El gatopardo crítica

El tiempo pasa, los imperios caen, se desmoronan, la gente vive, ríe y muere después; pero El gatopardo sigue ahí, alumbrando a las generaciones pasadas, presentes y futuras.

Muy bien, ya han visto Adolescencia. ¿Se lo han pasado bien, con sus planos secuencia infinitos y sin cortes visibles, el niño que parece que no (otra burda mentira: siempre lo parece) y luego resulta ser el asesino, sus cuatro horas de total pérdida de tiempo, la crítica social mal hecha pero que por alguna razón se ha vestido de revolucionaria (aquí, en el argot flamígero de la tecla tuitera, todo es una obra maestra hasta que se estrena la siguiente en dos semanas), novedosa e irrepetible? ¿Sí? Pues ahora, en la misma plataforma, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, empiecen esta otra: El gatopardo. Y a ver qué les parece, pero auguro que me lo agradecerán.

El gatopardo es el cine elegante, relajado y pausado, tranquilo, que respira y se toma su tiempo para construir su propia historia y adquiere por momentos forma y estructura narrativa de novela, a veces casi dramática y teatral; es decir, el único cine que merece en realidad la atención del espectador y la penitencia del tiempo invertido en el sofá junto a unas palomitas maltrechas y abrasadas de microondas. O el único producto audiovisual digno, en realidad, de tan elevada distinción (la de llamarse cine, si nos ponemos exquisitos y quisquillosos en cuestiones de vocabulario).

La miniserie, no hay sorpresa en este sentido pues sobre ello ya nos habían informado con anterioridad y precisión, es completamente fiel, y como no podía ser de otro modo, a la obra original de Lampedusa. Giuseppe Tomasi sonríe desde el cielo al ver que su obra se mantiene tan orgánica, sigue adaptándose al cine (y ahora también a la pequeña pantalla), continúa siendo tan necesaria e imprescindible no sólo en toda biblioteca que se precie, sino en la filmoteca personal, la privada, la que hace siempre las veces de retina de toda una vida. Con El gatopardo, se lo puede asegurar un servidor, se entiende todo, lo básico, lo elemental, las macabras reglas del juego y el funcionamiento del tablero de la historia, el abecedario para no naufragar en las garras de la crudeza del destino y el porqué de todo lo que ocurre, y también de lo que no. Esa frase lapidaria: «querido tío, para que todo siga igual, todo tiene que cambiar», que construyó el escritor italiano en el siglo XX para un diálogo importantísimo y ya emblemático del joven sobrino Tancredi, que funciona a modo de resumen de todo su pensamiento vital y que tan bien ha envejecido con el paso de los años (y de las décadas).

No me malinterpreten, El gatopardo de Netflix no alcanza el nivel de grandeza o clasicismo cinematográfico de la obra de autor de Visconti, protagonizada por el travieso, legendario y eternamente carismático Burt Lancaster; pero sorprende en cuanto que se le acerca y está a punto de adelantarle por la derecha (mas sin lograrlo). Hay clásicos, como éste, que jamás podrán verse superados; pero alegra el día comprobar que aún hay cineastas interesados en revivir a los viejos clásicos, no por un mero interés económico o comercial (explotación de un nombre, de una franquicia, de un legado) sino por una vinculación sentimental mucho más amplia, que no entiende de billetes, taquillas o números: simplemente de valores, trascendencia en el tiempo, contrato cultural, la responsabilidad social que eminentemente tiene el cine, como herramienta comunicativa que es.

El gatopardo, por lo demás, se mantiene intacta. El tiempo pasa, los imperios caen, se desmoronan, la gente vive, ríe y muere después; pero El gatopardo sigue ahí, alumbrando a las generaciones pasadas, presentes y futuras. Culturizándolas con ávida rapidez, si se permite. La trama gira en torno a la caída de la aristocracia siciliana en plena etapa de la reunificación italiana (con sus partidarios y también evidentes detractores) cuando ésta llega al ocaso de sus días de esplendor. La miniserie, del mismo modo en que ocurre con la novela de nombre homónimo, se mira siempre desde la óptica y la mirada sabia, lúcida, despierta y melancólica del príncipe Fabrizio Salina (Kim Rossi Stuart), que es el principal hilo conductor de la narración y la historia.

El gatopardo, también en esta reciente adaptación en streaming, no narra una epopeya legendaria u homérica, sino que más bien se trata de una suerte de retrato lento sobre la agonía declinante de la clase aristocrática y una honda reflexión sobre el tiempo, sobre el lugar que el ser humano ha de tomar en la historia, sobre las consecuencias del poder. No existen héroes, sólo personajes grises, esféricos, tratando de encontrar el modo más o menos vil con que sobrevivir y no perder, de forma repentina e inesperada, el castillo de naipes que tanto esfuerzo les había costado levantar.

Lo que más impacta de El gatopardo es que se toma en serio a sí misma, y lo hace con discreción, lentitud y una delicadeza sencillamente sublimes. Desde la dirección fotográfica hasta la de vestuarios o maquillaje, pasando por todo el elenco actoral en su conjunto, acometen un trabajo de bisturí que respalda y edulcora un producto que funciona por sí mismo, y que se sostiene bajo su propio peso.

Que, con todas las cartas sobre la mesa, el debate gire en torno a Adolescencia y no a El gatopardo no es sino un claro indicio de cuán marchita y resquebrajada está ya nuestra sociedad, y de cuán bajos están los estándares de calidad en el cine (y en la vida en general, por qué no decirlo). Habla de cómo hemos ido disminuyendo los niveles de exigencia, hasta llegar a este maldito punto. Estamos aún a tiempo de remediarlo, por supuesto. Jamás es tarde, si la dicha es buena. Pero lo que está claro es que, en plena sociedad maltratada y triturada por el pasapurés de la inmediatez que inculcan las redes sociales, se prefiere ya el cine mediocre y rápido antes que el reposado, el que se sustenta sobre los valores de las civilizaciones pasadas para ilustrar las presentes; el que se viste de maestro y enseña, o al menos trata de hacer reflexionar al espectador y mandar un mensaje importante, claro, con sentido y dirección. Qué pena, todo. Hace tiempo que navegamos un mar complejo en un barco sin timón ni capitán.

Véanla, hagan el favor. Llévenle la contraria a la opinión imperante, aprieten fuerte la mandíbula y tomen posiciones de defensa, de resistencia. Llegarán tiempos mejores, estoy convencido de ello. También en el cine. Y mientras llegan, El gatopardo es una excelente opción para comprender, como les he ido diciendo, el porqué sobre el que se sustenta toda nuestra lucha cultural, moral, ética, estética. De dónde venimos, y hacia dónde nos dirigimos. Tempus fugit, ars manet. El tiempo huye, pero el arte permanece.

Puntuación: 4 de 5.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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