Carles Tamayo llega a RTVE

El primer capítulo de Se nos ha ido de las manos, titulado Un activo seguro, comienza con un objetivo audaz: investigar hasta qué punto se han normalizado dinámicas sociales problemáticas, llevándolas al extremo a través de un experimento real. En este contexto, la atención se centra en la crisis de la vivienda, y el periodista Carles Tamayo asume el papel de un especulador inmobiliario para infiltrarse en el sistema.

El resultado es un capítulo que impacta, pero que también deja interrogantes significativas sobre su profundidad y enfoque.

Una de las grandes fortalezas del capítulo es la capacidad de Carles Tamayo para transformar un tema complejo en algo comprensible y narrativamente atractivo. En lugar de limitarse a entrevistas o estadísticas, el programa elige «representar» el problema: crear una empresa ficticia y actuar como un inversor agresivo.

Esta estrategia funciona especialmente bien en televisión, ya que permite al espectador observar desde dentro prácticas que normalmente permanecen ocultas o resultan difíciles de entender. La experiencia se aproxima a la de una ficción, lo que facilita la conexión y contribuye a que el mensaje se comprenda con claridad.

Sin embargo, esa misma claridad representa también su mayor debilidad. El episodio construye una narrativa bastante unilateral en la que el mercado inmobiliario se presenta como un sistema intrínsecamente depredador, dominado por agentes sin ética.

Aunque esta perspectiva se alinea con una percepción social generalizada, el programa apenas introduce matices. Son pocas las voces que completan el panorama —economistas, reguladores o pequeños propietarios—, y tampoco hay un análisis profundo que aclare cómo se ha llegado a esta situación. El resultado es una crítica poderosa, pero simplificada.

Carles Tamayo

En cuanto al estilo, el programa transita por un camino intermedio entre el reportaje de investigación y el experimento social. Esta forma se asemeja a formatos modernos que buscan incluir al periodista como protagonista, algo que Salvados popularizó en su momento. 

Sin embargo, aquí, el elemento performativo es aún más pronunciado. Todo está diseñado para llevar al espectador hacia una conclusión específica, lo que puede generar cierta sensación de artificialidad. No es que el contenido sea falso, pero sí está claramente orientado.

Narrativamente, el episodio destaca por su ritmo ágil y su capacidad para captar la atención. La realización es contemporánea, con un montaje dinámico y una estructura clara que evita el aburrimiento habitual en ciertos reportajes televisivos. Esto lo convierte en un producto accesible, especialmente para audiencias más jóvenes, algo que se alinea con el intento de RTVE de actualizar sus formatos.

Sin embargo, esta agilidad también conlleva sacrificar cierta profundidad. Se prioriza el impacto inmediato por encima de la reflexión pausada.

Otro aspecto importante es el tono ético del episodio. La crítica es evidente y, en muchos momentos, válida. El problema surge cuando el programa parece más enfocado en generar indignación que en promover comprensión. Esto no invalida su mensaje, pero sí limita su efectividad como herramienta de análisis. En lugar de incentivar un debate completo, tiende a reforzar una idea ya asumida por gran parte del público.

En resumen, Un activo seguro es un comienzo sólido y audaz para la serie. Posee carácter, una idea definida y la capacidad de provocar debate. Sin embargo, también muestra una tensión persistente entre lo espectacular y lo analítico. Si la serie aspira a consolidarse como un referente, deberá encontrar un mejor equilibrio entre estos dos aspectos: mantener su potencia narrativa sin dejar de lado una perspectiva más completa y detallada. Por ahora, el resultado es efectivo, pero carece de profundidad.

RTVE

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