Papá Quijano

Como en las mejores cosas de la vida —bien deben saber que lo planeado nunca sale bien—, esta entrevista se gesta por casualidad y de la forma más inesperada. Y, por qué no decirlo, atípica también: es el entrevistado quien le pide al entrevistador hacerla, y no al revés como suele ser habitual en estos casos. Una cosa llevó a la otra y todos los caminos llevaron a León. Y es que lo único que quiere Manuel Quijano Cerezal (Armunia, León, 1939) es un espacio para hablar de cuantos temas sean necesarios: su trayectoria musical, sus pasiones, sus hijos, sus reflexiones más profundas, su bar: su vida entera. Tiene demasiado que contar, así que sabíamos de antemano que la entrevista se nos iba a quedar corta. Cuando Papá Quijano saca a relucir la batuta de la experiencia sólo hay una posibilidad lógica: quedarse a escuchar, o a aprender algo. Y el tiempo pasa volando.

Él es un tipo gracioso, irónico e inquisitivo, conquistador y galán en las distancias cortas. Leído y culto, superpone su mirada melancólica sobre el mundo que le rodea: sabe que todo se va al traste, y que no hay nada ni nadie capaz de frenar toda esta ola de tontuna de nueva era. Goza de mucha vida andada (una que pronto publicará en las memorias que anda escribiendo, otra de las razones que motivan esta entrevista) y un currículum envidiable, cuando menos: compositor, profesor de música, propietario de uno de los pubs más turísticos y reconocibles de la León de nuestros días, padre de los hermanos que años después de su nacimiento conformarían el grupo más importante de la historia de su ciudad natal, ese que con orgullo ha acabado llevando el apellido paterno hasta Escocia o Nueva York. Pero él no los ve como artistas, pintores, músicos, guitarristas o cantantes: son simplemente sus hijos, sin más. Todos por igual y ninguno rutilando más que el otro. Y él es un padre tremendamente orgulloso de los cuatro. Un padre como otro cualquiera, abrazado siempre por el manto de la más cálida sencillez.

La Lola espera, expectante, sobre las cinco en punto de la tarde —en su mismísimo bar vamos a realizar la entrevista—. Llegamos tras encontrarnos con una horda de madridistas que hormigueaban camino de la previa: un insaciable Real Madrid se juega, una vez más y como si nunca fuesen suficientes, la gloria europea en otra final de Champions. «Estos me van a fastidiar mi actuación de esta noche, y ya como les dé por ir a la prórroga…», espeta Manuel con algo de rabia y pese a su evidente madridismo. Subimos las escaleras, y en la parte de arriba, antes de llegar a la buhardilla, nos sentamos en una acogedora mesa esquinada de color marrón oscuro, prácticamente hosco, rodeada por miles de recuerdos de este pub museístico en que nos hallamos. El entorno acompaña, mientras lo que buscamos es algo de privacidad y que nada ni nadie nos moleste durante la próxima media hora.

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—Padre de los hermanos Quijano aparte, ¿quién es Papá Quijano?

—Manolín, el hijo del zapatero de Armunia, amante de la música. Quien me condicionó y metió en todo esto fue un vecino mío que estudiaba veterinaria. Tocaba la guitarra, la bandurria, el laúd, la mandolina… Yo ya veía que aquello me gustaba, que me atraía también cantar. Me dije: «coño, si esto me gusta a mí, ¿por qué no puedo también hacer yo algo de esto?». Y en mi ignorancia juvenil… Bueno, en mi ignorancia de niño —Manolo se corrige rápido— construí una guitarra con una lata de conservas, un palo y unos alambres. Evidentemente no sonaba a nada, pero yo me conformaba con aquel ruido porque en casa no había para comprar una guitarra de verdad. Ésos son mis primeros apuntes, el génesis de mi afición a la música.

—¿De qué año estamos hablando?

—Del año 1946, 1947 o 1948.

—Inmediata posguerra, años malos para España.

—La guerra terminó en el 39, y quizá esta guitarra que me construyo sea incluso del año 49, una década después. No puedo precisarte. Pero lo que sí puedo es decirte que mi interés por la música es producto de escuchar yo a este veterinario, que estaba estudiando, que se llamaba Pepín y con el que luego tuve relación a pesar de los años que nos llevábamos.

—Es él quien despierta la llama de tu interés por la música.

—Quien de una forma u otra me sacó del baúl de los recuerdos.

—¿Cuál es ese artista o grupo que te inspiró al principio?

—A mí siempre me gustaron Los Panchos.

—Volviendo a esta guitarra rústica tuya…

—Tan rústica que no servía para nada, ni sonaba a nada.

—¿Cuándo consigues tu primer instrumento de verdad? Uno que sirviera para tocar.

—Tenía yo quince años para cumplir dieciséis. Estando en la escuela de aprendices, mis padres me compraron una guitarra que costó 250 pesetas. El primero es ése. Luego pasó un poco de tiempo, yo ya aprendí a tocar algo. Tenía un profesor en la academia que era monitor de carpintería y que tocaba también la guitarra, y él, como vio que yo tenía esa iniciativa, me enseñó a poner las manos sobre el susodicho instrumento. Ya en el año 1957, 58 o 59 —Manuel hace cálculo mental, contando los años desde un evento fundamental: su entrada en la Renfe en el año 1955— mis padres me compraron otra que costó 1900 pesetas, pagándola a 100 pesetas al mes. A plazos.

—Diecinueve meses para comprar esa guitarra.

—Fíjate tú. Y quitándolo de comer. Cien pesetas que iban a la guitarra, cien pesetas menos que había en casa para la compra.

Fotografía: Raúl R. Méndez

—¿Cómo pasas de trabajar en la Renfe, en el sector ferroviario, a dedicarte a la música, ser artista, compositor y regentar hoy en día un bar musical?

—Bueno, hombre, pasaron muchos años. Yo hice la mili en Valladolid en el año 1962. Ya tocaba bastante bien la guitarra, porque había tomado clases en Madrid, y en la emisora La Voz de Valladolid gané un concurso, organizado por gaseosas La Casera. Antes de eso, cuando era joven y tenía quince o dieciséis años, iba ya cantando por las emisoras de radio de aquí, de León.

—¿Qué papel juega Armunia en tu trayectoria musical, en tus canciones?

—Bueno… Armunia, que es mi nacencia, donde aprendí a andar, donde viví y donde hoy sigo viviendo todavía… Qué voy a decir yo de Armunia. En el 1991 fui pregonero de sus fiestas y compuse el himno de mi pueblo.

—Tienes cuatro álbumes publicados…

—No, son dieciséis —Manolo me corrige, visiblemente enfadado—.

—En digital, en Spotify…

—No, también están los dieciséis. Pasa que está un poco desperdigados por Spotify. Hay muchos Papá Quijano en Spotify.

—Háblame un poco de tu trayectoria.

—Cuando volví de hacer la mili empecé a cantar en una orquesta de León que tocaba en las salas de fiesta. Fue en el año 1963 cuando comencé a dedicarme a la enseñanza en los colegios. He estado trabajando como docente durante treinta y cinco años, en quince o dieciséis centros educativos de la provincia de León.

—Me llama la atención el título de uno de tus álbumes. ¿Qué culpa tuviste tú de haber nacido pobre?

—Ahí reflejo parte de mi vida. ¿Qué culpa tuve yo, efectivamente, de haber nacido pobre? La nacencia nadie la escoge. Uno nace donde nace, cuando nace y como nace.

—Crees entonces en la meritocracia, en el camino, en cultivar el éxito y en que éste sólo florece a partir del trabajo duro.

—Creo que el trabajo es imprescindible, independientemente de que para crear hay que reunir una serie de condiciones especiales. Si componer fuera tan fácil, todo el mundo lo haría. Crear es patrimonio de muy pocos.

—El último disco, Entre varales, lo publicas en 2020.

—Fue un álbum que hicimos para la Semana Santa. De este álbum doné todos los beneficios a una ONG de los Maristas que se llama SED. Entonces compuse el disco, hicimos la tirada y se los regalé al colegio para que los vendieran, y a partir de ese dinero hicieran escuelas para los niños de Zambia. A ver si un día voy por allí y me reconocen esos chicos: «hombre, Manolito».

—¿Cómo es componer un álbum en plena pandemia?

—Lo compusimos poco antes de la pandemia. Pasa que no pudo salir por el confinamiento, claro.

—Además del himno a Armunia, le has dedicado otros a la Cultural y Deportiva Leonesa, a la Ponferradina…

—Y al Baloncesto León, cuando estaba en la ACB.

—¿Cómo es componer himnos para equipos deportivos?

—Bueno, hay que estudiar la idiosincrasia de cada lugar y de cada equipo para llegar a plasmar ese sentimiento que es tan necesario cuando se componen este tipo de himnos.

—No me creo que tengas el corazón dividido entre la Cultural y la Ponferradina. Elígeme….

—No puedo elegirte ninguno, porque…

—No me lo creo.

—Sí, te lo voy a explicar. El de la Ponferradina es un himno que refleja toda la comarca de El Bierzo; el de la Cultural es más pasional.

—Anotamos Cultural, entonces.

—Los dos por igual… ¿Qué dedo es más importante de tu mano?

—Todos lo son. Ya veo. Visto así…

—Pues eso. Y me vas a permitir una anécdota: cuando yo compuse el himno de la Ponferradina, que se presentó en la televisión, vino el presidente José Silvano y todo eran loas para el himno, porque es muy bonito. Yo, aunque soy inevitablemente de León, me considero orgullosamente hijo adoptivo de Ponferrada porque allí estuve trabajando un año entero. Cuando los radicales, que hay en todos los sitios porque hay gente para todo, se enteraron de que había compuesto también el himno para la Cultural, simularon en el alto de El Manzanal, antes de llegar a Ponferrada, un cráter donde los templarios me estaban esperando para cogerme y tirarme al cráter. No entendían que yo compatibilizara el himno de los dos clubes. Pero bueno, déjales: no saben lo que hacen.

—Crees entonces en esto de que los negros y los blancos no existen, y en que la vida está llena de grises.

—Evidentemente, claro que sí. Los extremos, todos ellos, son viciosos. Y en cualquier tipo de situación.

—Entiendo, con todo esto, que eres también un gran aficionado al deporte.

—Me gusta el deporte cuando no me perjudica.

—¿Cuándo te perjudica el deporte?

—Por ejemplo, hoy el partido del Madrid me perjudica para el negocio. Ahí ya no me gusta tanto. Si en lugar de ser el partido a las nueve de la noche hubiera sido a las doce de la mañana, te diría que el partido está muy bien.

—Lejos de que el Madrid te vaya a fastidiar hoy la clientela, ¿te gusta el fútbol?

—Me gustaba más que me gusta. Me gustaba cuando era más… un deporte.

—¿Y cuándo ha dejado el fútbol de ser un deporte?

—Cuando se ha convertido en algo materialista.

—¿Y cuándo se ha vuelto el fútbol materialista?

—Al fútbol se jugaba por devoción a unos colores y a la ciudad de donde eras. Ahora mueve demasiados millones. Entonces todo eso no lo mueve el sentimiento, lo mueve el problema crematístico.

—¿Te gusta algún otro deporte? El tenis, por ejemplo, ahora que se está jugando Roland Garros.

—El tenis me gusta mucho, claro que sí. Y el baloncesto también.

—¿Es la tauromaquia cultura? ¿Una tradición?

—Es una tradición que se debe mantener, a pesar de la gente que está en contra de ello. Es una cultura ancestral, y hay que respetarla.

—¿Qué les dirías a aquellos que dicen que los toros hay que prohibirlos, que hay que acabar con la tauromaquia?

—Les diría que, si no les gusta, que directamente no vayan. Pasa que esos que pregonan tanto que la tauromaquia es una criminalidad viven de sus palabras, no de sus hechos. Porque algunos que dicen eso van a los toros. Y los he visto.

—El Ministerio de Cultura ha retirado el Premio Nacional de Tauromaquia. ¿Qué opinión te merece?

—Me parece, sencillamente, gente ignorante que vive de ese sueldo público, de su puesto y de esa palabrería.

Fotografía: Raúl R. Méndez

—A ti te han salido cuatro hijos artistas.

—Coincidió así. Pero los padres solamente queremos que los hijos sean buenas personas, que sean sanos de cuerpo y de mente. Si luego, en su bagaje personal, cada uno aporta arte… Bienvenido sea.

—Tu hijo Raúl me dijo, cuando le entrevisté, que no eres de esos padres que escogen el futuro por sus hijos.

—Mi ilusión era que mis hijos hubiesen sido médicos, oftalmólogos. Su madre tenía una óptica, y si la condición económica lo hubiera permitido me habría gustado darles una clínica oftalmológica. Pero… nada.

—Son irreductibles.

—Lo único oftalmológico es que llevan gafas (risas).

—Jorge es el único que ha escogido un camino distinto a la música: la pintura.

—Jorge es el más artista de los cuatro. Posiblemente, de momento, es también el que menos suerte está teniendo. El arte pictórico es tan subjetivo que todos triunfan cuando se mueren, pero Jorge está muy preparado. Es, hoy en día, el único español con cum laude y matrícula de honor en la Sorbona de París. Ahora es doctor y está dando clase en una universidad. No vive mal, pero vive peor que sus hermanos.

—Aunque no hayas escogido su futuro, les habrás influenciado de alguna manera.

—Piensa que, de los treinta y cinco años que llevo dedicándome a la enseñanza, tenía un estudio de música en casa donde iba gente a tomar lecciones. Y ellos, ya en el vientre de su madre, oían guitarras. Aparte de eso, mis hijos son muy tocadores, y la música les atrae mucho.

—¿Cuánto hay de Papá Quijano en la forma de componer que tienen tus hijos?

—Yo creo que somos totalmente diferentes.

—¿Por qué?

—Porque ellos lo hacen infinitamente mejor que yo, ellos saben hoy mucho más que yo. Ahí está su resultado. Y el mío.

—¿Qué es esto de que ahora estás escribiendo tus memorias?

—Porque siempre anduvo detrás de la idea un amigo mío que fue también alumno y tiene una editorial. Siempre me decía lo mismo: «Manolo, tenemos que escribir tus memorias». Y ahora, con los años, probablemente haya llegado el momento.

—Tienes una vida digna de contarse.

—Bueno, para algunos será divertida, para otros menos entretenida y para otros…

—Quiero pensar que la ambientarás en La Lola.

—Aquí llevamos cuarenta y siete años. Los cumpliremos en septiembre. Una parte de mi vida está indudablemente ligada aquí, a La Lola.

—Este es un bar con mucha historia, turístico. Incluso los tour guiados que se hacen por la ciudad suelen tener programada una parada aquí. Y suelen mencionarte.

—Posiblemente ha jugado en mi contra el personalizar demasiado el bar. Si yo no estoy, es verdad que quizás al bar le falta algo. Este sitio tiene mucha historia, y yo he siempre he intentado que sirva a modo de museo…

—La Lola es un museo que recoge…

—Que recoge parte de la historia de Café Quijano.

—¿Y de León?

—También, sí.

Fotografía: Raúl R. Méndez

—Háblame un poco del museo en sí, de este sitio que ambienta la canción de La taberna del Buda. Esto de las balas, por ejemplo, que aparecen incluso en el libro de tu hijo Manuel (Sekotia, 2020) y que retratan las cicatrices de una época más oscura en la historia de La Lola.

La taberna del Buda es un fiel reflejo de lo que aquí había en aquella época. Años 90, aproximadamente. Aquí se juntaban todo tipo de personas: desde el magistrado al comisario, a las señoritas de bar americana, a toda la alta aristocracia de mangantes de León. Pero siempre sin altercados, cada uno iba a su bola.

—Sin altercados, bueno… Hasta que un día hay unos disparos…

—Sí, bueno, eso no tiene importancia, hombre.

—¿Y por qué conservas los restos de bala intactos?

—Yo no disparé.

—Pero no arreglas el techo de tu bar.

—Por ahí andan. Yo ya ni siquiera sé dónde están.

—¿De verdad? Mira que no hay manera de sacarte la anécdota.

—Lo que sí voy a contarte es otra historia: cuando se abrieron los juzgados de aquí, vino a inaugurarlos la entonces Ministra de Justicia, Margarita Mariscal de Gante. El presidente de la Audiencia, que era íntimo amigo mío, don José Rodríguez Quirós, tristemente fallecido ya, le dijo, comiendo: «Margarita, te voy a llevar a un sitio donde vas a pasarlo bien; lo vas a recordar toda la vida». Terminan de comer. Por la tarde, a la hora del café, veo que vienen aquí tres paisanos bien vestidos, y venga para arriba, para abajo, para el medio. Y ya les digo que qué estaban mirando. Me dicen que son la escolta personal de Margarita y que querían ver a dónde exactamente la habían invitado a venir. Cenando le dicen a la Ministra que allí no se podía ir, porque antes de entrar iban a robarles la cartera. Y este amigo mío, el presidente, que lo oyó, replicó: «Ministra, bajo mi responsabilidad, vamos allí». Y vinieron. Tanto vinieron que acabamos saliendo a las once de la mañana del día siguiente. La ministra, toda la noche bailando sevillanas y rumbas. Creo que todavía lo recuerda.

—¿Cuál es la fotografía, la persona o el recuerdo más especial que guardas colgado en estas paredes?

—Todos son importantes. Desde Luis Mateo Díez hasta Álex, batería de Maná; o Julio Iglesias, o Alejandro Sanz, o Viggo Mortensen.

—Bunbury…

—Hasta Bunbury, también, cuando estuvo aquí. Los Estopa, Lucrecia…

—¿Cómo es ser propietario de un bar en pleno 2024?

—Ser propietario de un bar no tiene mayor misterio que pagarles a los repartidores, cuando vienen, lo que has gastado. Se lleva estupendísimamente bien.

Papá Quijano
Fotografía: Raúl R. Méndez

—Lo más importante de todo es que tú sigues cantando en este bar algunas noches. ¿Cuáles?

—Miércoles, jueves, viernes y sábados.

—¿Y qué significa para ti seguir teniendo la oportunidad de salir a cantar, ver a gente reunida para verte?

—Mi razón de vivir. Y el agradecimiento a quienes deciden seguir compartiendo esas noches conmigo, disfrutar de lo que hago. Yo comparto ese disfrute, porque disfruto tanto como ellos.

—¿Crees que el fin justifica los medios?

—Esa es una pregunta que tiene muchas aristas. El fin justifica los medios siempre que ese fin sea lícito y los medios, justos y merecedores de ese fin. Depende de la situación. Tú me matas a mí, viene un hijo mío y te mata a ti. ¿Queda justificado el crimen? Quizá moralmente… Sería la ley del talión.

—¿Qué te gustaría hacer que no hayas hecho ya? ¿Qué te queda por hacer?

—Creo que he cumplido todos mis deseos.

—No me lo creo. Qué se yo: tirarte en parapente, volar en globo, visitar China.

—No. Yo soy como el buey: me gusta dar un paso y asegurarme el siguiente.

—¿Qué hay en León que no haya en otras partes de España?

—¿León? Creo que antes, ya no tanto, era una capital espléndida, con mucha vida nocturna. A León la llamaban la ciudad misterio porque, en proporción, tenía más cabarés, barras americanas y discotecas que Madrid. El León nocturno ha quedado reducido ya a muy poco. O a la nada.

—¿Qué hay que rescatar de aquel León para recuperar ese brillo que hacía grande a esta ciudad?

—Quizá cambiar de políticos. Encontrar unos que se preocupen un poco más de sus quehaceres. Y que nos dejen a todos en paz.

******

La Lola se agota y no hay tiempo para mucho más. La luz que se colaba vagamente por las rendijas del bar entra ahora con más fuerza si cabe, haciendo que el local adquiera una tonalidad amarillo centelleante; que absorba un aura casi mágica, onírica, de película a medias entre la antigüedad y la modernidad, todavía a tecnicolor. Uno queda exhausto tras la entrevista, y un servidor no tiene más remedio que pedir el café para recobrar el aliento y solventar parcialmente la sequedad del paladar hastiado. Manolo, por el contrario, aún tiene cancha para más. Como si no hubiera demostrado ya que no aguanta la lengua parlanchina de los políticos, o que tiene una vida digna de contarse en unas memorias que están por publicarse, a una pregunta sobre el género urbano, hecha en la terraza de su bar por mera curiosidad y ante la única luz del café cuyo hielo estaba casi derretido ya, bombardea curiosamente con una de las mejores reflexiones de toda la tarde: aunque no soporta el trap por la irrespetuosidad de sus letras, dice de una parte del reguetón que se parece mucho a la revolución que causó en el panorama musical el surgimiento del rock, y luego la aparición de las tendencias pop. «La gente joven siempre está para cambiar las tornas, para darle la vuelta a la tortilla e innovar con algo más acorde a su tiempo, a su generación. Yo llegué a pensar en su época, estúpidamente, que el rock no iba a durar, que no era música siquiera si lo comparábamos con el jazz. Si estos nuevos artistas urbanos llenan estadios a mansalva y tienen tanta gente detrás, no queda otra que asumir que por algo será», sentencia Manuel.

Cae la noche y al Real Madrid le da por ganar la Decimoquinta, para jolgorio de los de siempre y ante la mirada lejana de quienes prefieren ganar por otras vías más caucásicas. Carvajal y Vinicius no alargan la agonía de Manolo: no hubo prórroga, y eso quizá le termine por salvar la noche. Él se alegra, claro, pero desde un prisma diferente: esperando aquella velada, al igual que las demás, recibir cuantos visitantes quieran celebrarlo con él. Y con su guitarra, su bar, sus anécdotas, su música… Como él diría, con su motivación para vivir.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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