Prime Video rescata esos crudos momentos de dolor familiar, de tragedia por el adiós definitivo a un estilo de vida, a una forma de entender el mundo, en un excelente documental, ‘Los últimos doce días’, que narra las últimas horas de Roger Federer en la élite del tenis mundial
Aquel día Roger Federer amaneció con la decisión tomada, seguro de sí mismo. No titubeó al encontrar nuevamente hastiadas sus rodillas, cuando inspeccionó su cuerpo marchito que lanzaba ya alaridos de dolor punzante en señal de alerta. Peor que antes de la lesión, debió decirse. Mucho peor. Y no sucumbió a la resignación, a la pena o a la melancolía. Se fortaleció, y supo que aquello iba a ser el ocaso de todo: de su carrera, de su leyenda, de su pasión, de su vida tal y como la conocía. Una retirada a tiempo, como los Beatles, ironizó. Una que iba a ser dolorosa, indigna, criogénica, gris; pero sin duda mejor que la otra opción que le quedaba: ir arrastrándose por las pistas en las que logró gestas imposibles, donde grabó su nombre en los anales de la historia, incapaz ahora de parecerse siquiera a aquella lejana versión de sí mismo. Fue entonces, sólo entonces, cuando Roger Federer supo que no merecía la pena y que la elección más sensata (la única opción sensata, en realidad) era retirarse del tenis. Y grabó aquel maldito vídeo que nos partió el alma a todos.
Prime Video rescata ahora estos crudos momentos de dolor familiar, de tragedia por el adiós definitivo a un estilo de vida, a una forma de entender el mundo, en un excelente documental, Los últimos doce días, que narra las últimas horas de Roger en la élite, que inicialmente iba a quedarse tan sólo en la intimidad de la familia Federer y que ahora ha decidido publicarse; dato importante este último para entender el porqué del componente pasional, y también la eminente carencia del ingrediente comercial, invisible en el conjunto por raro que parezca.
La película viaja desde el momento de intimidad en que el extenista toma la decisión de abandonar hasta su último partido en el más alto nivel: dobles junto a su amigo Rafa Nadal, en la Laver Cup, la competición que él mismo impulsó, con aquel final agridulce en forma de derrota que no fue sino la prueba definitiva de que sus habilidades como tenista estaban comenzando a marchitarse.
Aviso para navegantes: éste no es el típico documental biográfico, épico, que cumple con mil tópicos y versa sobre las gestas del suizo, sus triunfos, sus récords, sus veinte Grand Slam, narrándolos a través del ya clásico lenguaje bélico-deportivo, de esa jerga tan claustrofóbica. Ni siquiera habla de la razón detrás de su elegante forma de pasar la bola al otro lado de la pista, ni de sus inicios prematuros en el tenis —al menos no funcionando todo ello como engranaje principal de la máquina, sino como telón de fondo de algo más complejo y heterogéneo—. Se trata, en realidad, y como su nombre bien indica, de un documental que explora un tema más maduro que ése: el ocaso de los deportistas, el crepúsculo de su carrera, y la dificultad de decidirse entre lo erróneo y lo acertado cuando por fin salpimienta su mente la idea, la decisión que termina por alejarlos sin vuelta atrás del deporte que aman, para el que suelen haber prestado servicio incondicional durante unos aproximados veinte años, transformándolos en personas diferentes, renovadas, jamás iguales. Una jubilación temprana y odiosa.
Roger Federer logra historiar el porqué de la dureza de la decisión, que es también su amor por el tenis. Dibujar el escenario lúgubre para quienes no lo comprendan del todo. Bocetear el cariño que le profesa a este deporte, que en sus palabras se parece mucho a una partida de ajedrez en cuanto que, para ganar, hay que sentir las intenciones y emociones que el rival imprime a la bola en cada punto. Y tiene aun así tiempo para honrar, aunque sea a posteriori, la figura de Novak Djokovic: «Ahora entendemos mejor a Nole. El panorama estaba dominado por Rafa y por mí, y nadie quiso la aparición de un tercer titán. Fue la oveja negra, fuimos todos muy duros con él, y he ahí la razón de su comportamiento inicial que tan bien ha ido puliendo con los años», sentencia el suizo.
En la vida no hay nada tan sensato como saber marcharse a tiempo. Y de cualquier cosa: de un matrimonio que hace aguas, de una relación que nos intoxica, de un proyecto que no merece la pena, de un círculo social ficticio, de los que siempre sonríen, de la gente de falso pedigrí y apellido pseudo nobiliario, de los perdonavidas, del poltrón que no entiende el concepto básico de la reciprocidad. En el caso de Roger Federer, éste tuvo que huir del deporte que estaba destrozando su cuerpo, empañando su firma, y que iba a terminar soterrando esa buena salud que le había acompañado durante sus años más fructíferos y dorados. Una retirada a tiempo, en definitiva, es siempre una victoria. Es ésa y no otra la única moraleja válida, una importante lección de vida que regala el documental para quien quiera aplicársela.
Termina uno Los últimos doce días desolado al comprobar que los héroes de un pasado mejor en la competición lo van abandonando, que toca ir despidiéndose de los ídolos de la infancia, o acaso de la sombra lúgubre que se yergue sobre lo que un día fueron, enfangando sus capacidades y engañando a los jóvenes que jamás les vieron brillar. Destrozado y melancólico (y hay que reconocerlo) con esas lágrimas de Nadal al final del documental, porque no sabemos cuánto tiempo más va a durar la suya, a tardar en abrazar el concepto, en tomar la misma decisión que su compañero. En retirarse también del tenis. Cuando llegue ese momento, que noto se va acercando como lo hace un depredador salvaje a su presa, no habrá Sinners o Alcaraces capaces de consolar tan desierta orfandad. No quiero siquiera imaginar, si el adiós de Roger se siente ya como una puñalada criogénica, el día lúgubre en que comprobemos que tampoco está Nadal.