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«Pasión», runruneaba, en voz bajita, mamá. Ella apretaba mi mano con fuerza. «Pasión y co…» bramaba papá a mi otro lado. Él era grande, lo recuerdo. Eso no la asustaba. Mamá solía mandarle a callar antes de que dijera malas palabras. «Esas traen a los malos espíritus» decía ella. Pero, esta vez no lo dijo. Se limitó a apretarme la mano. El ambiente estaba tenso, como afilado. A mi me dolía la mano. Solo así sabía que no estaba dormido, que estaba despierto. Papá siguió bramando, no sé muy bien el qué, a la par que mamá me contaba historias, apretándome más y más la mano a cada instante. Hablaba de glorias viejas que yo no vi, mencionaba nombres, «Xavi, Iniesta, Casillas, Xavi otra vez…» de guerreros de nuestra patria, vestidos de rojo, que «una vez nos llevaron a tocar el cielo»… Esas palabras enigmáticas eran muy difíciles para mí. «Pasión», seguía runruneando ella, sin mirarme; «magia», a veces añadía.

No se me ocurría aún de qué estaba hablando ella. Yo veía gente de rojo, sí, pero no sabía si eran aquellos hombres los mismos que mi madre mencionaba. Desde luego no eran guerreros. A los guerreros deben de habérselos llevado a otra parte, pensé. Y en cuanto a los hombres que quedaban delante de mis narices, no sabían muy bien quiénes eran o lo que hacían, correteando y cayéndose tras un balón. Al menos parecía emocionante. Mamá seguía hablando, eso también lo recuerdo. Sus palabras parecían cobrar vida sobre el llano verde que se extendía hasta donde alcanzaba el horizonte, sin que el ojo tuviera obstáculo alguno sobre el que detenerse. Yo lo sentía. El balón se movía elegante, como las ranitas de los estancos. Mamá decía que estaba viva, y que además era una dama. «Por eso la tratan con dulzura». Volvió a apretarme aún más la mano. Y por algún motivo, de pronto lo vi todo.

Papá gritaba. El llano verde era de repente el paraíso. Lleno de vida, pensé, el balón es la ranita, se mueve de un lado a otro, los azules son ogros que ni la huelen… En las gradas, un dragón de mil cabezas, todas rojas y amarillas, escupían fuego, y en cada hemisferio del llano verde una red para cazar a la ranita. El mundo se había trabucado. ¡Ahora lo entendía; todo era mágico! Papá saltaba de alegría, «hoy sí, hoy sí»… Ahí estaban los guerreros de rojo, los nuestros, en el filo del llano verde, escapándose con la ranita; el dragón de fuera escupía fuego, mientras la ranita seguía mimando y dejándose mimar por los de rojos, aunque sin dejarse atrapar en la red. «Dulzura», exhalé casi sin voz. En este punto creo que le estaba apretando más la mano a mamá que ella mí. ¡Todo era tan mágico! No podía ni imaginarme a los guerreros rojos de otros tiempos; ni en qué consistía eso de tocar el cielo, o si quiera lo que la «gloria» pudiera significar. Y sin embargo, me dio la sensación de que delante mía todas aquellas palabras cobraban vida. La magia existía, demonios sí… así como la pasión. Los guerreros de rojo son los encargados de traérnoslas, ese es su verdadero trabajo , comprendí instantes antes de constatarlo.

No sé muy bien cómo explicarlo, pero creo que comenzamos a flotar. La ranita se había colado en la red, la endiablada, ¡hija de la chingada, llevaba negándose a entrar todo ese rato!, entró por capricho. El suelo dejó de existir entonces. Para todo el mundo. El dragón de la mil cabezas se echó a volar más alto que nunca; mamá lloraba. Ella nunca lloraba, al menos delante mía. Decía que las lágrimas atraen a los alacranes. Pero ahí estaba ella, llorando. Papá no sé muy bien donde estaba. La gente de mi alrededor gritaba y aullaba y chillaba y aseveraba y lloraba ¡gol!; elevándose, flotando como nosotros. ¡Íbamos arriba, carajo, nadie podía con nuestros guerreros! Yo lo recuerdo como un momento de suma dulzura, tan dulce como… Mamá me enseñó a no comparar. Aquello tampoco ostentaba comparación alguna. Había que vivirlo para entenderlo.

No aterrizamos en lo que quedó de partido, aunque a la ranita no le dio por volver a meterse en la red ni al dragón por escupir fuego de nuevo. Bien poco nos importaba a nosotros. No teníamos los pies en el suelo y, sin embargo, el mundo para nosotros se encontraba en perfecto equilibrio. Nadie quiso expresarlo, pero incluso yo me percaté. ¡El mundo era maravilloso! Corrijo; sigue siéndolo. Porque después de aquellos apoteósicos minutos, seguimos aquí, flotando, como si el suelo fuera una ofensa, como si soñar, más que un derecho, fuera una obligación. ¿Qué podemos hacer? Han sido los guerreros de rojo, los nuestros, los culpables de todo esto. ¡Venditos guerreros! Debajo de mí el suelo sigue alejándose. Mamá me sigue apretando la mano, para que no salga volando. «La pasión y la magia existen», me dice, «y con ellas volveremos a tocar el cielo».

Por telee04

Aspirante a comentarista. Fútbol champagne por bandera. "Non ridere, non lugere neque detestari, sed intelligere" Instagram: telee_04 Twitter: @_ErTele_

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