El 28 de noviembre de 2024, el exnadador olímpico y CEO de la Fundación PEGASUS sacaba a la luz un testimonio irreverente y gamberro que pone en tela de juicio todos los estigmas que en la sociedad recaen sobre las personas condicionadas por limitaciones innatas y nos recuerda que el miedo es la verdadera discapacidad.
Ser diferente al resto se ha convertido, en el mundo actual, en una suerte de maldición bendita que ha abierto muchas preguntas sobre la autenticidad general del humano. El fluir contemporáneo, en su ir y venir, etiqueta y clasifica a diestro y siniestro aquello que es «bueno» y «común» y aquello que es «raro» y «diferente», y lo separa como separaba Jacob el ganado de Labán. Así, queda el mundo dividido en dos facciones: los habituales, aquellos que muestran rasgos que entran dentro de lo esperado, lo social y lo aceptado, y los extraños, aquellas personas que por condición o por pensamiento terminan aisladas o requieren de toda suerte de artificios para poder saltar la valla, y como la oveja de la fábula, pasar por lobo en un mundo depredador. Ya dijo Friedrich Nietzsche, un filósofo de apariencias snobistas aquejado por la locura del ser atípico e incomprendido, que el individuo haría todo lo posible por ser parte de la tribu, y el precio a pagar por ser uno mismo sería demasiado alto.
David Rodríguez Vázquez supone un antes y un después en esta percepción de la sociedad y ha decidido que pagar ese precio está al alcance de cualquiera. Tras asumir que el verdadero origen de la fobia a lo distinto nace de algo tan humano como el miedo, ha dado una vuelta de tuerca a toda idea sobre cualquier «anomalía» sistémica. Y es que, como él mismo afirma, no hay nada peor que el miedo, transformado en la mayor de las limitaciones del ser humano, mucho más de lo que pueda ser un impedimento físico o mental con el que se nazca.

Atípico no es nacer condicionado, atípico es no atreverse a vivir después de hacerlo
«Hola, me llamo David, tengo treinta años, según la sociedad soy discapacitado». Así abre la puerta, rompiendo la cuarta, e incluso la quinta pared, el CEO de PEGASUS. David Rodríguez Vázquez vino al mundo con una condición llamada diparesia espástica que produce una rigidez permanente en la musculatura de las piernas. Esta característica se traduce en una forma de andar que David define como un «flow característico», una manera de andar que viene de la mano de la naturaleza con la que nació. Sin embargo, pese a todo, demuestra una y otra vez que el estigma de que ser discapacitado equivale a ser «tonto» no es más que una patraña. Con una sagacidad increíble, un bagaje cultural inmenso y una perspicacia y ocurrencia que impregna las páginas de su testimonio, el exnadador olímpico pone en relieve uno de los dilemas más grandes que enfrenta la sociedad: por una parte, que el discapacitado no es discapacitado porque lo quiera, sino porque su entorno lo ve como tal, y por otra, que no se lucha contra una discapacidad, porque no tiene ningún sentido. Luchar para dejar de ser quien se es no es más que evasión pura y dura de la realidad. Y la evasión es miedo.
En su libro Lo mío no es normal, pero lo tuyo tampoco, el fundador de PEGASUS, «la primera Fundación del mundo que lucha frente a la verdadera discapacidad», aborda con un tono ácido, jocoso y divertido, que sabe tornarse serio y devastador de cuando en cuando, cómo ha sido su viaje y su descubrimiento de que la discapacidad es poco más que una condición, similar a como podría ser el tener los ojos azules o tener un brazo más largo que el otro. Sin embargo, la fobia al rechazo que marca a muchas personas que tienen que adaptarse, acaba convirtiéndose en una incapacidad de aceptar quién se es. Como él mismo afirma «el peligro sobreviene cuando, en lugar de darle al dolor el espacio que requiere, permitimos que nuestros miedos lo utilicen y dominen». Desde el primer momento, el autor deja claro que su intención no es la de dar las charlas manidas sobre la autosuperación, la ejemplaridad y la fuerza para destacar. No se trata de autoayuda moralista. Es un giro radical al mito sobre cómo las personas a las que se trata con el eufemismo de «especiales» o «espartanas» han llegado al mundo para ser superhéroes y ejemplos a seguir simplemente por haber aprendido a adaptarse.
«La vida no es insoportable por las circunstancias, sino por falta de significado y propósito» Viktor E. Frankl
Ya lo dijo el psicólogo austríaco Frankl; las circunstancias no vuelven la vida insoportable, sino que lo hace la falta de rumbo y destino. El fundador de PEGASUS reconoce, con total valor y honestidad, que su vida ha estado marcada desde el principio por el anhelo de integrarse, y por una falta de rumbo hacia sí mismo. El ideal inicial de toda persona y toda familia sobre la que cae la marca de la discapacidad es el de intentar conseguir una normalidad que no existe. Los tratamientos pasan a convertirse en fuegos fatuos detrás de los que corren padres y madres mientras los médicos y hospitales estudian a sus hijos como casos desafiantes mientras las promesas de salvación se repiten unas detrás de otras, con los que ponerse la medalla, prolongando el ciclo de sufrimiento. Y es que, como David admite, la discapacidad es algo que hay que aceptar. Pero para aceptarla todo temor debe desaparecer. Toda idea de que ser distinto es malo.
Pero si algo conoce bien David, en un valiente ejercicio de autocrítica, más devastador aún, es la condescendencia a la que se somete a cualquier individuo que porte la etiqueta del «discapacitado» o de «anormal». La sociedad intenta, en su afán por hacer sentir «iguales» a estas personas, ejercer toda suerte de comportamientos que a menudo llevan a una forma de tiranía de la discapacidad, en la que el paternalismo, los beneficios y la discriminación positiva acaban convirtiéndose en cercos que, a largo plazo, siguen empeorando el problema, y abren aún más la brecha entre el que se dice «normal» y a quien se le ha recordado desde pequeño que jamás podrá serlo (pero podrá simular serlo).
Desde muy joven, el exnadador olímpico adoptó varias caras con las que protegerse de sí mismo: desde el «chistoso» de la clase, hasta el «malote», capaz de desacreditar a los demás para negarse a sí mismo su propia realidad. La burla hacia su forma de caminar, que lo ha acompañado desde pequeño, se convirtió en su peor pesadilla, y lo inundó desde que vio el mundo por primera vez. Y es esta una verdad que todos los días enfrentan familias enteras, que convierten la discapacidad de su pequeño en el eje central que vertebrará su vida en lugar de verlo como el «complemento», un rasgo más de su ser.
Después de redimirse, consciente de que el bullying a otras personas no era el mejor camino, David Rodríguez comenzó a refugiarse detrás del sexo como una forma de reafirmarse día sí y día también, llevándolo a menudo a extremos enfermizos que lo atrapaban en lugar de liberarlo. Y al final, el lector termina dándose cuenta de que detrás de un hombre que ha cargado sobre sus espaldas una condición que poco a poco ha tenido que ir aceptando, se esconde una mente que intenta romper sus cadenas, pero que, paradójicamente, nos recuerda a quienes no sufrimos ningún rasgo que nos «limite», que esos andares, o detrás de esa particular forma de moverse, guardan, en realidad un ser humano atrapado por su propio miedo.
Una pieza sagaz de principio a fin que detona todas las falsas barreras y falsas superaciones
Una historia de aceptación, de autocrítica, también cargada de alma y esencia combativas. Una escritura sagaz, que fascina por lo rotundo, lo simple y lo cercano, pero también por lo increíblemente irónico. La inteligencia y el conocimiento de su propia persona nos demuestran, página tras página, que detrás de ese hombre a quien se creyó «raro», termina resultando alguien marcado también por sus miedos, alguien que, como cualquiera, ha procurado cuidar su imagen, en el eterno vicio del juego del escondite disputado contra uno mismo. David Rodríguez, con un control y una increíble carga de lecturas, sabiduría de calle e inspiración, construye, pieza por pieza, un testimonio muy completo, casi autobiográfico, que huye completamente de cualquier convención social o fingimiento barato y se adentra en todos los aspectos de su vida (incluso aquellos momentos más íntimos en solitario, que tampoco se ha guardado de callar), y acaba haciendo chocar con la diana de lo que solemos ver desde fuera cuando se trata de discapacidad.
Porque, sí, después de leer su obra, es mas que probable que muchas barreras mentales acaben cayendo. Que se acabe percibiendo el casi infantil paternalismo como una forma más de rechazo, y que todo ejemplo de superación no depende tanto de la condición, sino de los propios logros. Y David Rodríguez lo ha logrado: se ha superado, ha competido contra sí mismo, y finalmente se ha alzado con la victoria.
Quizá, después de todo, no se trate de la forma en que uno debe vivir, sino el modo en que se disfrute de cada instante, sin que importe nada. Porque, a fin de cuentas, la verdadera discapacidad es, en efecto, el miedo.