Bustos realiza en ‘Casi’ una labor que escapa de la habitual agenda política con que convive, del ajetreo del golpeo a la Olivetti para entregar la columna a tiempo, del artículo de opinión que para él es ya una costumbre. Es un viaje que realiza un escritor cervantino alimentado en el Siglo de Oro, y por la mejor tradición de la literatura española, partiendo de la indiferencia para llegar a la compasión, del vistazo a la mirada en profundidad, del ajetreo a la tranquilidad del buen observador
Cuando regresé de aquel paseo por la Villa Borghese y la Piazza del Popolo, allí ya estaba ella: en ese concreto momento del espacio y el tiempo, casi por casualidad. Como si me estuviera esperando, de algún modo literario, novelesco, escrito con anterioridad. Lamiéndose las heridas cual si se tratara de un animal salvaje que, desamparado y abandonado por todos los dioses de la humanidad, hubiera perdido definitivamente todo resquicio de esperanza. No esperaba nada ni dejaba tampoco de esperarlo, desconectada y apagada en mitad del ir y venir de esas calles que conducen a la Plaza España de Roma. No había nada que fuera capaz de ayudarla. Padecía inquietud, nerviosismo, y aparentaba sentir frío aunque a la Ciudad Eterna la hubiera desteñido un extraño sol ardiente aquel primaveral mediodía. No era nada, aparte de una sucísima mancha en el camino de varios abogados bien acicalados, trajeados y demasiado apurados como para siquiera plantearse que esa mujer era tan humana como ellos. Es más sencillo prender el cigarrillo, reajustarse la corbata con maldad y seguir adelante, indiferentes. Y ella tenía la mirada inerte, entre la ilusión y la desesperanza si tal oxímoron es posible. No supo nunca mi nombre, tampoco supe yo el de ella ni el de su hijo de corta edad, a quien protegía de la suciedad del soportal en que se encontraban, cargando al muchacho en sus brazos de fuerzas flacas por el hambre, el hastío de vivir sin un techo al que acudir a la caída de la luna.
En aquel momento algo dentro de mí quebrantó. Venía yo de dar un paseo vacacional, confiado y arremangado, en mangas de camisa, extremadamente alegre, disfrutando galanamente de una ciudad que ni siquiera me pertenecía, y al amparo cómplice de un par de zapatillas cuya suela premium convierte mágicamente el empedrado de Roma en suelo llano, liso y fácil de caminar; ella vestía ropajes que con suerte le aguantaron un día más, estaba descalza y abrazando a su hijo, esperando durante horas interminables a la llegada de alguien con el suficiente coraje como para atreverse a mirar abajo sin asco o indiferencia. No había más; tampoco menos.
Sus ojos no mentían, porque los ojos son el espejo del alma y su alma era pura, prístina, rota pero no de maldad sino de mala suerte. A través de su iris vislumbré que no pedía dinero para proseguir con los mismos vicios que precisamente la habrían dejado en tal situación de desamparo: cigarrillos, droga, juego, alcohol. Nada de eso: sus ojos eran los de una mujer apuñalada por las inescrutables razones del destino. Pedía para poder comprar algo de alimento y bebida, para saciar sus necesidades y las de su hijo por encima de las suyas propias. Lo supe también porque no insistía: tan sólo se limitaba a esperar mientras su paciencia estaba ya a punto de agotarse. Su rostro era auténtico, suficiente como para narrar el final de su trágica historia sin necesidad de atosigar al paseante como hacen esos que piden insultando, alcoholizados, apestando a ron. Existe (siempre lo hace) la posibilidad de que no pidiera por escasez verdadera sino por maldad fatua y engañosa, aunque en este caso supe que la probabilidad era ínfima, casi nula. No fui ingenuo. Ella no iba a ser, me dije. Así que decidí agacharme, empatizando, donde otros nunca hincan la rodilla.
Fue el momento en que cambió su día, también su mirada, abrazada ahora por una pincelada de color entre aquel desazonado blanco y negro tono desaliento. Rebusqué entre mi conocimiento de inglés un par de palabras anglosajonas que entendiéramos ambos a fin de desearle que aquella situación no la maltratara mucho tiempo más. Sonrió sabiendo que lo que la decía rozaba lo imposible, pero agradeciéndome aquellos euros que, junto con lo poco que había recaudado horas antes, la iban a mantener a flote un día más. O sea, iba a poder comprar algo de comida, artículo de lujo para esa vida suya que maldecía con todas las energías que la quedaban, que eran pocas; vida cuya única luz era un hijo al que era incapaz de brindar cuatro paredes y un techo, fracasando como madre incluso a sabiendas de que aquello no iba a ser jamás culpa suya. Y al día siguiente, una vez más, vuelta a empezar, peleando por que ese amanecer, que ella seguramente vislumbrara negruzco, tanto como todos, no fuera el abrupto e injusto fin de su vida. Ni tampoco de la de su hijo.
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El Centro de Acogida San Isidro de Madrid, muy cariñosamente apodado como «Casi» por aquellos que en él andan involucrados, desempeñando labores solidarias y sosteniendo un tiempo más esta amoral civilización nuestra que se resquebraja por momentos, acoge en la capital española a cientos de personas desabrigadas que encajan en la descripción de la mujer romana sin nombre y su hijo de corta edad —a diferencia, por ejemplo, de lo que hace la marmórea residencia papal a las afueras de la ciudad de Rómulo y Remo; historia para otro día, momento y artículo—. Es éste el centro más grande y antiguo de España dedicado al acogimiento de hombres inermes, de escombros que la celeridad de nuestros días modernos ha ido dejando a su paso, de personas carentes de vivienda, comida y agua con las que un día Jorge Bustos se encontró en el mismísimo portal de la vivienda a la que se acababa de mudar. Al principio los sorteaba, evitando pisarlos, como haría cualquiera al toparse con un obstáculo, vivo o inerte, que le separase de la calefacción de su domicilio en pleno invierno. Luego decidió observarlos, acercarse a ellos sin aporofobia, agacharse sin prejuicios y empatizar sin apartar la mirada de su triste realidad, inevitablemente porosa, conmovedora, melancólica, sorda por inconveniencia: a nadie, a ningún político con corbata o sin ella, con coleta o cuero cabelludo revuelto por enarbolar una revolución hasta con el peluquero le interesa hablar de ellos. Y de esos años de prisma y observación moral de diario lo que le ha terminado por salir es, finalmente, un libro: una obra literaria de no ficción a medias entre aquellos reportajes de las llagas de la España negra que realizaron Solana y Baroja, una crónica del desamparo (como bien reza el subtítulo de la obra) y una interpelación directa a todos aquellos ciegos por conveniencia y facilidad en formato de libro de relatos cronísticos. O en palabras de Javier Cercas:
He aquí un relato sin ficción que hace, con un coraje y una limpieza admirables, lo que solo la literatura de verdad puede hacer: volver visible lo invisible, enfrentándonos a una realidad —la de la pobreza y la exclusión radicales— que no queremos ver. Un libro magnífico.
Javier Cercas critica Casi, de Jorge Bustos con Libros del Asteroide
Bustos realiza en Casi (Libros del Asteroide) una labor que escapa de la habitual agenda política con que convive, del ajetreo del golpeo a la Olivetti para entregar la columna a tiempo, del artículo de opinión que para él es ya una costumbre: es un viaje que realiza un escritor cervantino alimentado en el Siglo de Oro, y por la mejor tradición de la literatura española, partiendo de la indiferencia para llegar a la compasión, del vistazo a la mirada en profundidad, del ajetreo a la tranquilidad del buen observador. Si fuéramos cursis, diríamos que Jorge Bustos ha forjado una mejor versión del propio Jorge Bustos, más resiliente e inclusiva, a partir de una toma de contacto con sus más desfavorecidos convecinos de las calles de Madrid, esos que afirma el autor han perdido lo segundo que pierde quien pierde su casa: el lenguaje. Y cuando alguien carece de hogar y de cuantos conectores argumentales son necesarios para expresarse con claridad, pregunta el autor con deprimente sorna, ¿qué les queda entonces salvo vivir días inertes, mortecinos, lánguidos y faltos de rumbo claro?
Bustos demuestra en esta obra, aún oliente a delicioso libro nuevo, que fuera de la tinta de los periódicos y de la guerra armada que padece el parlamento también es capaz de brillar. Le sienta bien ponerse el pantalón de franela de escritor, abrazar la literatura casi traicionando a la actualidad más inmediata, que es su máxima desde que es periodista y la prensa, su soporte vital. Reposar realidades, sacar alguna conclusión certera de entre las inevitables incógnitas literarias que surgen al tratar la realidad por esta vía tan cruda y cruel, ponerle los adjetivos a cuanto sucede en las calles de España, enfrascar vivencias para que el lector viva aquello que no ha vivido jamás. Escribir, en definitiva, si es que eso tiene aún algo de sentido lógico a estas alturas.
Como ya hiciera en su anterior obra para la misma editorial, Asombro y desencanto —un doble viaje por la ruta de Azorín, a través de la Castilla la Mancha de Don Quijote, Sancho y Dulcinea del Toboso, y la elegancia de mil pueblos franceses hasta desembocar en París y el Louvre, pasando por varias localidades al otro lado de los Pirineos que muestran vestigios del desembarco de Normandía y la ocupación nazi al país galo—, el autor escribe sin autocensura, sin miedos o traumas de escritor incompleto por la triste cobardía de tachar lo imprescindible. Quien avisa no es traidor, así que aviso: Casi no es para todo el mundo, sino sólo para esos que aún resguardan algo de probidad en su interior. A menos que uno esté dispuesto a toparse con el relato de una sintecho prostituida que afirma escoger voluntariamente a un chulo, pues prefiere ser violada por un hombre a ser violada por incontables, es mejor proseguir encerrado en la dulzura de la sección de fantasía, o en la de autoayuda. Para el resto, todos aquellos que quieran abrir los ojos de una buena vez y tras esta necesaria bofetada o tirón de orejas que nos da Jorge Bustos, se lo aseguro, Casi es una lectura imprescindible.