Hace justo una semana que ocurrió el accidente ferroviario de Urda y todavía me cuesta asimilarlo. Vivir algo así en primera persona te hace tomar conciencia de lo vulnerable que puede llegar a ser nuestra vida y de cómo, a veces, decisiones tan cotidianas como coger un tren pueden cambiarlo todo.

Nunca imaginas que un día puedes ser tú quien se vea implicado en una tragedia. Mucho menos en un accidente ferroviario. Los trenes son, en teoría, uno de los medios de transporte más seguros y quienes viajamos habitualmente en ellos hemos terminado normalizando las esperas, los retrasos y las paradas que asumimos como parte del trayecto.

El 28 de octubre yo estaba en Atocha, esperando el tren de las 7:45. Había perdido el de las 6:25 y necesitaba llegar al trabajo. Circulábamos a una velocidad algo lenta y mi única preocupación era llegar a tiempo. Cuando el convoy se detuvo, aproveché que el asiento de al lado estaba vacío, apoyé la espalda en la ventana y me puse a leer un libro.

Hasta que, de repente, llegó el impacto.

Prefiero no revivir en estas líneas cada detalle de lo que sucedió después. Quienes estuvimos allí sabemos que hay imágenes y sensaciones que difícilmente se borrarán de nuestra memoria.

De lo que sí quiero hablar es de las personas que, en medio del miedo y la incertidumbre, estuvieron ahí.

Del chico que me tendió la mano para tranquilizarme cuando no podía dejar de temblar. De la chica que me prestó su batería portátil, evitando que mi teléfono se apagara. Gracias a ella pude ponerme en contacto con mis padres y comunicarles que estaba bien. También recuerdo las conversaciones que mantuvimos mientras esperábamos a que la Guardia Civil nos indicara qué teníamos que hacer. Aquellas charlas consiguieron que la espera fuera un poco más llevadera.

Y, especialmente, quiero dar las gracias a Eduardo, un vecino de Urda que aquel día no dudó en abrirnos las puertas de su finca, rompiendo sus verjas, para que pudiéramos salir de las vías y ponernos a salvo. Después, nos llevó en su coche hasta la carretera más cercana para que nuestros familiares pudieran recogernos. Nunca olvidaré lo que hizo por nosotros. En un momento en el que necesitábamos ayuda, Eduardo decidió prestárnosla sin pensárselo dos veces.

Cuando vives una situación así, es inevitable que después te surjan muchas preguntas. ¿Podría haber sido yo una de las víctimas? ¿Habría podido hacer algo más para ayudar? ¿Se podría haber evitado? ¿Volveré a subirme a un tren con la misma tranquilidad de antes?

Algunas de estas preguntas empiezan a encontrar respuesta. Otras, sin embargo, todavía necesitan tiempo. Me cuesta aceptar que un trayecto tan habitual para mí, uno más de tantos, haya terminado convirtiéndose en una experiencia que, de una forma u otra, me acompañará toda la vida.

Vivimos con la sensación de que somos invencibles. De que nada puede alterar nuestra cotidianidad, de que mañana será otro día y podremos seguir haciendo los mismos planes. Nos preocupamos por cuestiones que, vistas desde otra perspectiva, resultan insignificantes. Dejamos llamadas para otro momento, aplazamos planes y damos por hecho que siempre tendremos otra oportunidad. Hasta que sucede algo que te recuerda que no siempre es así. Que la vida puede cambiar en un instante y que muchas de las cosas que consideramos seguras no lo son tanto.

Me daría muchísima rabia que, como ocurrió con el accidente de Adamuz, el paso del tiempo terminara relegando lo sucedido al olvido. Porque quienes estuvimos aquel 28 de octubre en esos trenes no vamos a olvidarlo.

No podemos permitir que se convierta en una noticia más que desaparece de la actualidad con el paso de los días. Las personas que viajábamos allí merecemos tener la certeza de que se van a tomar medidas para que algo así no vuelva a suceder. Porque viajar en tren no debería convertirse nunca en una cuestión de suerte. Merecemos tener la tranquilidad de saber que vamos a llegar sanos y salvos a nuestro próximo destino.

La vida me ha dado una segunda oportunidad. Y no pienso desaprovecharla.

Hoy soy consciente de la suerte que tengo de poder contar lo ocurrido y y, sobre todo, de seguir escribiendo mi propia historia. Porque, si algo he aprendido de aquel 28 de octubre, es que estar vivos ya es motivo suficiente para celebrarlo.

Por María Peinado Lafuente

Periodista. Puedes leerme también a través de mis redes sociales. Instagram y Twitter: maria_peinado22