Lo que en realidad siempre quiso Óscar Quijano (León, 1969) es ser tenista. Tenía una buena base para ello, al menos, se puede deducir entre líneas: buen revés, ambición, entendimiento de los entresijos del deporte practicado, amor suficiente por la disciplina como para haberle dedicado una vida entera. Es notorio todo ello en cómo habla del tenis con una ternura punzante, porosa, como si lo conociese de toda la vida y el deporte de sus sueños cobrara vida en la ligereza de sus palabras. Tan sólo un entorno que lo propiciara —y probablemente una primera concatenación de golpes de suerte, característica inseparable de los deportistas más laureados de la historia— lograron impedir, dice, que pudiera haberse convertido en profesional. Es quizá ése su único sueño frustrado, la espina todavía clavada, la cicatriz permanente, y por eso hoy el tenis lo sigue practicando aún, con el mismo fervor de los días de antaño pero ahora junto a otras variables que parecieran reconectarlo directamente con el Óscar más pueril e indagador. Con los más palpables retales de su infancia. Él, es algo que deja patente a lo largo de toda esta conversación, es un tipo indistinguible del deporte (como también lo es de la actualidad, la cultura o la música, a la que ha dedicado prácticamente toda su vida).
Lo que terminó floreciendo por parte del entorno —el del artista y profesor de música en su León natal que es su padre, sobre todo— fue su entrada en el mundo de las guitarras y los laudes, como lo denomina él con algo de sorna y solera. Es la suya una conexión carente de explicación lógica, sencilla por paternal, aunque también algo imprevista y tardía: es su hermano Manuel quien aparece un día cualquiera con la idea bajo el brazo en mitad del pub La Lola, el de su padre, en que trabajaban de camareros los tres, justo cuando caminaban ya cercanos a los treinta y todos sus amigos tenían un futuro más que labrado, construido, que empezaba a dar los primeros frutos de éxito, y ellos apenas comenzaban a plantearse qué hacer con sus vidas. Uno se da cuenta entonces de que lo de montar un grupo de hermanos para terminar cantando allende los mares canciones del pop rock español característico de principios de siglo, y lo de los boleros de después, o lo de Manhattan, las colaboraciones y los éxitos, sí, fue entonces una idea que surgió por una mera casualidad estadística. Una que más tarde fue tomando color y forma, pero que al principio no dejaba de ser un castillo de naipes en el vacío de las reglas del juego. Momento preciso y lugar acertado, suele decirse. El póker contra la vida y la crudeza del destino. Quizá, con una facilidad pasmosa, a Manolo podría habérsele ocurrido cualquier otra cosa aquel día. Y colorín colorado. Aunque no fue aquél el caso. La fugacidad de la vida guarda siempre un hueco especial para imprevistos como éste.
Óscar descuelga el teléfono. Lo hace con la calidez y hospitalidad de quien abre sin máscaras o resignaciones las puertas de su casa. Se le había olvidado llamar a la hora pactada, dice, porque se puso a estudiar —como su hermano Raúl, está cursando un grado universitario porque para eso, afirma, no hay edades— y ya se le fue el santo al cielo entre unas cosas y otras. Pide de inmediato disculpas por el despiste con algo de ternura. Es, en resumidas cuentas, la clásica persona magnética que, hechas las presentaciones, pasado el protocolo formal previo a las preguntas de una entrevista, parece que uno conoce de toda la vida.
******
—¿Qué significa para ti la música?
—La música… La música se compone de muchas cosas, muchas aristas. En primer lugar, la música es transmisora de emociones. Algo de lo que disfrutar. Ya a nivel personal, aparte de todo lo que evoca, es mi vida. Mi medio de vida.
—No puedes entender tu vida sin la música.
—No, no. Porque ha estado conmigo y con nosotros desde siempre, desde que somos pequeños, por nuestro padre. Siempre hemos tenido la música en casa.
—¿Es vuestro padre, quizá indirectamente, quien os inspira a entrar en el mundo de la música?
—Sí, indiscutiblemente. Es el ejemplo que ves, quizá mucho más notable y evidente que en otros casos. El padre que sea abogado, o como tú, periodista, cuando llega a casa, termina por dejar esa profesión a un lado. La música, fíjate, es una bendición. Además de ser un trabajo, la música es divertirse, pensar, estar en silencio y hacerte películas. Dejar espacio para que vuele la imaginación, que es imbatible, poderosa. La música es todo eso. Entonces nosotros, quieras que no, en casa siempre veíamos a nuestro padre, que además de dar clases en la academia tenía un despacho en casa, donde también impartía. Nos íbamos tropezando con guitarras, con laúdes y con flautas (risas).
—¿Por qué nunca habéis hecho entonces una colaboración con vuestro padre?
—Bueno, pues no estaría de más (risas). Pero como él siempre dice: «Mis hijos hacen lo suyo, yo hago lo mío. No mezclemos». En un futuro, quién te dice que no. Además, yo creo que sería muy pertinente, muy…
—¿Emotivo?
—Sí. Y de ser agradecidos también. Estaría muy bien, lo de cantar una canción con él. Quizás un bolero. Creo que sería lo más normal.
—¿Cómo es vivir en una familia donde los cuatro hermanos habéis salido artistas?
—Ya no estamos juntos (risas). Somos mayores, y cada uno tiene su residencia. Conviví con Manuel y con Raúl, y llevamos años compartiendo trabajo y pasión, hobby. Está muy bien, sabemos de lo que hablamos. Estamos en la misma sintonía. La verdad que es maravilloso, lo de saber que tu hermano hace lo mismo que tú, que está en los mismos sitios que tú y que cuando llegas a casa no tienes que contarle nada porque lo ha vivido contigo. Y Jorge… es artista de otra rama. Desde bien pequeño se le vio un poco diferente: disfrutaba mucho de estar solo, era más arisco, quizá menos sociable o más introvertido. Pero él siempre ha sido nuestro orgullo. Cuando se ha hecho mayor y ha decidido estudiar lo que ha estudiado, ser quien es, más si cabe: el orgullo corroborado. Como te digo, prometía mucho. Además de ser un chaval muy prudente, discreto, que sabe estar siempre en su sitio. Jorge es una de las joyas de esta familia.

—El otro día tu padre me dijo que Jorge es el más artista de los cuatro.
—En ese sentido, la verdad es que él pinta que te mueres. Una vez le dimos el apodo, hace años, de Jorge el pintor. Su respuesta fue que, además de ser pintor, había estudiado escultura, fotografía… Él es un artista más completo, sí. No tengo la menor duda. Y, por supuesto, con mucha más cultura.
—De no haber sido músico, ¿a qué te habría gustado dedicar tu vida?
—A mí me habría gustado, lo que pasa es que no llegué por falta de un entorno que lo propiciara y me influyera más en ese sentido, haber sido deportista. Yo habría sido feliz siendo tenista. Pero nosotros comenzamos en la música a una edad en la que ya deberías tener tu profesión, o tu camino, o lo que quieres ser correctamente definido. Yo empecé con veintisiete años. ¿Qué habría sido en vez de músico? Pues probablemente nada. No era nada. Estábamos trabajando en el pub con nuestro padre, teníamos nuestras cosillas, pero no teníamos tomada la decisión de qué queríamos hacer con nuestra vida. Quizá hemos sido menos maduros en ese sentido. Al menos a lo que mí respecta, hablaré en mi nombre: he tardado más tiempo en madurar. Aunque lo que sé es que, si lo de músico no hubiese terminado de cuajar, habría dedicado mi vida al arte. Creo de verdad que tengo alma y maneras para ello.
—Ahora que hablas del tenis… ¿Tienes buen revés?
—¿Va con segundas intenciones eso del revés? (Risas).
—No, hombre… Preguntaba por el golpe. El tópico de que es el más complejo de ejecutar.
—Pues te diré algo: si te paras a pensarlo, el revés es el golpe más natural. Al menos eso dicen los expertos y los que saben. Tu cuerpo se posiciona de manera natural para dar un revés, no una derecha. Pero no, no tengo mal revés, no. A una mano.
—¿Estilo Federer?
—Más quisiera yo (risas).

—¿Algún otro deporte?
—Sí, hombre… Esquí, natación, bici. Y juego, fíjate, te parecerá raro, al frisbi. Luego te mandaré la foto. ¿Sabes lo que es eso?
—Me quiero hacer una idea. ¿Lo de lanzar… el disco?
—Sí, pero te cuento. ¿Sabes lo que es jugar dos horas, en la arena?
—¿Algo agotador?
—Mucho más que eso. Hago muchos. Deportes, digo. Juego al pimpón, por ejemplo. Pádel, una pachanga de fútbol. Qué sé yo. Los que se me vayan poniendo por delante. No concibo la vida sin el deporte.
—Ya que hablamos de tenis, Carlitos está impresionante: Roland Garros, Wimbledon, medalla olímpica. ¿Te gusta? ¿Crees que va a superar a Rafa?
—Carlitos me vuelve loco. Pero ojo, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
—¿Un respeto a Nadal?
—Por supuesto. Pero Carlitos, si Dios quiere, si todo fuese óptimamente en todos los sentidos, será capaz de revolucionar el tenis. Aunque la grandeza de Rafa, Federer y Djokovic no son sólo los Grand Slam que han ganado, sino que reside en que han estado casi veinte años, cincuenta y dos semanas al año, en pleno poderío y en mitad de un deporte donde el sesenta del mundo juega prácticamente por lo comido y por lo servido. El tenis es el deporte más complejo por cosas como ésta. Si se dan las circunstancias, aparece un Federer, un Djokovic o un Nadal. Carlitos, Carlitos Alcaraz… es mejor que todos ellos. Reúne sus cualidades, hace lo que hacían ellos pero con más intensidad. De momento, los números que tiene son de mareo. Ojalá siga así. Me encanta su explosividad, su desborde, su versatilidad, su carisma. Es un fuera de serie. ¿Por qué no podemos soñar? Tampoco iba nadie a superar los catorce de Sampras; era el final, el acabose… Desconozco hasta qué punto se pueden seguir batiendo récords, pero este chico tiene un Grand Slam por superficie, y a su edad. Si las lesiones le respetan, éste va a romper todos los registros.
—Vamos a la guitarra y a las cuerdas vocales, que creo que es lo que mejor se te da…
—Siento disentir, pero sé bastante más de tenis que de música.
—No me vaciles, eso sí que no me lo creo (risas).
—Bueno, no te lo creas, pero es así (risas).
—¿Llegasteis a pensar que Café Quijano podía alcanzar el éxito que finalmente ha cosechado?
—En ningún momento. Lo que pasó, y lo que pasa, es que empezamos de una forma poco normal. Poco convencional. Nosotros estábamos un día trabajando en el bar, con mi padre, y Manolo llegó y dijo: «oye, tenemos que hacer un grupo». Raúl y yo dijimos que sí. La verdad es que, inconscientemente, nos habíamos estado empapando del negocio y del mundo de la música en directo. No ya de la teoría, o de la industria, o de la gestión, sino de lo que en esencia era la música. Una partitura no es nada, cobra vida cuando se ejecuta. Por eso no nos pensamos ni un segundo lo de aceptar la idea de Manolo. Sin quererlo ni beberlo era lo que habíamos estado haciendo siempre, sin pensar siquiera en dedicarnos a ello profesionalmente. Entonces montamos el grupo para divertirnos, con la única pretensión de escapar y liberarnos un poco del trabajo en el bar. Cuando llegó el día, aprendimos lo que era un estudio, vimos cómo eran las grabaciones, qué hacía el productor… No, no pensábamos en el éxito, en el después. Vivíamos el presente. No creo que nadie empiece un grupo y se plantee desde el principio estar cuarenta años. Pensábamos en el día a día.

—Habéis inspirado a muchos grupos emergentes. Willy Bárcenas me dijo, por ejemplo, cuando le entrevisté, que habíais plantado la semilla del suyo, o al menos de lo que es su componente más latino.
—Eso no es más que un orgullo, una satisfacción y un tremendo agradecimiento hacia él. Cuando decidimos hacer el dueto de Perdonarme, fue por medio de la apetencia de Willy. Se puso en contacto con una persona de Warner que había trabajado con nosotros, en nuestros inicios. Este chico nos lo contó, nos habló de él. Escuchamos un poco al grupo y nos pareció interesante, además de toda la historia que Willy traía consigo. Siempre es bonito, lo digo siempre, que alguien quiera colaborar contigo. Cuando lo conocí, no tuve ninguna duda. Si antes hablábamos de la versatilidad de Carlos Alcaraz, conviene decir que Willy también lo es en la música. Te canta lo que quieras, como quieras y donde quieras. Bien a capela, bien algo de alguien más lírico, pop, rock. Flamenco, incluso. Tiene una voz fortísima, con un poderío impresionante. Es un chico muy válido, encantador. Es duro todo lo que le ha tocado vivir, todo lo que ha tenido que pasar… Pero ahí sigue, dando la cara. Es un chaval ejemplar.
—¿Qué momento consolida la trayectoria de Café Quijano?
—El momento en que nos daban muchas esperanzas de que podía haber algo importante fue cuando estábamos grabando La Lola en los estudios Sintonía Madrid. En el estudio de al lado estaba Pancho Varona, con Sabina. Vino a curiosear, a conocernos, a saludar, a enterarse de quién estaba ahí grabando qué. Lo habitual en lo nuestro. Cuando escuchó la canción, nos dijo que le parecía un temazo. Nos dejó muy felices. Niña Pastori también vino junto con su marido, que había grabado algo con nosotros en el primer disco y es un excelente percusionista y productor. También opinaron que estaba muy bien, que sonaba genial. Ahí empezamos a soñar y a ilusionarnos un poco. Y Lolita, claro, que nos dijo que ese nombre nos iba a traer suerte. Decidimos que ese iba a ser nuestro despegue.

—En la música, ¿importa más el talento o el trabajo duro?
—Mira, en la música ocurre como con el deporte. Si tienes talento, es fantástico: ya tienes una cierta predisposición a que las cosas salgan bien. Pero el mundo está lleno de talentosos fracasados y de gente no tan talentosa pero que con mucho trabajo han terminado siendo exitosos. Vale más ser trabajador, disciplinado, saber lo que quieres y hacerlo que dormirte en los laureles, saber que tienes talento y hacerlo a ratos. Para poder competir en cualquier ámbito hoy en día… Hay tal nivel de excelencia que solamente con talento no se llega. Con talento te adelantan por todos los lados. Lo más importante en la vida es ser trabajador.
—¿Cuál es tu canción preferida de Café Quijano, o la que más te ha marcado por algún motivo? ¿La Lola? ¿Algún bolero?
—Te diré que es muy difícil escoger una. Es como a la madre a la que le preguntan cuál es el hijo al que más quieres, o cuando te preguntan qué dedo de tu mano prefieres perder y sabes que todos son importantes. Aunque podría ser, quizá, algún bolero precioso como Solo, o una de nuestras canciones estandarte, que además tanto tiene que ver con nosotros porque es el local del que nosotros salimos, donde nosotros nos formamos tocando a diario la guitarra con nuestro padre, que es La taberna del buda.
—¿Con qué género musical te sientes más cómodo a la hora de salir a un escenario?
—No tengo ningún género predilecto. Nuestra primera época fue maravillosa. Imagínate, todo nuevo y con treinta años: todo por descubrir y con un éxito masivo, creyéndonos los reyes del mambo. La época tras el parón, la de los boleros, me parece mágica… El escenario, al fin y al cabo, es el último eslabón de una cadena muy difícil. Yo siempre digo que cualquiera que se dedique a esto merece el máximo de los respetos, porque no es fácil, te expones, expones tu vida, y tienes la exigencia constante de tener que rendir y hacerlo bien. Para mí, aun así, el escenario es algo fantástico. En cierta medida, es casi como estar desnudo: todas las miradas están puestas en ti. Aunque nos pongamos guapos, vistamos bien y con una de las prendas más elegantes que hay, que es el smoking.
—¿Y tu colaboración favorita?
—Te diría que es Willy, por todo lo que ha representado este chaval para nosotros. Y ahí donde le ves, es él mismo: es Willy. No un disfraz, o una pose. Simplemente él. Con la energía de alguien de su edad.
—Habéis estado de tournée por toda Europa. Tres hermanos leoneses cantando y triunfando en ciudades tan complicadas como Bruselas, Londres, Edimburgo, París. ¿Cómo es eso de enfrentarte a un país que no es el tuyo?
—El fin de la profesión musical es, como te vengo diciendo, llevarla a efecto. Desde que empezamos nos han considerado mexicanos, argentinos, hermanos de esos países, y por ello desde que comenzamos nuestra carrera hemos tocado tantas y tantas veces en Latinoamérica; a veces, incluso, en Nueva York, Miami y alguna que otra ciudad de Estados Unidos. Pero nunca habíamos ido hacia el norte, a tocar en Europa. El único recuerdo vago fue cuando tocamos en Italia, cuando La Lola: la canción se hizo famosa y una empresa la utilizó en una publicidad de electrodomésticos. Pero la realidad es que nunca habíamos estado en otros países donde no hablaran español. Mira: cuando se critica a los artistas urbanos, del reguetón, por sus letras, por su forma de hablar, aunque hay mucha cosa criticable, en lo que hay que fijarse es en lo que han conseguido estos tíos: que el español se escuche en Nueva Zelanda, en Osaka, en Finlandia, Polonia, Corea del Sur. Bien es cierto que a nuestros conciertos europeos, a todos ellos, asisten un 85 o 90% de españoles, muy jóvenes, por cierto, que están allí trabajando o estudiando, porque gracias a Dios hoy en día cualquiera puede viajar y estar en cualquier sitio del mundo. El otro porcentaje pertenece a personas de allí, o incluso de otros países pero que viven allí. El otro día en Londres, sin ir más lejos, estuvieron viéndonos ocho tipos de Sri Lanka, y otros cuatro o seis de Eritrea. Aunque también te digo que nuestro país mola mucho.
—Cierto es. Cuanto más sales de España, más aprecias lo que tenemos aquí.
—Es así. Ni más ni menos.

—Hablabas hace un momento del género urbano. ¿Qué opinión te merece, ya que crees que tiene algunos aspectos deplorables?
—Como te decía antes, muchas letras… El problema de esta gente es que se han internacionalizado tanto, son tan populares, que se han convertido en un altavoz importante, y a veces lo utilizan no precisamente para ser el mejor de los ejemplos. Aunque el ritmo es muy interesante, te mueve. Ya se hacía hace mucho tiempo. Esta gente, aun así, es la que ha roto todos los récords, todas las barreras. Algo tendrán. Nunca ha habido en la historia tantos aviones privados, y son de todos estos. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Ya me gustaría a mí haber hecho Despacito, eh. O la Gasolina, mismamente, de Daddy Yankee.
—Ha sucedido hace poco en el Bernabéu. ¿Qué opinas de la gente que mueve Taylor Swift?
—Te voy a dar el quid. El éxito de Taylor Swift se debe, principalmente, al amor que le tienen sus fans. Taylor Swift es una chica que se ha comportado de una manera correcta, educada, normal, y cuidando mucho a la gente que la ha apoyado desde siempre. A tanto ha llegado que el otro día, Donald Trump, no sé si en broma o de verdad, decía que su elección la iba a decantar Taylor Swift. Las ciudades que visita se vuelven epicentros de un gran impacto económico, social y mediático. Es algo impresionante. Si vas a Estados Unidos y pones a parir a esta mujer, aparece una fan y te pone a caer de un burro, con argumentos y razones. Lo dicho: su gran arma, su secreto, son sus propios fans.
—Lo de Taylor Swift, como lo de tantos otros artistas que han tocado en el mismo lugar en los últimos meses, ha sido también noticia por el ruido. ¿Crees, como músico, que hay que encontrar un equilibrio entre el espectáculo y la paz y el descanso de los vecinos de las áreas cercanas al Bernabéu?
—Los vecinos tienen razón, por supuesto que sí. Lo primero siempre tiene que ser el descanso de la gente que está en su casa. El Bernabéu tiene un problema, porque parece ser que no lo han insonorizado correctamente, y algo tienen que hacer y estarán en ello. Pero eso no puede ser así, porque además el Madrid tiene dinero para eso y mucho más. La gente tiene derecho al espectáculo, a divertirse, a pasarlo bien, pero lo primero es el descanso y la tranquilidad de los vecinos. Faltaría más. Con eso no se juega.
—¿Te gustan las series? ¿Estás viendo ahora alguna?
—Sí me gustan, pero ahora no tengo tiempo y no estoy viendo ninguna. Pero veo series raras.
—Define series raras.
—Estaba viendo Reina Roja…
—Pero hombre, esa está inspirada en la novela de Juan Gómez-Jurado, eso no es raro del todo…
—También una de poderes extrasensoriales de la gente y tal. No he visto Juego de Tronos, ni nada relacionado con Harry Potter. Tampoco, por ejemplo, La casa de papel.
—¿Cuál es esa ciudad a la que le guardas un cierto cariño, que te encanta visitar por algo en especial?
—Miami ha sido, para mí, mi compañera y con la que espero estar toda la vida. Y mi mayor guía y maestra. Desde luego, ahí tengo buenísimos recuerdos.
—¿Qué canción te queda por componer?
—Muchas. Y mira que estoy haciendo, que no paro de componer. Pero muchas. Hay que estar activo, aprendiendo siempre hasta el último suspiro.