Con un sutil arqueamiento de ceja cargado de desdén, una mirada afilada como soga acusadora, y su profunda inclinación a la fría oscuridad, la hija de los Addams regresa a Nunca Más, la escuela de los marginados. Tras un verano dedicado a seguir la pista de asesinos en serie. Miércoles se topa —para su gran desgracia— con la amarga quimera de la popularidad. La segunda temporada de ‘Miércoles’ trae una nueva dosis de chistes macabros, un zombi perdido, una bandada de cuervos, y una mano con crisis existencial.
El misterio del hastío vital, entrelazado con el propósito que caracteriza la imagen de Miércoles y realzado por la mente del ya mítico Tim Burton, bien podría explicarlo Baudelaire: «¡Es el Tedio! (…) sueña con patíbulos mientras fuma su pipa. Tú conoces, lector, ese monstruo delicado».
La joven hija de los Addams encarna, sin duda, esa languidez absoluta y el rechazo a la vida colorida, con preferencias a los sótanos con escasa iluminación, las ventanas entornadas con grises haces de luz, el traqueteo de una máquina de escribir, y una mano mutilada —una suerte de mascota más remilgada que siniestra— que, de vez en cuando, le sirve un amargo té de hojas negras para su deleite.

El tedio y el afán por no destacar en absoluto, enfrascado en un tenaz percutir de las monótonas teclas, que, sin embargo, termina arrastrando a Miércoles a una tragicomedia de múltiples escenarios. La joven, «hastiada», se ve empujada al «horrendo» exterior, solo para descubrir que, a menudo, ni siquiera el olor de la tumba puede abarcar la grandeza de los misterios del mundo. Y es entonces cuando Miércoles parece convencerse de la certeza que enunció Paul-Sartre: «El infierno son los otros».
Con el nombre del que muchos consideran el peor día de la semana —al menos en principio— y la oscuridad de una noche sin luna escondida tras la chispa de una inteligencia tan afilada que haría tartamudear a Hannibal Lecter (si antes no lo lleva a una crisis existencial), Miércoles Addams concentra el vacío gélido de las emociones desaparecidas, los «lagrimales secos» y suficientes dosis de ennui como para tumbar a un león. Fue en 2022 cuando se convirtió, quizá a su pesar, en la inesperada protagonista de una serie encabezada por Jenna Ortega y firmada por Tim Burton, arquitecto de otras perlas de drama macabro como Pesadilla antes de Navidad o La novia cadáver.
En la primera entrega del proyecto, Burton entretejió y rescató con sorprendente fidelidad aquella combinación de humor negro, goticismo, aires de nobleza victoriana y una inclinación natural hacia lo macabro que convirtió a Miércoles en un revulsivo dentro de los héroes para las ficciones de televisión.
Todo comenzó con la idea de construir una historia que recuperase el aroma del show familiar, con cincelados de renovación, en el que la joven Addams «abandona» el nido de su cómoda mansión de puertas chirriantes y los institutos repletos de potenciales víctimas de su mordacidad para dirigirse a un extraño internado llamado «Nunca Más» (volveré allí, pensaría la joven Addams, aunque ni siquiera ella podría derrotar en combate el poder de las decisiones parentales tomadas unilateralmente), lleno de jóvenes marginados. Así, Miércoles deja de ser la chica encerrada en casa que experimenta con el buenazo de su hermano Pugsley para trasladar su campo de pruebas a un entorno dominado por las hormonas.
El resultado: un romance fugaz con un Hyde, un adolescente anodino capaz de convertirse en una suerte de Gollum gigante con la fuerza de Hulk; una serie de enredos con su compañera de cuarto, amante de los tintes de pelo, el esmalte de uñas de colores y la música pop —horrible para unos oídos acostumbrados a los lamentos de Chavela Vargas—; y un pulso contra un rival dispuesto a superarla: Christina Ricci, en la serie Marilyn Thornhill, una extravagante amiga de las plantas tóxicas y antigua intérprete de Miércoles en los años 90, que se convierte en la estratégica de la nubosa antiheroína para acabar derrotada tras un extraño encadenamiento de «amistades» inesperadas.

Un poquito más de Familia Addams, dramas maternofiliales, seguidores invisibles y cuervos
Llega la segunda temporada, y aunque Miércoles Addams se hizo con un teléfono móvil al final de la primera —cortesía de un obsesivo admirador con tendencia a dibujar el futuro—, ha decidido desprenderse de la «tentación» de parecerse al resto. En menos de un día arrojó su único «salvoconducto» hacia la civilización a un barril de ácido, convencida de que su lugar sigue estando en un mundo densamente oscuro, marcado por asesinatos y por el reconfortante hedor de la muerte, siempre al acecho.
Podría decirse que Miércoles atrae las desgracias como un gato negro, y la idea, de saberla cierta, le arrancaría una sonrisa torcida seguida de alguna perla verbal capaz de derribar un acorazado. Pero es que la realidad va más allá: Miércoles es la desgracia de sus desgracias. No resulta sencillo doblegar a una adolescente de lengua bífida, armada con una pasivo-agresividad quirúrgica, la confianza en sí misma suficiente para hacer temblar al mismísimo Emperador Palpatine, la solidez de convicciones de una columna romana, y demasiadas lecturas de Sartre y Maquiavelo.
Y, aunque Miércoles permanezca inmutable, rígida como un hueso adherido al músculo, todo su entorno parece haber cambiado. Su colorida «no-amiga», la licántropo Enid Sinclair (Emma Myers), ha asistido a un campamento de verano para descubrir, durante las vacaciones, que no siente ya tanto entusiasmo por las gorgonas con gorro como hacia los licántropos de hombros anchos. Pugsley (Isaac Ordonez), por su parte, ha sufrido el clásico e indeseado estirón de verano, aunque no tanto en sus virtudes intelectuales.
Y Nunca Más se ha convertido en el patio de pruebas de un nuevo director, un entusiasta político de los derechos de los Marginados que ve en Miércoles Addams el cartel perfecto de su campaña fanática. Vamos, justo el tipo de persona que Miércoles «adora» con toda la fuerza de su indiferencia letal. Para colmo, la propia Addams ha decidido perfeccionar —en modo autodidacta y sin supervisión— sus habilidades psíquicas para desesperación de su madre.
Así, Miércoles retorna a la pantalla aparentemente intacta en sus convicciones, aunque inmersa en una nueva etapa vital: tras haber salvado la escuela de la amenaza de su extraño y breve romance, se ha convertido en la heroína involuntaria de una serie de admiradores, cada cual más raro. Entre ellos, Agnes DeMille —interpretada por Evie Templeton—, una joven bastante molesta, dotada de la habilidad de volverse invisible y aparecer en el momento menos apropiado. Y Barry Dort, un activista político empeñado en convertir a Miércoles en el rostro visible de su agenda de propósitos dogmáticos.
Sin embargo, su «popularidad» no será suficiente para impedir que se convierta en el objetivo de un peligroso enemigo: el dueño de un cuervo de ojo pocho que la sigue con implacable insistencia, arrastrándola a un extraño juego donde solo se alzará con la victoria el más astuto.

A todo ello se suma el drama materno-filial —sazonado con juego sucio e incluso letales duelos de esgrima con ojos vendados— en que Morticia Addams (Catherine Zeta-Jones) se verá envuelta con su escurridiza y viperina hija amante de los códices de brujería. A su lado, Gómez Addams (Luis Guzmán) regresa con su peculiar mezcla de amenaza siseante y humor contenido, mientras Pugsley, con menos luces que un charco a medianoche adopta a una peculiar nueva mascota: un muerto viviente al que debe considerar una suerte de gatito, que ahora transitará por los bosques de Nunca Más.
La trama ha dejado clara su intención de reinventarse respecto a su primera entrega: con un nuevo toque a comedia, un enemigo que podría poner en jaque a la indestructible Miércoles y, algunos flashbacks de la antigua serie de los años 90. A ello se suman un par de escenas animadas en el inconfundible estilo de Tim Burton y una tensión creciente por momentos. Y, aunque la trama avanza hacia delante, aún quedan muchas cosas por conocer en la vida de la oscura adolescente que se desvelarán a partir del 3 de septiembre.