese la sonrisa, las ganas de seguir jugando».
Pero Carlitos, en realidad, no piensa, o no quiere pensar, en nada de eso. Quiere ir a Ibiza, beber un poco, alquilar un yate y hacer esquí acuático con sus colegas. Es un joven sencillo, como cualquier otro, cuya virtud y habilidades tenísticas le han terminado por cargar la mochila con una serie de responsabilidades que jamás ha pedido, y por supuesto no ha escogido, pero que ha de dominar antes de que éstas terminen por someterlo a él bajo el yugo de la inseguridad, por atraparlo en la miseria de su propio y cruel destino. Porque el rival más poderoso en este deporte, tanto como en la vida diaria, no se encuentra enfrente, delante, sino en el lado propio de la pista. El tenis no consiste en doblegar a los demás, sino en vencer a los fantasmas que habitan dentro de la mente de uno mismo; no por nada es el deporte en que es más complejo tornarse en profesional, y más aún vivir de ello, pues está al alcance de un selecto grupo de privilegiados, de una serie de individuos tocados por una varita.
Ser el mejor irrita también la piel de propios y extraños —es ésa otra de las monedas que hay que pagarle a Caronte—, y Alcaraz lo comprende bien. Sabe que en esta senda se genera una enorme y por momentos interminable hilera de individuos, cobardes y agazapados, a menudo incapaces de lograr lo que otros logran, que consagran su vida y sus días a esperar (y celebrar) el fracaso de todos los demás. Es el camino hacia la envidia, inmarcesible desde tiempos inmemoriales: comienza por la admiración prístina, prosigue con los interminables intentos de compararse con el otro y desemboca, en última instancia, en la exasperación fuera de quicio y toda razón de ser.
Ganar también implica el riesgo de que el tiempo en la cúspide sea efímero. Ya saben, el Titanic y sus malditas reglas del juego. Aunque lo que está claro es que no hay victoria que dure para siempre; todas caducan, de hecho, tarde o temprano. Por eso, en la alta exigencia deportiva, no triunfan sólo los talentosos, sino los virtuosos que trabajan en fortalecer la coraza de sí mismos para enfrentarse a las adversidades de las marejadas, como buenos marinos. No ganan aquellos que se pierden en la fama tempranera, en el glamour antes de tiempo, en la seducción de la lujuria o en la del resto de pecados capitales, sino aquellos que se mantienen fieles a su esencia, inmarchitables los valores y las ajadas enseñanzas de los maestros.
Por eso Alcaraz triunfará, de eso un servidor está seguro. Quizá no supere a Djokovic, a Nadal o a Federer en número de grandes, pero sí tiene ya garantizada una carrera de larga duración en el deporte de sus sueños, porque no se vende al mejor postor ni está dispuesto a cambiar sus raíces. Es como es, con sus aciertos y sus errores, con sus defectos y sus virtudes. Con su forma de ser, y siguiendo al pie de la letra las enseñanzas de su abuelo: «cabeza, corazón y dos cojones». Quiere ganar, tiene sed de ello, ansias por convertirse en el jugador de todos los tiempos; pero no a cualquier precio. Quiere conseguirlo, y ha escogido hacerlo a su manera.