Seminci

El Teatro Calderón de Valladolid acogió el pasado sábado la presentación de la 68ª edición de la Semana Internacional de Cine de la ciudad, estrenando ‘La contadora de películas’, un íntimo filme nacido en Chile que reflexiona sobre las historias y el cine como arte que permite escapar de cualquier realidad

Valladolid es una ciudad añeja, achispada, ante todo elegante, que amanece rojiza y atardece violácea y bañada en oro. Como el buen vino, mejora con el pasar de los años, y se descubre distinta a ese retal de la infancia aprehendido en la primera vez que se visita. Valladolid es un poema de Zorrilla, una novela de Delibes, preferiblemente El Hereje, que escribe un capítulo más en lo que dura un día. Una ciudad que se disfruta gustosamente solo, pero aún mejor en compañía de quien, experto en Valladolid por tropezar antes con ella, aguerridamente conoce sus rincones.

Pucela siempre se embrutece, y tan solo domándola de su Plaza Mayor a La Antigua se puede atrincherar uno aquí, a escapar de mil y un problemas bañándolos en páginas. Enfrascado uno en su cultura descubre que todo duele menos, siente que respira por primera vez y echa a andar como si de muchacho nunca hubiera aprendido a caminar con cierta clase. Que Valladolid, del ocaso al alba, le vuelve a uno adulto o, mejor aún, persona.

Aunque Valladolid, aun experta en todo eso, es capaz de vestirse. De vestirse de gala para las ocasiones especiales, aquellas en las que no asistir en traje y corbata induciría al desentono. Ocasiones de concierto, de obra teatral o directamente de cine de autor en la Seminci, en el ecléctico Teatro Calderón, donde en su interior de herradura a la italiana van a presentar sus prismáticas películas directores cosmopolitas, modernos, y actores de mirada chic, tan profunda como lo es Valladolid.

Y el sábado se inauguró la sexagésima octava edición de la Semana Internacional de Cine o, mejor dicho, la inauguró la refinada Marta Nieto con un discurso tan sofisticado como descansado; presentando a diversas personalidades de la esfera cinematográfica europea, así como las actividades, secciones y películas que conforman la Seminci este año, que servirá además como preludio de los premios Goya que para el venidero 2024 han escogido como sede la ciudad de Valladolid.

El filme exhibido ayer, La contadora de películas, una obra ungida en Chile y de indiscutible aspecto chileno, sirvió como aperitivo, como entrante, de esos que una vez ingerido no apetece pasar al primer plato. Se trata de una película que termina por reflexionar sobre el arduo arte que es contar historias y sobre el cine en general, entendido como arte que hila historias y almas; como arte con que la mente humana se cree capaz de volar.

Es además La contadora de películas una obra humana, visceral, de anécdotas rurales, casi rústicas, porque la acción prácticamente no escapa del pequeño pueblo en que se desarrolla la trama. Su historia la cuentan esos dejes del acento chileno a golpe de terminación latinoamericana, tan bellos como reacios a ser comprendidos por un chico de Castilla.

Goza asimismo de un beneficio del que otros filmes similares carecen: el espectador puede llegar a desconectar, pero se mantiene en vilo por el qué ocurrirá, y al final de la película no le sale otra cosa que aplaudir hercúleamente una producción que termina definida en la palabra «íntima».

Porque quizá La contadora de películas no merece un Óscar, principalmente porque no nace en Hollywood, pero sí un reconocimiento aquí, en la Seminci; porque quizá lo que mejor le haya sentado a La contadora de películas es haber sido presentada en los mejores días culturales que atesora Valladolid.

Por Raúl R. Méndez

Cuando vi Oppenheimer supe que el cine se había terminado: no había nada más que pudiera superar aquello. Aunque, bueno. Las de Audrey Hepburn tampoco están nada mal: Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes, Una cara con ángel… Ya me entienden. Comprendí que la vida está hecha de un matiz de grises a mi quinto libro. ¿O fue a mi quinta novela de Arturo Pérez-Reverte? La verdad es que ya ni siquiera lo recuerdo. Cursé el bachillerato de ciencias, y en lugar de apostar por un grado en bioquímica me decanté por el periodismo y la escritura. Desde entonces, bueno. Ahí voy. Partido a partido.

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