12:33. Se va Internet.
«Será uno de esos apagones en el edificio», pienso.
12:36. Escribo a una amiga para decirle que he tenido que parar de trabajar. Asombrada, me responde:
—A mí también se me ha ido la luz.
¿Cómo es eso posible cuando nos separan 200 km de distancia? ¿O llevamos una vida paralela, o es demasiada casualidad?
Esto es raro. Muy raro. Surrealista. Una cosa más que añadir a la lista de cosas que, si hace seis años alguien me hubiese dicho que pasarían, habría pensado: ¿qué clase de estupefacientes lleva encima esa persona para imaginar semejantes burradas?
13:00 h. WhatsApp empieza a fallar y la comunicación se pierde.
Confieso que empiezo a agobiarme un poco. Estamos tan acostumbrados a estar todo el día pegados a la dichosa pantallita que ahora no sé muy bien qué hacer. Además, nadie nos ha preparado para este tipo de situaciones.
Busco desesperadamente por toda la casa la radio, ese aparato que mi padre pone todos los días pero al que muchas veces no le presto demasiada atención.
«Apagón a nivel nacional»
Pero… ¿cómo es posible? ¿Habrá sido Putin declarándonos la guerra? ¿Trump? ¿El Gobierno quiere que desviemos la mirada hacia otro lado? ¿O el Papa, desde el más allá, nos está enviando señales?
Pues esto tiene pinta de que va para largo…
Un lunes con sabor a domingo empieza a dibujarse en el horizonte. Y, ante la falta de estímulos y el sueñito que entra nada más acabar de comer, una siesta. Algo poco habitual en mí, que acostumbro a priorizar el trabajo y las horas frente a la pantalla por encima de cualquier otra cosa… incluso por encima de mí misma.
Me levanto de la siesta y, para mi sorpresa, sigue sin haber luz. Miro por la ventana y, al ver el buen día que hace, decido que no tengo nada mejor que hacer que salir a dar un paseo.
Un paseo que yo definiría como si, de un día para otro, me hubiese mudado de planeta: tiendas cerradas, gente conversando, caras de incredulidad. Pero, sobre todo, algo llama mi atención por encima de todo: nadie va mirando el móvil. De hecho, la mayoría de la gente con la que me cruzo ni siquiera lo lleva en la mano. Yo que pensaba que ya se había convertido en una extensión de nuestras extremidades…
Vuelvo a casa con una sensación extraña. Veo a vecinos que, en un día cualquiera, solo se saludarían, conversando sin parar. Siento que hoy no hay prisa, que por una vez nos hemos adueñado del tiempo, y no él de nosotros.
Mientras ceno a la luz de una vela y sin poder hacer scroll infinito por redes sociales, descubro que, al final de este día tan extraño, nada ha estado tan mal.
Hacía tiempo que no me sentía tan conectada con todo, y eso que no he podido comunicarme con nadie. Quizás no sea mala idea que, de vez en cuando, vuelva a suceder un apagón y recordemos lo que es vivir sin depender de una pantalla.