Lo único que podría yo aportarles es que mi reacción fue ir corriendo a abrazar mi Babolat Pure Aero Rafa 2009, como quien se aferra, desolado y sin dejar marchar, a un peluche o a un viejo recuerdo.
Ni siquiera sé qué se dice en estos casos, porque nadie te prepara para enfrentarte justamente a este folio en blanco. Cualquier sustantivo, expresión o recurso que me pudiera sacar de la manga para embellecer o edulcorar este texto sería en balde, porque Rafael Nadal no cabe en quinientas ni en cinco mil palabras, y tampoco se merece una noticia simple, apagada, fría y gris como: Última hora: Rafa Nadal anuncia su retirada del tenis profesional. El campeón de 22 Grandes y catorce veces rey de Roland Garros comunica, a través de un vídeo en sus redes sociales, que la Copa Davis será su última participación en un torneo profesional.
Qué adjetivo, sin embargo, voy a utilizar para describirle a Él —con mayúscula, como Dios— que no sepan ya: imbatible, incansable, perfecto, elegante, humilde, luchador, enérgico, tenaz, prístino, eficaz, dinámico, fuerte, todoterreno, brioso, ejemplar. ¿Les suena, verdad? Ustedes esto ya lo sabían.
Qué logros voy a destacar, por poner el caso, de alguien que lo ha ganado todo: más torneos en tierra batida que derrotas en la misma superficie —léanlo otra vez—, medallista de oro olímpico, catorce Copas de los Mosqueteros en su haber —el Grande más complicado y desafiante, en el que atesora muchas más que el segundo—, demás récords y registros imposibles con los que moriremos porque nadie nunca jamás los podrá superar. Pero esto ustedes también lo sabían. No les estoy descubriendo América.
Qué lado humano voy a destacar, por ejemplo, de quien siempre ha brillado más por sus acciones fuera de la pista que por su desempeño —no precisamente indigno de mención— en ellas, y también por no desconectarse nunca de la realidad ni perder las formas al llegar al primer millón de euros. Es ahora cuando vienen a la memoria aquellas imágenes de Nadal ayudando, como un voluntario más, vestido con unas botas baratas y una chaqueta humilde, en las graves inundaciones de Mallorca en el año 2018, dejando también las instalaciones de su lujosa academia en Manacor a disposición de todos los damnificados por la catástrofe.
No tengo duda alguna de que el tenis, como deporte, sobrevivirá. Hay gente capacitada para ello —Alcaraz, Sinner, cuantos vengan después—, héroes de un deporte para con los siglos, citado con la historia, las leyendas y los grandes nombres propios, de una forma diferente de entender la vida. Gente que nos va a hacer disfrutar mucho, y más pronto que tarde. Pero de lo que también estoy seguro es de la tremenda suerte que hemos tenido. Pienso ahora en las nuevas generaciones, en aquellos pobres chicos mirados por un tuerto que jamás han podido ni podrán disfrutar del espectáculo: de aquella forma de ajusticiar a sus rivales año tras año, de aprisionarlos sin piedad para luego mordisquear el trofeo, himno de España en la Philippe Chatrier incluido, y ya estar enseguida pensando en el del año próximo. Esa mentalidad, esa garra, esa mirada que jamás conocerán y que para ellos ya será historia, o batallas que les contaremos los demás.
Lo único novedoso que podría yo aportarles es que mi reacción, abatida, lógica, ciega por las lágrimas y ahogada por los sollozos, similar quizá a la de muchos otros que hoy también se quedan huérfanos, fue ir corriendo a abrazar mi Babolat Pure Aero Rafa 2009, como quien se aferra, desolado y sin dejar marchar, a un peluche o a un viejo recuerdo.