'Cumbres Borrascosas' llega a los cines

Entre polémicas por el casting y decisiones estéticas discutidas, la película de Emerald Fennell funciona cuando se entiende como una reinterpretación y no como una adaptación fiel.

La nueva versión de Cumbres Borrascosas, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, llegó a los cines españoles este viernes 13 de febrero, justo a tiempo para San Valentín. Sin embargo, no es precisamente la película más adecuada para esa fecha.

Envuelta en una enorme expectación mediática y en una polémica casi inevitable, y basada en la novela homónima de Emily Brontë, publicada en 1847, la película no se presenta como una adaptación fiel, sino como una reinterpretación contemporánea del clásico.

Tanto el guion como la dirección corren a cargo de Emerald Fennell, actriz, guionista, productora y directora británica, ganadora, entre otros, del premio Óscar, del WGA y del BAFTA al mejor guion original por Promising Young Woman (2020). Su trayectoria actoral incluye títulos como Albert Nobbs, Anna Karenina, The Danish Girl y Vita & Virginia

Cumbres Borrascosas destaca por una estética deliberadamente estilizada. La cinta ha sido objeto de debate tanto por sus decisiones visuales como por su casting. Sin embargo, más allá del ruido, se trata de una propuesta con identidad propia que conviene analizar desde lo que es y no desde lo que muchos esperaban que fuera.

La trama sigue el eje central de la obra original: la historia de Catherine Earnshaw y Heathcliff, dos almas unidas por un vínculo tan intenso como destructivo. Desde la infancia compartida en los páramos hasta la ruptura que marca sus destinos, la película recorre una relación atravesada por el orgullo, el deseo, la ambición y una herida constante.

Catherine decide casarse con Edgar Linton en busca de estabilidad y posición social, pero su conexión con Heathcliff nunca desaparece. Lo que se desarrolla no es un triángulo amoroso convencional, sino la crónica de una obsesión que consume a sus protagonistas y termina afectando a todo su entorno.

Margot Robbie y Jacob Elordi

En cuanto al reparto, Jacob Elordi construye un Heathcliff contenido, oscuro y profundamente resentido, mientras que Margot Robbie encarna a una Catherine impulsiva, caprichosa y contradictoria. El elenco se completa con actores que interpretan las versiones jóvenes de los protagonistas, aportando solidez a la construcción inicial del vínculo que sostendrá toda la historia.

Desde el anuncio del casting, la elección de ambos protagonistas generó debate, especialmente en el caso de Heathcliff, cuyo origen racial constituye un elemento relevante en la novela. Ese rasgo «desaparece» al ser interpretado por un actor blanco como Jacob Elordi.

Antes de su estreno, con solo los adelantos e información de la producción, el filme ya había recibido críticas considerables. Conviene dejar clara una idea: no es una mala adaptación; simplemente, no es una adaptación. No se trata de un traslado académico de Cumbres Borrascosas, sino de una película basada en el libro, por lo que son normales y necesarias ciertas diferencias. La propia obra lo advierte desde el principio, y el título entrecomillado lo deja patente. El error ha sido juzgarla como si pretendiera sustituir al texto original, cuando en realidad propone dialogar con él.

Si algo hace especialmente bien la película es no romantizar la relación entre Catherine y Heathcliff. Esto resulta especialmente relevante en una época en la que el consumo de historias de dark romance está completamente normalizado y donde muchas dinámicas tóxicas se presentan como pasiones inevitables.

Se agradece que la película no idealice estas relaciones y que mantenga el final duro, pero significativo. Sagas como After han contribuido a idealizar relaciones dañinas, banalizando y justificando comportamientos que no deben pasarse por alto. La influencia de estas películas en Cumbres Borrascosas es tal que la frase «icónica» de After está tomada textualmente del libro: «De lo que sea que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son lo mismo».

Esta versión, en cambio, muestra un vínculo rudo, incómodo y profundamente autodestructivo. Se aman, sí, pero también se hieren, se arrastran y terminan contaminando todo lo que les rodea. No elimina el romance, pero tampoco lo idealiza. Presenta una relación que consume y que no deja intacto a nadie.

La película tiene dos elementos que han sido fuertemente criticados y, en muchas ocasiones, se analizan desde un enfoque equivocado.

Por un lado: la vestimenta. No encaja con la imagen que se tiene del siglo XVIII y resulta evidente que no responde al rigor histórico. No se imagina esa ropa en los páramos del norte de Inglaterra y, de hecho, se sabe que no podía ser exactamente así. Cuando Catherine se casa y se muda con los Linton a Thrushcross Grange, su vestuario cambia de forma drástica. Pasa a llevar prendas extremadamente ostentosas, dramáticas y voluminosas, con materiales y cortes que no se corresponden con la época. Es evidente que esos tejidos y estilos no pertenecen al siglo XVIII ni al contexto geográfico en el que se sitúa la historia.

Sin embargo, hay un motivo detrás de esta licencia que se ha tomado Emerald Fennell. Se entiende que no es realista, que no busca ser una reconstrucción histórica exacta, pero lo que aporta narrativamente supera lo que resta en términos de rigor. Lo que puede resultar chocante desde el punto de vista histórico es un coste menor comparado con lo que permite comprender del personaje.

Gracias a esa exageración estética, se entiende mejor a Catherine: su carácter coqueto, su gusto por lo extravagante y, sobre todo, la posición económica de su marido. A través del vestuario se narra su nueva vida en la Granja de los Tordos, un espacio de riqueza, joyas y vestidos excesivos que contrasta con su origen. No es un fallo; está hecho a propósito. Está pensado para que el espectador detecte que algo cambia y comprenda la transformación del personaje sin necesidad de subrayados explícitos.

Hay que saber leer las licencias artísticas. Si se acepta, valora y reconoce el mérito de que Sofia Coppola colocara unas Converse en María Antonieta, aun sabiendo que en el siglo XVIII no existían, es porque se comprende el concepto que la directora quería transmitir. No se trata de obviar el rigor histórico, como algunos temen que pueda ocurrir en otros proyectos futuros, como en La Odisea, sino de reconocer cuándo una decisión estética responde a una intención narrativa concreta y no a un descuido.

Por otro lado, el segundo gran punto polémico es el casting, especialmente la elección de Jacob Elordi como Heathcliff y de Margot Robbie como Catherine Earnshaw.

En el caso de Jacob Elordi, el problema principal es evidente: el actor es blanco y Heathcliff, en la novela, no lo es. El personaje es descrito como gitano, y ese origen influye constantemente en su construcción. No se trata de un detalle superficial, sino de un rasgo que condiciona cómo lo tratan, los prejuicios que carga y el lugar que ocupa en la sociedad. El racismo es un tema relevante dentro de la obra original y forma parte de la identidad del personaje. Al elegir a Elordi, esa dimensión desaparece. Afortunadamente, no se recurrió a soluciones tan desafortunadas como el blackface, y la caracterización del personaje está cuidada, aunque el componente racial queda eliminado.

Existen casos en los que el cambio de raza en una adaptación no altera la trama, como ocurre en La Sirenita o en Los Bridgerton. Ariel es una sirena y el color de su piel no interfiere en el desarrollo de la historia. Lo mismo sucede con la reina Charlotte dentro de un universo reimaginado. En esos casos, el cambio no afecta al núcleo narrativo. Sin embargo, en el caso de Heathcliff, sí supone una modificación significativa, ya que su exclusión y su resentimiento están ligados también a su origen.

Dicho esto, Jacob Elordi ha hecho un trabajo impresionante. Ha construido un Heathcliff intenso, contenido y perfectamente comprensible incluso sin ese componente racial explícito. Capta la esencia del personaje y lo sostiene con fuerza. El personaje se entiende sin ese «handicap» de racismo, pero en la novela sí está presente y añade complejidad. Si no existiera, la historia seguiría funcionando, pero siendo gitano se comprende mejor su conflicto interno y su resentimiento. Por eso surge la pregunta de por qué eliminar un rasgo que sumaba y no suponía ningún problema real de producción. 

La crítica no se dirige a la interpretación, que es espléndida, sino a la decisión de casting. Jacob Elordi no es el único actor con talento capaz de interpretar a Heathcliff. Existen opciones como Dev Patel, Aaron Pierre o Riz Ahmed que podrían haber aportado la dimensión racial sin perder intensidad. Resulta difícil comprender la decisión cuando había alternativas igualmente potentes.

Existen precedentes de licencias narrativas que modifican elementos por un motivo concreto, como sucede en Hamnet, donde se añaden matices casi místicos a la madre que no responden a un retrato histórico literal, pero sí a una intención dramática clara. También hay casos más polémicos como Blancanieves, donde el cambio afecta a un rasgo característico del personaje, aunque no altere la estructura de la historia. Otros ejemplos, como La Sirenita, muestran que, pese a la controversia inicial, el cambio no interfiere realmente en la narración. En el caso de Heathcliff sí importa, aunque, tras ver la película, el personaje está tan bien construido que el impacto termina siendo menor de lo esperado. No significa que la decisión sea fácil de justificar, pero sí que la interpretación logra sostenerla.

En cuanto a Margot Robbie, la cuestión es diferente. El personaje de Catherine está bien construido; se entiende su carácter impulsivo y caprichoso tanto en su versión infantil como en la adulta. Sin embargo, Robbie no termina de encajar del todo. Parte de esa sensación tiene que ver con lo que hoy se denomina «iPhone face», una estética contemporánea fruto de los estándares actuales que hace que ciertos rostros resulten demasiado modernos para un drama de época. Actrices como Saoirse Ronan, Florence Pugh, Jessie Buckley, Thomasin McKenzie o las hermanas Fanning transmiten con mayor naturalidad esa sensación de pertenecer a otro tiempo. Además, Margot Robbie es mayor que el personaje, y esa diferencia de edad, que ronda la década, se percibe.

El casting infantil, en cambio, funciona muy bien y logra que la base emocional de la relación resulte creíble desde el inicio. Esa etapa es clave para comprender la intensidad posterior.

El guion está muy bien construido. El romance y los acontecimientos están perfectamente hilados de principio a fin, sin sensación de desconexión. La evolución de la relación y la coherencia interna de la trama se sostienen gracias al trabajo de escritura, que permite que todo fluya con naturalidad dentro de la propuesta estética planteada.

Donde sí se percibe una carencia es en la química entre Margot Robbie y Jacob Elordi. Se intuía ya en las alfombras rojas y termina notándose en pantalla. Cada uno construye su personaje con solvencia, pero como pareja no terminan de conectar del todo. Aunque en la promoción se insistiera en esa complicidad, la relación en pantalla no resulta completamente convincente.

En cualquier caso, la película es buena, siempre que se entienda que no es una adaptación fiel, sino una historia basada en la obra original. Aunque la estética pueda sorprender y no siempre encaje con la imagen que se tiene del periodo, logra cumplir con lo que se propone. No es perfecta, pero funciona como película y, sobre todo, acierta al no romantizar una relación que, en esencia, es profundamente tóxica.

Por elenacvelasco

Estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid.

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