Capítulo I
Nadie las veía y, sin embargo, las serpientes blancas estaban ahí. Yo, sobre el césped. Lo recuerdo bien. Con las piernas engarrotadas, los brazos en tensión, el torso adornado por el emblema de mi patria, la vieja Escocia, la cara roja y el oído aguzado; podía oírlas. Jamás olvidaré aquellos siseos de sus lenguas bífidas: «Wir werden gewinnen«, parecían decir, pero a mi me sonaba como una onomatopeya, un ZZZssSSZzzzzz. Era como un grito de guerra. «Las muy jodías…» cavilaba yo en susurros, como si pudieran leerme los pensamientos. «¿Podrán?». No lo sabía. También las oía reptar, colarse por entre los recovecos de la defensa, filtrar pases, manchar el césped a su paso; siempre amenazando con morder. Estaban en todas partes. Eran… infinitas ¡Infinitas te digo! ¡Dios mío de mi vida cómo era posible que nadie más las viese como yo lo hacía!
ZZZssSSZzzzzz escuché el siseo de una de ellas a mi lado… Me había descuidado. Había pensado en gritos. Y ahora aquella se encontraba ahí, a mi lado, cabreada, inevitable… Yo estaba muerto de miedo. El campo, ahora repleto de sus babas y de su cuerpo sinuoso, ya no representaba un lugar seguro. O eso sentía. Yo aguardaba mi trágico destino con los ojos cerrados, clausurados, game over dude, parecía como muerto. Espero que usted, querido lector, no me juzgue por esto último. Quiero decir; ¿cómo los iba a abrir? ¿Hubiera servido de algo? No. Las luces estaban difuminadas; el mundo parecía como parado, aunque a decir verdad no recuerdo si era de noche… ZzzZZsss volvió a dejarse oír, la muy puta, tan cerca que casi llegué a olerle el veneno que le goteaba de los colmillos. ¡Gol!¡Gol!¡Gol! gritaban y gritaban en la grada. Yo temblaba. Trataba de ocultarlo, pero creo que no servía de mucho. El hedor del veneno me traspasaba como una saeta. Era vomitivo. Decidí agarrarme el escudo de la camiseta… ¿Que por qué? Supongo que no se me ocurrió otra cosa. Para entonces, en las gradas, las otras serpientes parecían haberse relajado.
Capítulo II
«Bien pensado». No lo pronuncié, pero lo di a entender con el rostro. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Estaba claro! ¡El entrenador tenía toda la razón! Él no paraba de gesticular con estrépito, estrellando patadas contra el aire, gritando que, cuantas más infracciones provocara, menos se iba a jugar. «Y si no se juegan, las serpientes no me pueden morder», reflexioné. Debía trastabillar, pisar, derruir, hacer volar los balones, quitármelos de encima… Aquella solución fue cómoda y llevadera al principio, casi diría que disimulada. Las serpientes, sin embargo, no se despegaban de mí, ZZZssSSZzzzzz, ¡Gol!¡Gol!¡Gol!, se oía a cada instante; ¡Gol!¡Gol!¡Gol!; pero yo ya no me amedrentaba. Las miraba, de tú a tú, a solas con ellas. Permanecíamos entonces inmóviles, frente a frente, como en las películas de vaqueros, antes de sacar los revólveres ¡Las desafiaba, por Dios y la Virgen Santa!
Ellas podrían haber descubierto en cualquier momento sus colmillos punzantes, haber chorreado un poco de su hediondo, mortal veneno. Pero no lo hacían. Se limitaban a mirarse entre sí, a filtrar balones, ¡pases por aquí y allá!, y a emitir aquel siseo desagradable ZzzZZsss. Yo me mantenía firme con mi nueva táctica. «¿Ahora qué, cabronas?». El árbitro se llevó el silbato a la boca. 3-1 a la primera parte. Estaba vivo, había llegado vivo a la media parte, carajo. Era una gran noticia. Sin embargo, en un momento dado hubo que volver al césped. Para cuando ya estábamos todos, la situación con las serpiente blancas se tornó… delicada.
Capítulo III
Hoy es un día importante. Revisando las notas de ayer, todo lo que puedo decir es que estoy vivo. ¡Oh, qué gran noticia! Sobreviví, señores y señoras, ¡he aquí, ante ustedes, el gran suertudo! Eso sí, todo tiene un precio. Personalmente, he pagado muy caro el oxígeno que aún comparto con mi querido lector, que se estará preguntando, ¿pero qué diablo pasó en la segunda parte? ¡Habla!… Está bien, esta bien. Lo cierto es que el partido fue una ruina, ¡un desastre absoluto! Hasta dos veces más nos marcaron. 5-1. Y bien lo relataría, no soy necio ni cobarde, no me da miedo admitir mis fracasos; pero ha de creerme, querido lector, que lo que queda de las notas que tomé ayer sobre el partido no es más que una maraña inconclusa de ideas e improperios. He podido comprobar que, allá por el minuto 68, con el cuarto gol de las serpientes, dichas notas tomadas por un servidor se tornaron del todo ilegibles y desquiciantes. Ningún provecho se puede sacar, pues, de lo que quedó de segunda parte.
¡No importa! ¡5-1; queda dicho! Como iba aseverando, hoy es un día fundamental. Perdí la guerra contra las serpientes blancas, sí, porque me paralizaron de miedo. Pero no fue una derrota fulminante. Lo cierto es que aprendí, aprendí mucho sobre las serpientes. Dicho aprendizaje fue gradual; pasaban los minutos, recuerdo, ¡Gol!¡Gol!, Aquello no importaba. ¡El partido era una sandez, una pantomima! Yo para entonces no hacía más que pensar; reflexioné hasta percatarme de que, en realidad, las serpientes blancas no saben morder; su veneno es solo el miedo. También creí comprender, ya casi al término de los 90 minutos, que el fútbol solo te corresponde si lo juegas con alegría, que en las tanganas soy menos yo mismo, porque en ellas no juego, no me muevo, no salto, no estoy vivo; así como soy menos yo mismo sin mis compañeros, quienes nunca jamás percibieron aquellas serpientes ignominiosas, y, sin embargo, las sufrieron como yo. Aprendí, en fin, que domar a las serpientes blancas no era un ejercicio de temor, de toma y daca, o de huir… sino que es cuestión de simpleza y orgullo. Repito, ¡aún estoy vivo! Y lo cierto es que estoy orgulloso de ello. Pronto volverán las serpientes, ¡oh, lo sé de buena tinta, se lo aseguro, queridísimo lector!; pero para entonces, yo ya seré otro…