Guillermo del Toro presenta Frankenstein, una obra que no busca el terror convencional, sino explorar la humanidad de los monstruos y la tragedia de la paternidad. Tras décadas soñando con adaptar la obra maestra de Mary Shelley, Del Toro ha materializado un proyecto largamente esperado, protagonizado por Oscar Isaac como el doctor Víctor Frankenstein, Jacob Elordi como la Criatura y Mia Goth como Elizabeth Lavenza. La película se estrenó en cines seleccionados el 23 de octubre de 2025 y está disponible a nivel mundial en Netflix desde el 7 de noviembre de 2025.

La atmósfera gótica y tangible es lo más impactante, lograda gracias al rodaje en numerosas localizaciones reales del Reino Unido, especialmente en Escocia, incluyendo la Royal Mile de Edimburgo, la Catedral de Glasgow y la mansión Gosford House en East Lothian. En la producción participaron alrededor de 200 figurantes locales, quienes contribuyeron a dar vida a la ambientación de época. La banda sonora, a cargo de Alexandre Desplat, fue grabada en Abbey Road Studios y emplea orquesta y coro para transmitir una intensidad emocional profunda.
En cuanto a los personajes, la película destaca por la profundidad emocional de sus protagonistas. La criatura, interpretada por Jacob Elordi, no es producto del horror, sino de la soledad: un ser que, al crecer en una sociedad llena de roles y prejuicios, acaba por convertirse en todo aquello que el resto temía, utilizando la violencia como mecanismo para ganar respeto y ser escuchado. Este monstruo encuentra en su propia forma una belleza que el mundo le niega, un tema central en el cine del director: «Explorar la relación entre la humanidad y los monstruos, el creador y la creación, el padre y el hijo, ha absorbido mis historias una y otra vez».

Frankenstein es también una historia sobre la paternidad y el abandono. Víctor Frankenstein encarna al científico arrogante que sueña con dar vida, pero no está preparado para asumir la responsabilidad de su creación.
En sus propias palabras, el director advierte: «Quería tanto que fuera una historia sobre un padre y un hijo, sobre mi padre y yo. Quería hacer eso. Y con el paso de los años, entendí por qué. Porque tuve que darme cuenta de que, además de hijo, también me convertí en padre. Y entonces también se trató de mí como padre, y de la posibilidad de fracasar de la misma manera que mi padre me había fallado a mí. Y ese dolor y esa belleza es lo que acompaña a la poesía del terror».
Del Toro nos presenta un «juego de espejos» entre paternidades imperfectas: uno puede verse a sí mismo reflejado en los patrones que un día dijo juró no habitar. Por eso, la película explica cómo su yo más íntimo —la criatura— y la figura de Víctor Frankenstein —el creador— son espejos de distintas etapas de su vida.

En la tragedia de Frankenstein, las figuras femeninas emergen como el reverso moral de un mundo dominado por la ambición científica y la carencia emocional. Este contraste, dotado a las mujeres de la historia —la madre de Víctor y Elizabeth Lavenza— aporta una sensibilidad que no solo humaniza el film, sino que también evidencia lo que falta en quienes creen poder crear vida sin comprenderla.
Elizabeth encarna la posibilidad de un amor que comprende y acompaña, un amor que Víctor nunca llegó a representar hacia su creación. Es la representación de la empatía femenina frente al ego masculino, la voz que podría haber salvado al científico del abismo emocional en el que se hunde.
Una de las decisiones más destacadas de esta adaptación es su apuesta por la artesanía: Guillermo del Toro rechazó el uso de CGI, prefiriendo sets físicos completos, laboratorios reales y utilería construida a mano. Este enfoque busca que el público sienta la textura de cada espacio, subrayando el proceso de creación.
Además, la transformación física del monstruo fue todo un ritual. El actor Jacob Elordi pasó hasta 10 horas diarias en la silla de maquillaje para convertirse en su personaje. Utilizó 42 piezas de prótesis, y el proceso de desmaquillado también fue especialmente delicado, usando, entre otras cosas, una «sauna inflable» para retirar los adhesivos.
Elordi incluso estudió butoh, la danza japonesa expresiva, para encarnar el dolor, la muerte y la transformación corporal del personaje.

A nivel narrativo, Frankenstein puede resultar lenta para algunos espectadores, y su duración de 149 minutos exige paciencia, pero cada minuto está cuidadosamente construido.
La película fue presentada en el Festival de San Sebastián 2025, consolidándola como un evento de autor. La crítica ha respondido mayoritariamente de manera positiva: The Daily Beast la calificó como un «opus grotesco y lleno de dolor», mientras que Empire destacó la pasión y el compromiso de Del Toro con la narrativa visual y la atmósfera gótica.
En definitiva, Frankenstein de Guillermo del Toro logra combinar estética y reflexión moral. No se trata solo de un monstruo, sino de lo que significa ser hijo, padre y ser humano en un mundo que rechaza a lo desconocido.
Es una película que exige atención y sensibilidad, y que recompensa al espectador con un viaje memorable.