El ser humano es social por naturaleza, como ya señalaba Aristóteles hace miles de años. Pero, ¿qué ocurre cuando la propia sociedad con la que debes convivir te pone impedimentos, te quita herramientas y entorpece la integración que buscas? Ese es el pensamiento que ronda las mentes de muchos jóvenes que, solo por su procedencia, nivel económico, orientación sexual u otros factores, terminan siendo rechazados por la mayoría social, quedando condenados a una vida de miedo, inseguridad y abandono.
A lo largo de su vida, una persona experimenta diferentes situaciones que le ayudan a aprender, descubrir y fomentar su desarrollo personal. Sin embargo, gran parte de la construcción de uno mismo depende de su relación con los demás. Cuando la sociedad en su conjunto no actúa como elemento integrador, otros aspectos deben intervenir en el universo personal del sujeto, sirviendo como herramienta de trabajo, diversión, evolución del conocimiento y desarrollo social.
Una de las armas más potentes en esta lucha es el arte. Esta disciplina se originó hace miles de años y, a lo largo de su historia, siempre ha tenido una gran simbología social y política, de ahí su fuerza para influir en el rumbo de la historia. Normalmente, se habla mucho de la literatura y la pintura, pero no hay que olvidar a una de las grandes artes, quizá hoy una de las más populares: la música.
Bajo el concepto de la música como herramienta de unión, lucha y cambio, surgen numerosas organizaciones que se nutren de esta disciplina para llevar la creatividad y el arte de las melodías y los ritmos a las zonas con mayores dificultades. Se busca que sus habitantes, especialmente los jóvenes y niños que todavía se encuentran en un periodo de formación, tengan acceso a una vía de entretenimiento, desarrollo personal y cultural, y, sobre todo, a una motivación que les recuerde la importancia de sus acciones y su valor como personas, pese a las condiciones en las que se vean obligados a vivir.
Para entender cómo la música se utiliza como herramienta de cohesión y motivación para jóvenes y niños, hablamos con tres asociaciones que utilizan las claves, notas y pentagramas como guía de su trabajo con pequeños que necesitan un espacio seguro y abierto. En él aprenden a convivir, a valorarse a sí mismos, a valorar también al prójimo y a contar con suficientes oportunidades para desarrollar su mentalidad desde un enfoque creativo, intelectual y ético.
Música por el Cambio
Para comprender el funcionamiento de estos colectivos y su uso de la música, nos trasladamos a Madrid, concretamente al barrio de La Latina, donde una pequeña agrupación de reciente creación, llamada Música por el Cambio, realiza pequeños talleres en diferentes centros escolares de la zona, mostrando a los pequeños un nuevo mundo guiado por las melodías y los ritmos.
Mariana Aranguren es la presidenta y una de las fundadoras de este colectivo, que lleva casi dos años de existencia. Violinista profesional de origen latinoamericano, Aranguren busca llevar a los barrios madrileños la esencia y estructura de un proyecto similar llevado a cabo en Venezuela llamado El Sistema, una asociación que puede ser considerada la primera piedra del uso de la música como medio de integración social, y sobre la cual volveremos a hablar más adelante.
Según explica Aranguren, el objetivo de Música por el Cambio no se limita a ofrecer una formación musical básica ni a ser una actividad extraescolar más para mantener a los niños entretenidos. «El objetivo es inspirar a los niños a través de la música y dotarlos de herramientas personales para enfrentarlos a la vida», afirma la fundadora, quien resume la labor de su organización.
Ella misma destaca que la música, como tal, «no resuelve los problemas», pero puede emplearse como «una herramienta para un programa de carácter social». Este proyecto está dirigido a comunidades con limitaciones económicas o realidades sociales diversas, que a menudo se ven limitadas por el status quo imperativo vigente. Lo que busca Música por el Cambio es justamente romper esas barreras y hacerles saber a los menores que «ellos son capaces de lograr sus metas a su manera, no según lo que indica un sistema». Por primera vez ellos van a dejar de estar ocultos para «ser los protagonistas».
Aranguren destaca también un aspecto muy valioso de la música: su polivalencia. La violinista explica que, dentro de sus grupos de trabajo, conviven realidades multiculturales muy diversas, pero que la música ofrece la oportunidad de integrar de manera sencilla a cada uno de los individuos pertenecientes al grupo, sea cual sea su origen. Cuando una persona nueva llega al grupo, se puede incorporar al repertorio piezas que remitan a la cultura de este nuevo integrante. Todo esto facilita la creación de un «nexo común» con el resto de sus compañeros, haciendo que el alumno «deje de ser un desconocido».

Siguiendo esta idea, la fundadora de la asociación subraya uno de los valores centrales de esta formación social: lo colectivo, la convivencia. Para trasladar este concepto al mundo de la música, se utiliza la unidad más colectiva de la disciplina artística: la orquesta. Aranguren define a este tipo de agrupación como un «microcosmos social» en el que los alumnos comprenden que son «una célula de un cuerpo muy grande». La correcta sonoridad de la orquesta depende siempre de un buen trabajo colectivo; por ello, si los alumnos desean sonar bien, deben aprender a convivir y trabajar en grupo, volviendo al objetivo principal de todos estos proyectos: integrarse en la sociedad y aprender a convivir.
La utilidad y el aprendizaje que aporta la orquesta queda reflejado en las palabras de Mariana Aranguren: «Los niños aprenden que hay momentos en los que tienen que liderar, pero que en otros simplemente tienen que dar un paso atrás y ceder. El trabajo se divide en dos fases: primero experimentar y luego ser conscientes de lo aprendido».
Música del reciclaje
El uso de la música como herramienta social es todavía una técnica relativamente novedosa. Muchos de los proyectos que se apoyan en esta disciplina artística se encuentran todavía en fase de formación o ultimación de detalles, pero en España ya existen organizaciones que han logrado construir una estructura sólida suficiente para permanecer fija dentro del ámbito nacional.
Para conocer uno de estos proyectos emblemáticos no es necesario desplazarse demasiado: basta con ir al madrileño barrio de Vallecas, donde se encuentra la sede de Música del Reciclaje. Según Mercedes Gómez, directora del servicio de pedagogía de la institución, Música del Reciclaje es un proyecto fundado en 2014 por Ecoembes y la reina emérita Sofía. La iniciativa surgió tras la visita de la entonces reina de España a uno de los conciertos de la Orquesta Cateura, una agrupación de origen paraguayo que reúne a jóvenes y niños de localidades cercanas al vertedero de Cateura e interpreta un amplio repertorio utilizando instrumentos fabricados con residuos reciclados.

Tras este concierto, la reina Sofía quedó impactada con el gran trabajo que realizaba esta organización paraguaya y, con el apoyo de Ecoembes, buscó trasladar la misma iniciativa a la capital de España. La base del proyecto se fundamenta en torno al lema de la agrupación paraguaya: «La vida nos da basura y nosotros le damos música».
Los valores del reciclaje son el elemento diferencial de esta institución: no se busca únicamente mostrar a los jóvenes su capacidad innata para salir adelante, sino que también se les educa en torno a principios de gran relevancia en la actualidad, como el reciclaje. Dentro de Música del Reciclaje, más allá de la orquesta, existe un curso de construcción de instrumentos a partir de materiales reciclados. Este taller está impartido por miembros de la casa Fernando Solar, un negocio con más de tres generaciones de experiencia en el mundo del luthierismo.
Al igual que en otras organizaciones, desde Música del Reciclaje se fomenta de manera constante el trabajo en equipo y la convivencia musical como herramienta de aprendizaje. La orquesta sigue siendo la pieza fundamental de la formación social de los jóvenes participantes de este proyecto. Según Mercedes Gómez, el objetivo de estas agrupaciones musicales es la creación de «hábitos sociales» y de una «conversación» que haga sentir a los músicos «parte de una comunidad». La institución trabaja no solo en escuelas del barrio, sino también en centros de acogida, aldeas infantiles y espacios para mujeres, lo que permite observar cómo, a partir de la práctica de la música, personas con múltiples y diversas realidades sociales logran formar una comunidad única, estable y colaborativa.
Aunque desde Música del Reciclaje recalcan continuamente que su labor es social y no musical, ello no impide que, gracias a la práctica continuada con los instrumentos, estos jóvenes y niños logren un resultado artístico final que sorprenda gratamente al espectador. El trabajo de esta organización no queda limitado a su sede, sino que su orquesta ofrece a lo largo del año varios conciertos en los que sus alumnos pueden demostrar, no solo su talento musical, sino su crecimiento personal. Estos grandes conciertos se convierten en un bonito recuerdo en la memoria de los jóvenes y la de sus familias. No obstante, Gómez recuerda que no solo son importantes estas audiciones: incluso una pequeña interpretación frente a los compañeros dentro del aula resulta de gran utilidad, pues permite que estos alumnos, pertenecientes a colectivos «normalmente silenciados», reciban finalmente «un reconocimiento» que les ayude a «sentirse útiles».
Barrios Orquestados
Para cerrar este recorrido entre notas, ritmos y pentagramas, nos trasladamos fuera de la geografía peninsular hasta el archipiélago canario, concretamente en la isla de Gran Canaria, donde se encuentra la sede de uno de los proyectos sociales musicales más importantes de España: Barrios Orquestados.
Para comprender el origen y la magnitud de este ambicioso proyecto, hablamos con Beatriz Álvarez, encargada del departamento de comunicación de la entidad. Barrios Orquestados nació en 2012 en el barrio de Tamaraceite, una zona periférica de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, de la mano de José Brito, un violinista profesional que, cautivado por la ya mencionada organización El Sistema, perseguía una idea inicial humilde: «crear pequeñas orquestas y coros en algunos colegios de la zona».

Tras casi 14 años de trayectoria, el crecimiento de Barrios Orquestados resulta impactante y esperanzador. Lo que comenzó como una humilde iniciativa para «empoderar» a través de la música a unos pocos niños de Gran Canaria se ha expandido no solo a nivel insular, con proyectos en otras islas como Fuerteventura o Lanzarote, sino también a algunos países de Latinoamérica, como Honduras o Chile. Según datos publicados en su página web correspondientes a 2023, son ya 1.417 los jóvenes que se benefician del trabajo de este colectivo musical canario.
Según explica Álvarez, Barrios Orquestados cumple con una función social clara: reunir a miembros de varias comunidades afectadas por dificultades sociales y generar, mediante la música, un «lugar seguro» en el que puedan experimentar un proceso de «crecimiento personal» que les haga ver «que son capaces de todo». Para alcanzar este objetivo, la entidad cuenta con un amplio equipo docente que desarrolla la faceta musical mediante profesionales fijos y voluntarios. Además, no descuida otros aspectos fundamentales para el funcionamiento del proyecto, incorporando un apartado técnico que incluye a trabajadores sociales, personal de comunicación, administración y producción de espectáculos.
El trabajo de Barrios Orquestados resulta muy atractivo y refleja el gran esfuerzo de cada uno de sus miembros. A pesar de su gran plantilla, la entidad también depende de la colaboración de otras instituciones para la elaboración y financiación de sus proyectos. La asociación canaria mantiene vínculos colaborativos con instituciones musicales como el propio Conservatorio Profesional de Música de Las Palmas, que le proporciona tanto instrumentos como espacios para ensayos y conciertos. En el ámbito social, destaca también la colaboración con ONG que ofrecen apoyos más específicos, como el servicio de consulta psicológica, que resultan muy útiles para sus alumnos.
El impulso por expandir este tipo de proyectos, que promueven la música como elemento de cohesión social, se refleja también en la realización de eventos y convivencias con iniciativas similares a lo largo del país. Un ejemplo reciente son las jornadas de trabajo conjunto entre Barrios Orquestados y Música del Reciclaje. Beatriz Álvarez explica los beneficios de estos encuentros colectivos, que actúan como germen de «sinergias entre músicos» y «generan conversación entre niños y jóvenes que comparten incógnitas similares», haciendo que «se inspiren los unos a los otros».
Barrios Orquestados cumple una función social principal, pero no descuida el aspecto artístico y musical. La entidad crea agrupaciones de jóvenes músicos con gran talento, que demuestran su calidad a través de conciertos en escenarios de todo el mundo. Estas audiciones constituyen una motivación para los jóvenes y, al mismo tiempo, funcionan como actos reivindicativos. «Conquistamos los espacios que a veces se dejan solo para ciertos sectores de la sociedad», explica Álvarez. La inclusión de las familias «es uno de los valores fundamentales de Barrios Orquestados»; por ello, en ocasiones, estos conciertos cuentan también con la participación de los familiares, generando momentos inolvidables y permitiendo que los adultos «olviden momentáneamente sus preocupaciones».
Todos estos proyectos, más allá de su extensión geográfica o de su capacidad productiva, constituyen un claro ejemplo del valor cohesionador de la música y de la cultura como herramienta de expresión, colaboración y desarrollo. Este mensaje adquiere especial relevancia en una época en la que el apoyo al arte se debilita, mientras los esfuerzos se centran casi exclusivamente en prioridades económicas que pueden derivar en un aumento de la discriminación y el aislamiento de los sectores con mayores dificultades socioeconómicas.
Estos jóvenes y niños, que en cualquier momento pudieron verse abocados a situaciones de maltrato derivado de una sociedad que no les tiene en cuenta, han encontrado en los ritmos, las melodías y los pentagramas una nueva forma de vivir. La música se convierte así en un sustento para desarrollar sus emociones, aprender a expresarlas, construir comunidad y, en definitiva, en una herramienta que les permite ser conscientes de su propio valor y afrontar con energía y determinación los retos que la vida les depare.