Cesc Gay regresa a los cines con una comedia romántica que parte de una premisa muy atractiva. La actuación de Nora Navas destaca notablemente, incluso por encima de lo que la película realmente necesita, aunque la historia termina desarrollándose de manera poco atractiva
El director se rodea de un sólido equipo de actores y caras conocidas de la industria española, incluso algunos habituales de su filmografía, como Rodrigo de la Serna. Regresa a la cartelera tras Historias para no contar y Sentimental, estrenadas hace unos años, aunque no logra acercarse al nivel de su obra más destacada: Truman.
En esta ocasión, Cesc Gay colabora con Eduard Sola en la escritura del guion, cuya última película fue la exitosa Casa en llamas. La dupla busca contar la historia de Eva, una mujer de cincuenta años que decide volver a enamorarse y dejar a su marido. Una premisa sumamente interesante que, sin embargo, se queda en la superficie, tanto en contenido como en forma.
Partiendo de esa premisa, la película intenta replicar los códigos clásicos de la comedia romántica, con una primera parte ambientada en Roma que se convierte en lo más interesante del film: una revisión madura y adulta del género. En ese tramo, incluso recuerda a una versión femenina de La piel suave de Truffaut.

El problema surge con el desarrollo de la idea de la separación: las dudas de la protagonista, sus miedos, sus deseos quedan apenas esbozados. Todo está contado con prisa, sin profundidad, sin permitirnos adentrarnos realmente en su personaje. Nos cuesta empatizar con ella y no logramos conectar con su mundo interior ni con su necesidad de volver a sentir el amor. Se habla mucho, pero el cine no es solo palabra: el primer amor debería mostrarse en su piel, en su cuerpo, en su mirada. Y eso, lamentablemente, no sucede aquí.
Sin embargo, a lo largo de la película hay momentos en los que sí conseguimos empatizar, gracias al excelente trabajo de Nora Navas, que consigue llevarnos a los lugares emocionales que propone el director. Pero se trata de instantes sueltos, casi perdidos entre un conjunto de escenas que intentan ser cómicas. De manera similar, el humor funciona solo a ratos, apoyado en el trabajo de los intérpretes. El elenco secundario cuenta con grandes nombres: Miki Esparbé, Francesco Carril o Ágata Roca, entre otros.
En cuanto al apartado más artístico, la película parece carecer de alma y de una mirada personal. La cámara está presente solo para cumplir, siguiendo las reglas básicas que permiten a los actores lucirse. En algunos momentos, la película parece rendir un homenaje a Woody Allen, intentando trasladas a Barcelona, lo que el director estadounidense hace con Nueva York. Sin embargo, no alcanza esa maestría y termina resultando monótona y repetitiva, apoyándose casi exclusivamente en el guion, en chistes sencillos y en una exploración superficial de la psicología de la protagonista.
Esta sencillez no favorece a una historia que, tiene potencial, pero a la que le faltan capas, matices, profundidad. Al final, queda la sensación de estar viendo a una mujer que simplemente se separa de su marido, sin que eso cale realmente en el espectador. Surge, entonces, la duda de si guionista y director no logran profundizar por el hecho de no ser mujeres y, por tanto, no pueden mirar desde dentro ciertos sentimientos. No quiero decir con esto que un hombre no pueda escribir personajes femeninos, pero parece que una mujer podría haber aportado una mirada más íntima y honesta. Curiosamente, Eduard Sola sí logra crear un personaje femenino más potente en Casa en llamas, con la figura de la madre.


Como comedia romántica, la película funciona a ratos. Los momentos entre Rodrigo de la Serna y Nora Navas, que sostienen el eje romántico, aportan frescura y un tono ligeramente juvenil que contrasta bien con la edad de la protagonista. Ese contraste refuerza el mensaje que ya se intuye desde la sinopsis: nunca es tarde para volver a enamorarse.
Nos encontramos ante una película irregular, que a veces funciona y logra atraparte, pero que rápidamente pierde fuerza porque ni la forma en que se cuenta ni lo que se cuenta termina importando demasiado. Es una buena idea, desarrollada con escaso interés, que no alcanza el lugar al que aspira. Superficial y algo vaga. Aun así, aunque no aporte demasiado, es una película que se deja ver, con algún chiste simpático, y que se sostiene gracias al enorme trabajo de Nora Navas.